* Cortar la herencia maldita de las dinastías de delfines y nietos, operadores electorales es el golpe definitivo a la cabeza de la medusa corrupta.
* El cambio no lo hace ningún caudillo, lo emprendió la gente en las urnas en junio del 22 apostando al menos peor.
Después del proyecto de la parapolítica por la toma del poder durante treinta años consecutivos desde 2002, consecuencia del relevo del delfín que selló la suerte del siglo veinte colombiano, los dos siguientes de esas dinastías familiares de élite burocrática elegidos en 2010 y 2018 tendrían que ser las últimas fichas de esa estirpe en el control de la chequera nacional y los negocios privados a costa del erario saqueado durante la historia de la república fuente de enriquecimiento de esas castas. La casa Santos estuvo desde 2002 hasta 2018, en dos exponentes del linaje familiar proveniente de su tío abuelo presidente durante la segunda guerra mundial. La secuencia de la maldición dinástica se cortó en el 2022 después del hijo del exministro Duque señalado por la imprevisión de Armero 1985.
La más feroz oposición en tono recalcitrante al régimen instalado como legado del desastre parapolítico la ejercen en este periodo al menos tres nietos en su alharaca de precandidatos a la codiciada presidencia que buscan recuperar para los negocios de su tradición familiar. El mayor ruido va por cuenta del inefable nieto Lleras y su teflón donde resbalan todos los señalamientos que pesan sobre el entramado de operador político electoral y burocrático. El más destemplado es el berrinche rutinario del nieto Turbay que encarna la devolución de favores a su casa política familiar, de su mentor el exdirector de la Aerocivil de su abuelo en 1981, tocayo de apellido paterno. Después la nieta Valencia y su grito marginal por su caudillo venido a menos.
La tecnocracia élite académica refinada sigue amañada subordinada a las dinastías y sus apellidos, medrando en la burocracia y los contratos desde tiempos de Barco y el futuro agotado de Gaviria, el provinciano de la apertura neoliberal que instaló a los responsables del modelo de desarrollo copiado sin adaptaciones hasta sembrar la inequidad que en pleno siglo veintiuno ha empeorado la brecha para la mayoría de la gente sin acceso a la mieles de Estado repartidas por ese tejido de operadores de erario en el caos de corrupción y degradación pública durante la era de la Constitución de la inclusión y el poder ciudadano en ejercicio de derechos que se agita en este tiempo. Esta realidad en el nivel Estado Nación, se replica en cada territorio en los nichos circulares de rotación viciosa del control del erario en gobernaciones y alcaldías. Todo son negocios, plata es plata al precio que sea para ése estado mental primario.
Ante el bloqueo de la bolsa nacional para sus empresas electorales de compraventa de votantes baratos, los operadores de los apellidos tradicionales echarán mano de los presupuestos territoriales, departamentos y municipios para persistir en el control del poder legislativo como también buscar la suma solidaria de casta para desalojar a quienes tienen el control del presupuesto nacional hasta la vigencia 2026. Tendrán que mezclar para su única estrategia de compra de electores las fuentes tradicionales de aportes ilícitos que han contaminado todas las campañas con la impunidad garantizada en el sistema.
El humo del cambio como en el cónclave papal de esta semana, se verá el día de la quema electoral en las urnas en menos de un año con las primeras de al menos tres jornadas comiciales. Para saber si Colombia cambió en su conciencia de país político, pasarán cuatrocientos días de ruido infernal repetido día a día, con todo el veneno desinformador de odio y miedo desde la industria amplificadora de toda esa contaminación para tensionar los bandos polarizados y decantar la decisión de la gente en la entrega del control del Estado y sus beneficios. En ese trayecto está como adición todo debate desgaste por la posible consulta popular laboral que forma parte de la campaña hacia el alinderamiento de fuerzas políticas en la conquista mayor del 2026.
El cambio ocurrió en junio de 2022 y lo hizo la gente en las urnas. Colombia mató en esa fecha el tigre y no se puede asustar ahora con el cuero para volver a la indecencia combatida con esa decisión. El cambio no es el actual régimen. Es sacar de circulación a toda esa vieja política corrupta de todos los colores que han demostrado no estar a la altura del país serio, decente, leal, que debe emerger de la fuerza por una democracia real, limpia, que deje atrás toda la mala experiencia vivida en los 34 años de la Constitución de los derechos para todos y no el régimen feudal reafirmado en la práctica desde entonces hasta hoy. La gente eligió y ordenó un mandato que no se ha cumplido porque el control del poder lo mantiene el mismo régimen feudal de la vieja política mañosa del siglo veinte. La desnudez de quienes controlan el poder en sus diversas esferas con sus reales intenciones, ha sido el saldo de estos tres años de confrontación por el fracaso de las reformas. El sabotaje permanente que viene desde 2010 para no dejar gobernar, se remasterizó y agudizó durante los recientes mil días.
El cambio real es la decisión de país, de no volver al pasado con la elección de las fichas del establecimiento venal y su régimen de corrupción, degradación que sigue en la mayoría del aparato institucional depredando lo público. No más política de matoneo, motosierra y «plomo es lo que hay», en medio de la corrupción generalizada. Tampoco el discurso de quien no está conmigo está contra mí, para excluir a quienes no se someten al «todo o nada» en el forcejeo por las reformas.
El cambio concreto, real, lo materializa la asamblea de electores que son quienes eligen la opción posible que tenga la capacidad de diálogo y acuerdo de cara al país, sin negocios ocultos, un ejercicio de democracia delegada,representativa, mandatoria, que sea respetable, seria confiable, para no volver al comportamiento mafioso de las roscas excluyentes de negociantes de lo público y privilegios privados, régimen tradicional. El cambió no es ningún gobernante, ni caudillo megalómano con narcisismo maligno.
El cambio es el ciudadano respetable con autodeterminación sin precio, en ejercicio de democracia participativa efectiva día a día, no sólo en elecciones responsables. Cerrar el viejo país, pasar la página y buscar formar la sociedad decente y sana que no han conocido las generaciones que sobreviven a pesar de la política asquerosa del saqueo y despojo feudal de los ricos de erario.
Escrito por Hernando Ayala M. Ciudadano colombiano. Periodista autónomo.
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