Los primeros síntomas de que las cosas en una ciudad no van bien, es cuando se hace evidente el descuido y la suciedad. Estas son unas manifestaciones inequívocas de que la sociedad no está funcionando adecuadamente y que el acuerdo social está roto.
Por un lado está el gobierno con sus prioridades y, por otro, una comunidad totalmente desinteresada e incluso decepcionada de los asuntos públicos.
La «ciudad sucia» se muestra en toda su dimensión, cuando su zona céntrica emite unos olores nauseabundos, producto de la descomposición de las basuras, arrojadas a las calles y los andenes por ciudadanos que no tienen ningún respeto por su comunidad, y una institucionalidad que no actúa con las herramientas que le otorga la ley.
Circular por sectores cobijados por montañas de desechos, la mayoría de esos putrescibles, que son paso obligado del transporte y de la casi totalidad de las autoridades locales, dibuja el desgano que se apodera de todas las instancias sociales.
La gente se enseñó a ver que la esquina de su residencia es un botadero de basura y no protestan. Pasa por encima de los desechos, de los roedores y de los insectos, casi que sin inmutarse. Ya las basuras callejeras son parte del paisaje urbano.
En las películas, cuando se quiere recrear una escena peligrosa, siempre se filma en un callejón oscuro y lleno de basura. Esa es la representación de la inseguridad, que siempre será la compañera inseparable del desaseo y la desatención.
Esa «ciudad sucia» se vuelve poco atractiva y, por lo tanto, baja su competitividad, hay recelo en hacer inversiones, disminuye la eficiencia productiva, crea mala imagen entre los turistas, hace crecer la inseguridad y acelera la pérdida de calidad de vida de los habitantes.
Lo paradigmático de la situación, es que esos ciudadanos y empresarios que arrojan sus basuras a la calle, afectando a sus vecinos, y lo hacen sin ningún tipo de pena o remordimiento, son los mismos que se muestran como los más aseados, cívicos y ejemplo de comportamiento cuando salen del país.
Esos ensuciadores profesionales que se mueven en la ciudad, sienten en el extranjero el peso de sociedades que no toleran el desaseo, que respetan las reglas sociales y que enaltecen con la limpieza sus sitios más emblemáticos.
En la «ciudad sucia», cualquiera que sea su nombre, sus monumentos y sus espacios más icónicos son irrespetados. La mayoría se convierten en orinales públicos, con paredes rayadas, pavimentos levantados, andenes intransitables y todo tipo de desechos regados por el piso. Todo da asco, pero la gente no protesta, pues se va acostumbrando a esa imagen, que termina por volverse normal.
Para no tener que seguir asistiendo al lamentable espectáculo de la «ciudad sucia», vale la pena un acuerdo social en favor de la limpieza y la educación ciudadana.
*Gerente RAP Eje Cafetero



