¿Usted también comió raspao en Matecaña?
Hubo un tiempo en Pereira en que el plan del domingo no se discutía.
Se iba al Zoológico Matecaña, se comía raspado, se montaba uno en los columpios del parque, se miraban despegar los aviones del aeropuerto y, si el paseo se alargaba, terminaba en una fritanga en los alrededores o en una frijolada con mazamorra. Así crecimos muchos. Así se construyó una parte de la memoria sentimental de esta ciudad.
El viejo zoológico no era solo un lugar con animales. Era un ritual familiar. Era el sitio donde los papás llevaban a los hijos, donde los abuelos contaban historias, donde uno aprendía a distinguir un león de un tigre y donde, de paso, entendía que Pereira también tenía cosas que mostrar.
Y sí, Matecaña tuvo sus momentos que hoy parecen leyenda.
Ahí estuvieron el Ligre y el Tigrón, esas rarezas biológicas que fascinaban a los visitantes y que para muchos niños fueron el primer encuentro con algo que parecía sacado de un libro de ciencia ficción. La historia de ninguno de esos dos experimentos terminó bien, pero es parte de los riesgos que corre la ciencia, en este caso la medicina veterinaria.
Ahí llegaron también animales exóticos decomisados del narcotráfico, incluidos algunos que habían pertenecido al zoológico privado de Pablo Escobar, cuando el país todavía no sabía muy bien cómo manejar ese tipo de herencias incómodas.
Era otro tiempo. Más ingenuo. Más desordenado. Pero también más cercano.
Los domingos en Matecaña eran un espectáculo completo.
El raspado con leche condensada, el olor a chorizo, los globos, el ruido de los aviones pasando casi encima, los niños corriendo entre jaulas, los vendedores ambulantes, las fotos familiares frente a las rejas… todo eso hacía parte de una Pereira que hoy parece lejana, pero que sigue viva en la memoria de quienes la vivimos.
Con los años, el viejo zoológico empezó a quedarse pequeño, entre otras porque el aeropuerto del mismo nombre necesitaba crecer.
Las normas cambiaron, la visión ambiental evolucionó, y la ciudad también empezó a pensar en grande.
Así nació Ukumarí.
No fue un proceso fácil.
Hubo críticas, dudas, polémicas, discusiones sobre costos, sobre el traslado de los animales, sobre si valía la pena cerrar un lugar que era casi sagrado para varias generaciones.
Pero el tiempo, como casi siempre, terminó dando perspectiva.
Hoy Ukumarí no es solo un parque de fauna.
Es un proyecto de ciudad.
Un espacio pensado con criterios modernos de conservación, educación ambiental y sostenibilidad.
Un símbolo de que Pereira puede hacer cosas grandes cuando se lo propone.
Según cifras recientes, el parque ha logrado estabilidad financiera, aumento de visitantes y consolidación como uno de los principales atractivos turísticos de la región, algo que hace unos años parecía difícil de imaginar.
No es poca cosa para una ciudad intermedia que muchas veces ha tenido que luchar para que la tomen en serio.
Ukumarí no reemplaza al Matecaña.
Lo transforma.
Porque el Matecaña fue infancia.
Ukumarí es futuro.
Y tal vez de eso se trata crecer como ciudad: de no renunciar a los recuerdos, pero tampoco quedarse atrapados en ellos.
Los que fuimos niños viendo despegar aviones al lado del zoológico sabemos que Pereira siempre ha tenido algo especial.
Una mezcla de pueblo y ciudad, de tradición y progreso, de nostalgia y ganas de avanzar.
Hoy los niños ya no van al zoológico a ver al ligre.
Van a Ukumarí a aprender de conservación, biodiversidad y respeto por la naturaleza.
Y eso, aunque duela un poquito a los nostálgicos, también es motivo de orgullo.
Porque al final, una ciudad se mide por su capacidad de cambiar sin perder el alma.
Y Pereira, con Ukumarí, demostró que puede hacerlo.
Fernando Sánchez Prada
Comunicador y Columnista


