miércoles, febrero 4, 2026

¿QUIMERA INTEGRACIONISTA?

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Lo dicho en varias ocasiones: la capacidad de asombro ni se agota ni se reduce. Cada vez prima más la insensatez sobre la lógica conductora del Estado. Lo grave es que ya no hay duda de que tanto disparate obedece a un cálculo caótico, con crisis premeditadas y soslayadas, impulsadas por el afán de perturbar el desarrollo económico y social. No hay espacio para planes ni acuerdos nacionales, sino todo lo contrario: la proclamación del vituperio y la mentira como instrumentos para avivar el caos.

Resta un año en el que surgirán hechos inéditos y “frutas purgativas” mal disimuladas. La expectativa no es más que una sombra del desenlace presumiblemente final. Como decía el presidente Carlos E. Restrepo en 1910: “Vivir para ver”.

Lo más reciente y misterioso, por lo secreto, fue el anuncio de un acto suscrito por los gobiernos de Colombia y Venezuela, mediante el cual se crea una amplia zona binacional de integración fronteriza. El jefe de gabinete, Alfredo Saade, lo calificó como un hecho trascendental, argumentando que “Venezuela es un socio comercial que necesitamos”, mientras que Petro lo definió como “el inicio de un sueño”. La afirmación remite al viejo ideario chavista de integrar las naciones grancolombianas bajo el socialismo del siglo XXI, en una supuesta comunidad de “Repúblicas Bolivarianas”.

Más allá de cualquier suspicacia, una integración que busque mejorar la calidad de vida de los ciudadanos no sería, en principio, una mala idea. Sin embargo, no se evidencian pilares democráticos, empezando por el lado venezolano, cuyo gobierno aún no ha sido oficialmente reconocido por Colombia. La firma del memorando parece contradecir esa posición. Además, ¿cómo se aplicarán las restricciones de la lista Clinton (normas OFAC) a las personas o entidades involucradas en estas negociaciones?

Hace pocos días, autoridades de EE. UU. señalaron directamente a varios generales venezolanos como miembros del “Cartel de los Soles”. ¿Es creíble entonces que Maduro afirme que “el objetivo es liberar esta zona de la violencia, el narcotráfico, el paramilitarismo y el sicariato”, cuando en su territorio se amparan estructuras del ELN, las FARC (en sus distintas facciones), el Clan del Golfo, el Tren de Aragua y otros grupos delincuenciales?

Tampoco puede ignorarse que Venezuela alberga miles de actores comprometidos con la economía ilegal. Petro, por su parte, añade que la unión “permitirá llevar el Estado a controlar la frontera como un espacio de prosperidad legal y sin mafias”. ¡Qué ironía! La realidad es que el pretexto comercial pierde credibilidad ante la precaria situación económica y fiscal de ambos países, especialmente de Venezuela. Más bien parece una vía fácil para el transporte de precursores químicos destinados a la producción de clorhidrato de cocaína, facilitando la instalación de laboratorios en suelo venezolano sin mayores obstáculos. El tránsito de droga, con Colombia como principal productor mundial, se realizaría desde regiones como Catatumbo, Norte de Santander y Arauca, y se complementaría con envíos desde La Guajira y Cesar, donde, a pesar de los esfuerzos de la Armada y la Policía, los decomisos resultan insuficientes.

La institucionalidad permanece ausente mientras el Catatumbo sigue sumido en la desventura. Recuérdese que, tras la incursión de más de mil hombres armados desde su retaguardia en Venezuela, donde dominan territorios y poblaciones, se dijo sarcásticamente que nadie los había visto cruzar la frontera.

El Catatumbo, por su extensión, cultivos y posición estratégica, es codiciado incluso por otras potencias. Para los buscados por la justicia internacional, esta “integración” puede representar una guarida segura. No en vano EE. UU. mantiene una recompensa de 25 millones de dólares por Maduro. Aunque se ha afirmado que no habrá tránsito militar entre ambos países, es posible que ocurra una “confraternización” con efectos ideológicos perniciosos. En conclusión, se trata de otro embeleco sin perspectiva alguna.

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