He de enterarte, amigo Zaratustra, que durante mis días de solaz por aquél épico mar donde cartagineses, griegos y romanos libraron las primeras guerras mundiales, me dediqué a darle alivio a mis preocupaciones mundanas, mas no a la lúdica de pensar.
A mi regreso he leído un escrito de quien, junto al hombre venido de Buga y al exmilitar con voz de trueno, fungió como uno de los “tigres asiáticos” en nuestro ámbito político, llegando a gobernar nuestra ciudad, al igual que sus contemporáneos felinos.
Dice Ernesto que “cuando se logra un objetivo cualquiera, a costa de mucho esfuerzo, ello produce un intenso placer, pero éste es fugaz y, por tanto, lo que se debe disfrutar es el proceso que nos llevó a tal resultado y, concluye, que en la vida nos la pasamos solucionando problemas que no dejarán de existir”.
Es la suya una apreciación que rima con el significado germánico de su nombre, cual es la de un ser humano combativo ante los retos que se le presenten, animándome a que disertemos acerca de la naturaleza de la vida.
Comencemos por exponer, así atraigamos algunas críticas clericales, que el hombre tiende a pensar en el no existir como algo inexorable, como una tragedia. Se trata de la contradicción existencial que más le angustia pero que él mitiga con ideas imaginarias acerca de la vida eterna, la resurrección de los muertos y la reencarnación, entre otras, aspirando así a una perpetuidad ilusoria.
Sabes Zaratustra que lo real es la muerte y que, a ese proceso de transmutar desde el ser al no ser, lo llamamos vida.
Aquella sentencia de que “en el morir está el vivir y en el vivir muriendo” de Santa Teresa de Jesús, nos lleva a pensar que el deleite de la vida no emana de determinados logros, de resultados finales diría Ernesto, sino de la conciencia plena acerca de nuestro poder para gozar de la existencia en medio de situaciones dolorosas.
El filósofo de Prusia definía como espíritus fuertes a los hombres capaces de gozar estando inmersos en la incertidumbre de su final inevitable y, a quienes no, como espíritus débiles no merecedores de vivir.
Los griegos en sus dionisíacas, máxima celebración carnavalesca en honor al dios de la ebriedad, Dioniso, el que nació dos veces, el acto más atractivo era la representación teatral de tragedias en sumo dolorosas como la de Edipo Rey, quien se arrancó los ojos al descubrir que había copulado con su madre; o la de Antígona, condenada a muerte por haberle dado sepultura a su hermano Polinices, contrariando el mandato de Creonte, según el cual, el cadáver de un traidor debía permanecer de manera insepulta.
Con estas ejemplares escenificaciones de contenidos dramáticos, en vez de temáticas rutinarias con las que hoy se fabrica risa corporal pero no alegría en el alma humana, los griegos daban a entender que vivir en estado de entusiasmo, gozoso de animosidad profunda estando en medio de la tragedia, es lo que da un verdadero sentido a la existencia, es decir, al proceso mismo de morir.
Esto Zaratustra, nunca ha sido bien comprendido por el hombre quien insiste con obstinación hedonista, en sustituir la esencia de la vida, gozar a partir del sufrimiento, por el insípido placer que producen aquellos logros obtenidos sin esfuerzo alguno. Desconociendo que, en el teatro de este mundo, la vida y la muerte se escenifican en actos de comedia y de tragedia.
En este sentido vemos al pobre hombre orientando sus actos hacia un existir cómodo, alterando la esencia de todos los seres que le rodean, confundiendo la ciencia con la tecnología, guiándose por la ambición desmedida, mas no por la prudente razón, tecnificando la utilidad de las cosas, desnaturalizando lo natural, convirtiendo lo verde en grisáceo, subvirtiendo los principios morales, creyendo que el bien equivale a lo bueno, que la libertad espiritual deviene de la esclavitud material y desvirtuando la esencia y características que dan identidad única a todos los seres, incluyendo las de él mismo.
La desgracia del ser humano tiene como causa última su resistencia a comprender que la vida sólo es posible en medio de la tragedia de morir. Llegar a tener conciencia acerca de este fenómeno debería ser su principal proyecto de vida.
Por eso, Zaratustra, vemos a nuestro adalid, a quien con soberbia y altivez los bíblicos denominan “rey de la creación”, ausente en la alegría, sin satisfacciones duraderas, apenas fugaces como dice Ernesto, divagando en el nihilismo, ausente de sí mismo, sin dignidad humana, con su espíritu débil y la cabeza gacha.



Interesante reflexión Uriel, nos pones a pensar y a cuestionarnos muchas cosas relacionadas con el tema de la vida y la muerte. Interesante también la forma como combinas la filosofía griega con el pensamiento actual y a los pensadores de antaño con los del presente.