martes, febrero 24, 2026

TAMBIÉN LAS ARTES DE HOY SON FRUSLERÍA

OpiniónArteTAMBIÉN LAS ARTES DE HOY SON FRUSLERÍA

La semana pasada expresé que la música de hoy es oropel. Pues bien, ese es un mal endémico en el universo cultural. El único escenario de participación colectiva que parece perdurar en medio de la voracidad capitalista que vivimos es el de los conciertos musicales. El mundo ha convertido todo en mercancía y tras esta circunstancia se están deteriorando las expresiones sociales y también las culturales. Es palpable el desinterés y el desgano que se vive en muchas de las manifestaciones artísticas como la fotografía, la escultura y la pintura y lo que predomina en la actualidad son las baratijas, la fruslería y las obras o composiciones de singular pobreza artística que se amoldan al huracán desenfrenado que vivimos. Igual sucede con la música, que como lo comenté hace ocho días, vive una crisis descomunal producto de la estandarización y del consumismo y en medio de un escenario contradictorio: mientras más mala es la calidad mayor es la afluencia de público a los conciertos. Estos eventos permeados por el alcohol y las drogas se han convertido en explosiones de arrebato colectivo cuyos estímulos no son precisamente la calidad musical, la originalidad y el virtuosismo.

Las artes en general viven una terrible decadencia producto de su desconexión con los sentimientos más profundos del ser humano, sus miedos y ansiedades, el amor y el desamor. Todo tiende a ser baladí, superfluo y hasta vulgar.

Un panorama similar se vive en el séptimo arte: el cine. Las salas o «teatros» que antaño fueran escenarios de intercambios y diálogos personales y de extraordinarias experiencias colectivas han venido desapareciendo. Ahora el liderazgo de la cinematografía le pertenece a las nuevas plataformas digitales que se apoderaron del arte e incluso amenazan de muerte a la televisión, entendida como un medio de comunicación. El cine ya no es popular. Antes se accedía con el pago de una boleta de precio asequible a todos los estratos sociales, pero ahora es patrimonio de muchas plataformas costosas que acaparan audiencias con nuevos formatos como las «series», documentales, etc. La calidad del entorno, el sonido envolvente, la nitidez de la imagen y otras virtudes del cine sucumben ante el facilismo pobre y la comodidad de la tv.

Algún joven lector me tildará de nostálgico y amargado y quizás de caduco o anticuado, pero puedo asegurarle que el mundo moderno atraviesa una crisis de valores que bien puede advertirse en la escasa calidad de sus nuevas expresiones artísticas. Miles de géneros musicales que surgieron de procesos y mezclas complejas, del cultivo de valores culturales autóctonos, de la investigación y la erudición de la academia fenecen frente dos o tres ritmos populares que copan el universo auditivo de los jóvenes. Confieso que soy incapaz de asistir a la mayoría de los multitudinarios conciertos que se ofrecen día a día y que debo resignarme a los escasos escenarios de culto, donde aún sobreviven el tango, el bolero, la balada, el son, la chacarera, la cueca, la zamba, el bambuco, el pasillo, la salsa, el porro y la música clásica. (Le pido excusas al chamamé, la guabina, la cumbia, el pasodoble, el vals, la milonga, el fado, la ranchera, el jazz, el pop, el flamenco, la nueva trova, la canción social y muchos otros que no mencioné) ¡Qué fortuna haber nacido en el siglo XX y haber conocido y disfrutado todas estas expresiones musicales, artísticas y culturales que seguirán estando vivas mientras yo lo esté!

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