En el umbral donde el cielo y la tierra se encuentran, donde la joroba y la quebradura de la línea curva y constante se dibuja un perfil con un trazo de belleza sublime, sensual y erótico, ahí, se despliega el paisaje, un mundo poético que invita al alma y al espíritu del ser humano a sumergirse en su inmensidad. La naturaleza; Goethe interpela, «es el libro que contiene la sabiduría de Dios», y el paisaje es un capítulo que nos habla de la belleza y la cultura de un lugar.
Al caminar por el Valle del Cauca, se nos presenta una sinfonía de formas y figuras, un tapiz de colores que se extiende desde el blanco más puro, hasta el agotamiento del alma y el espíritu del observador, del pintor. El paraje es un mundo donde la solidez de la naturaleza se encuentra con el arte, un lenguaje infinito que es inagotable y que tiene el poder de masajear el alma y el espíritu del ser humano sensible.

Para los expedicionarios Mutis, Humboldt y los pintores de la escuela de la sabana, el panorama representó una lectura filosófica, una historia, una costumbre, un heroísmo que solo se hace visible cuando se plasma en el lienzo o en el papel. Es un diccionario para describir la cultura y la costumbre del campesino, de las familias que desarrollaron y desarrollan su vida y su mundo al lado de los ríos, en las estribaciones de las montañas, en los picos y en las mesetas.
Cómo lo dice sabiamente Humberto Eco en su libro Historia de la Belleza «El siglo XVIII es una época de viajeros ansiosos de conocer nuevos paisajes y nuevas costumbres, pero no por ansia de conquista, como había ocurrido en los siglos anteriores, sino para experimentar nuevos placeres y nuevas emociones. Se desarrolla así Un gusto por lo exótico, lo interesante, lo curioso, lo diferente. Lo sorprendente.
En el siglo XVIII Shaftesbury, en sus ensayos morales, escribía: «Hasta las ásperas rocas, las grutas musgosas, la caverna irregulares y las cascadas desiguales, adornadas de todas las gracias de lo salvaje, me parecen mucho más fascinantes porque representan más genuinamente la naturaleza y están envueltas de una magnificencia que supera con mucho las ridículas falsificaciones de los jardines principescos»…

El paisaje es un repositorio de inspiración para crear obras de arte, no solo literarias y pictóricas, sino también desde el punto de vista política a través del afecto de la mirada. «Contemplando la contemplacion» afirmó Beatriz González.
El mar, las montañas, la flora y la fauna, el viento, el pájaro que cruza, generan un mundo donde la vida se desarrolla en cualquier momento, en cualquier hora, en cualquier lugar, para inmortalizar en lenguajes estéticos.
La naturaleza, lo repite Goethe, «es el gran libro de la vida, y el arte es la interpretación de ese libro». En este sentido, el paisaje es un texto que nos invita a leer, a interpretar y a crear. Es un reflejo de la generosidad y el alimento del alma, un recordatorio de que la belleza y la estética están presentes en cada rincón de nuestro mundo.

En este sentido, el paisaje se convierte en un espejo que nos refleja nuestra propia humanidad, nuestra propia conexión con el habitad y con el universo. Es un recordativo de que somos parte de un todo más grande, y que nuestra existencia está íntimamente ligada a la presencia del mundo que nos rodea.
Así, el paisaje se convierte en un tema eterno, un motivo de inspiración que nos invita a reflexionar sobre nuestra relación con el mundo interior. Lo anterior nos evoca que la belleza y la calología están presentes en cada rincón de nuestro mundo, y que es responsabilidad propia descubrirlas y crearlas a partir de ellas.



El paisaje es ese gran regalo que nos da la naturaleza y que combinado con la labor del hombre, se convierte en cultura
Este es el UNIVERSO al cual pertenecemos y siempre estaremos integrados de una u otra forma.
Las formas regulares e irregulares del paisaje, se parecen a la vida humana: sinuosa, triste, alegre, difícil, nubosa, clara; integradas
Son el todo vital.