Nancy vive en La Castellana, en Dosquebradas. Hace poco consiguió trabajo en una empresa en Belmonte, cerca al estadio. Sonríe cuando cuenta que por fin “se le dio”, pero enseguida baja la voz: “lo que gano me lo estoy gastando en llegar”.
Su jornada empieza antes de que amanezca. Sale calculando no solo el tiempo, sino la ruta que menos la castigue: si el Megabús va lleno, si el transbordo se demora, si el carril exclusivo está invadido, si debe caminar más porque el tráfico está imposible. Y al final del mes, la matemática es simple: la movilidad se le está volviendo un impuesto silencioso.
Por eso vale la pena hablar —sin gritos y sin excusas— de tres piezas del mismo rompecabezas en Pereira y su área metropolitana: la tarifa del transporte, el pico y placa y el Megabús. No como temas sueltos de redes, sino como un problema serio de ciudad. Y, sobre todo, como una responsabilidad compartida: de la administración y de nosotros, los ciudadanos.
La tarifa sube… y la paciencia baja
Aumentar la tarifa puede ser inevitable en un sistema presionado por costos, informalidad y evasión. Pero subir el pasaje sin subir la calidad rompe el pacto básico entre ciudadano y servicio público: pago a cambio de un mínimo de confiabilidad.
Cuando el usuario siente que paga más por lo mismo —o por menos— pasan dos cosas: se dispara la frustración y crece la tentación de buscar atajos (evasión, informalidad, transporte “pirata”). El sistema se debilita justo cuando más necesita confianza.
Si la tarifa sube, la conversación pública no puede reducirse a “es lo que hay”. Debe responder, con hechos, estas preguntas: ¿qué mejora exactamente?, ¿cuándo se verá?, ¿cómo se medirá?, ¿quién rinde cuentas? Sin eso, cualquier aumento se percibe como castigo y no como sostenibilidad.
Pico y placa: control de daños, no solución estructural
El pico y placa es un analgésico útil en momentos críticos. Pero cuando se convierte en el eje permanente de la política de movilidad, la ciudad entra en modo supervivencia: control de daños, no transformación.
El pico y placa no arregla la irregularidad del transporte público, ni la invasión del carril exclusivo, ni la falta de cultura vial, ni la congestión por obras sin coordinación, ni la ausencia de alternativas reales. Solo redistribuye el problema por horas, barrios o placas.
Y termina creando una ilusión peligrosa: que el problema es “el carro del otro”. En realidad, el problema es un sistema sin reglas claras, sin cumplimiento consistente y sin incentivos para elegir lo público con orgullo.
Megabús: el carril exclusivo no es decorado
El Megabús debería ser el eje de orden del sistema. Pero cuando la operación se afecta por accidentes, bloqueos, carriles invadidos o frecuencias que no dan abasto, la ciudad concluye lo obvio: esto no alcanza.
Aquí caben dos verdades al mismo tiempo. A la administración le corresponde garantizar operación, control, señalización y seguridad: si el carril exclusivo es “exclusivo”, debe protegerse como tal. A la ciudadanía le corresponde entender que invadir el carril, colarse o bloquear por rutina no es “viveza”: es sabotear el sistema que luego exigimos.
El carril exclusivo no es un privilegio del bus. Es una promesa de tiempo y dignidad para quien viaja en transporte público. Si lo convertimos en tierra de nadie, el que pierde es Nancy… y detrás de Nancy, perdemos todos.
¿Qué exigirle al alcalde y al gabinete? Menos relato, más tablero
El llamado de atención empieza por el alcalde y su equipo: la movilidad se gobierna con evidencia, no con comunicados. Si quieren recuperar confianza, hay medidas concretas, medibles y urgentes:
1) Un tablero público mensual de movilidad (frecuencias reales, tiempos promedio, incidentes, evasión, puntos críticos y avances).
2) Control efectivo del carril del Megabús (cámaras, agentes, sanción real y pedagogía sostenida).
3) Coordinación metropolitana real (Pereira y Dosquebradas funcionan como una sola ciudad laboral).
4) Gestión de obras y cierres con lógica ciudadana (señalización, rutas alternas y comunicación simple y oportuna).
5) Condicionar decisiones impopulares a mejoras verificables (si sube la tarifa o se endurecen restricciones, que se vea el retorno en calidad).
Y a nosotros, ¿qué nos toca?
También hay una parte que no se resuelve con decretos: la cultura ciudadana. Cada “pequeña trampa” suma una gran crisis: la moto que invade el carril “solo un momentico”, el carro que se mete “porque nadie vigila”, el ciudadano que se cuela “porque el sistema es malo”, el bloqueo que se vuelve método y no último recurso. Eso no corrige la movilidad: la degrada.
Y no es que yo sea moralista. Es un dato urbano: sin reglas que se cumplan, no hay sistema que aguante. Podemos exigir más —y debemos—, pero también debemos comportarnos mejor. No por idealismo, sino por eficiencia y por respeto a los demás.
El pico y placa sirve para apagar incendios, sirve como una agüita de malva, cura el dolor, no la enfermedad, no construye ciudad. Cuando una medida temporal se convierte en el eje permanente de la movilidad, lo que queda es una administración viviendo en modo urgencia: control de daños, no transformación. Y lo grave es que el ciudadano termina sintiendo que lo único que cambia es la restricción… no la solución.
Si el pico y placa va a mantenerse, que sea como parte de un plan completo y medible, no como el sustituto de lo que no se está haciendo: control del carril exclusivo, mejora de frecuencias, integración real con Dosquebradas y una política seria de cultura vial.
Y otra verdad que incomoda: una ciudad no colapsa solo por falta de buses; colapsa por falta de reglas que se cumplan. Invadir el carril del Megabús, bloquear vías como rutina o normalizar la evasión no son “pequeñas vivezas”: son microdecisiones que hunden un sistema entero. Luego nos quejamos de lo mismo que ayudamos a dañar.
Pero esto que escribo hoy no es un sermón. Es una invitación adulta: o jugamos en equipo o nos estrellamos juntos. Y para que el equipo exista, la autoridad debe hacerse sentir: control real, sanción efectiva y pedagogía constante. Sin eso, la movilidad seguirá siendo una pelea diaria. Con eso, puede volver a ser lo que debería: una red que conecte oportunidades, no que las encarezca.
Fernando Sánchez Prada
Comunicador y columnista


