Hablar de la nada puede parecer un juego inútil: ¿Cómo pensar en lo que, por definición, no es? Y, sin embargo, Martin Heidegger hizo de este “no-ser” una clave para entender qué significa, en realidad, ser. Con esta idea no solo rompió con siglos de tradición filosófica que habían reducido la nada a un simple vacío, sino que nos empujó a mirar de frente un vértigo existencial que, la mayoría de las veces, preferimos evitar.
En la filosofía occidental, la nada siempre había sido vista como la contracara del ser, su negación total. Heidegger rompe con esa visión: para él, la nada no es un hueco donde el ser se apaga, sino la condición misma que hace posible que el ser aparezca. No es “lo que queda cuando todo se va”, sino ese telón oscuro que permite que las luces y figuras del escenario de la vida se vean con claridad.
Todo parte de una pregunta tan breve como demoledora: ¿Por qué hay algo y no más bien nada? La ciencia, dice Heidegger, no puede responderla, porque solo sabe moverse entre lo que es, lo que puede medir o comprobar. Pero la nada exige otro tipo de experiencia: no se estudia, se vive; no se explica, se siente.
Esa sensación se manifiesta sobre todo en la angustia; a diferencia del miedo, que siempre tiene un “de qué”, la angustia no tiene objeto. Es ese momento en que lo cotidiano pierde su familiaridad y todo se vuelve extraño, como si de pronto se levantara un velo y quedara a la vista un fondo inquietante.
La nada, en este sentido, no es un vacío muerto, sino un nihilizar: una fuerza silenciosa que interrumpe lo habitual y nos deja frente a la pregunta más radical: qué significa que yo exista? Y en ese instante entendemos que todo lo que es no se sostiene por sí mismo, sino por un fondo invisible que lo hace posible.
Un ejemplo simple: una noche de insomnio. El silencio no es solo ausencia de ruido; se convierte en una presencia que parece llenarlo todo. No pensamos “estoy frente a la nada”, pero ahí está, respirando entre la fragilidad de nuestra existencia y la disolución de lo cotidiano.
Claro, no todos han sido receptivos. Hay quienes ven en Heidegger un lenguaje demasiado poético, incluso enredado. Otros lo acusan de contradecirse: si la nada es “nada”, ¿cómo puede “hacer” algo? Los más estrictos, desde el empirismo, dicen que lo que no se puede medir no debería entrar en la categoría de conocimiento.
Heidegger, sin embargo, respondería que esas críticas fallan porque intentan tratar la nada como si fuera una cosa más dentro del mundo. Y justamente su punto es que la nada no es un objeto ni un ente, sino algo que solo se comprende en la experiencia viva.
El valor de su planteamiento no está en dar una definición cerrada, sino en mostrarnos que sin la nada, el ser mismo sería impensable. La nada nos arranca de la distracción, nos enfrenta con nuestra finitud y nos abre la puerta a una forma más profunda de entender la vida.
Así, deja de ser “el borde vacío del ser” para convertirse en su matriz silenciosa. No se trata de que primero exista el ser y luego la nada como un hueco, sino de que ambos se implican y se necesitan mutuamente. La nada es, al final, el horizonte donde todo lo demás puede aparecer.
Padre Pacho


