Cerramos un volumen más del libro silencioso y sagrado de nuestra vida. Un libro que comenzó siendo completamente tuyo, confiado por Dios a tus manos libres, frágiles y creadoras. Al abrirlo por primera vez, todo era posibilidad: podía convertirse en poema o en herida, en plegaria o en grito, en luz o en sombra. Podías escribir lo que quisieras. Y escribiste.
Hoy ese libro ya no te pertenece, está escrito. Ya no admite correcciones ni tachaduras; ha pasado al territorio de lo definitivo, al dominio de la eternidad. Ese libro será leído por Dios, página por página, el día en que te llame a su presencia. No para juzgarte con dureza, sino para leerte con verdad; porque Dios no lee con los ojos del reproche, sino con los del amor que comprende.
En esa última noche del año, detente; toma tu libro viejo y hojea despacio sus páginas; déjalas pasar no solo por tus manos, sino por tu conciencia. Mírate sin miedo; reconócete. Vuelve a leer aquellas páginas donde fuiste auténtico, generoso, valiente; donde tu vida tuvo belleza y sentido. Alégrate de haberlas escrito; agradécelas.
Pero no evites las páginas que te duelen. Aquellas que preferirías no haber escrito jamás. No intentes arrancarlas: es inútil; son también tuyas; forman parte de tu historia, léelas con valor; porque uno de tus mejores maestros eres tú mismo. En esas páginas oscuras hay aprendizaje, advertencia, clamor; no pueden borrarse, pero sí pueden ser redimidas. Pueden quedar anuladas si el próximo libro se escribe de otra manera. Dios, que es misericordia, sabrá pasar esas páginas de corrido cuando lea el nuevo volumen, si has aprendido a amar mejor.
Tu libro es un drama apasionado donde tú eres el primer personaje. Tú ante Dios, ante tu familia, ante el trabajo, ante la sociedad. Tú escribiendo cada día con el instrumento asombroso del libre albedrío, sobre la superficie movediza del mundo. Es un libro misterioso, cuya parte más profunda, la más interesante, solo pueden leerla Dios y tú.
Si al hojearlo te nace besarlo, bésalo; si te brotan lágrimas, no las reprimas; llora fuerte sobre tu libro viejo en esta última noche del año. Pero, sobre todo, reza. Tómalo entre tus manos, elévalo al cielo y dile a Dios solo dos palabras que lo dicen todo: Gracias por lo vivido y Perdón por lo que no supiste amar. Luego entrégaselo, tal como está, con páginas claras y páginas negras, Él sabrá perdonar.
En esa noche, Dios te regala un libro nuevo; totalmente en blanco, es un don inmenso, vuelve a ser tuyo, podrás escribir en él lo que quieras. Pero no lo escribas solo, escribe primero el nombre de Dios en la primera página; y pídele que no te suelte la mano, que te guíe la pluma… y el corazón. Porque cuando Dios escribe contigo, incluso las páginas más frágiles pueden convertirse en esperanza.
Padre Pacho




Cada año escribimos un volumen de ese gran libro que se llama la enciclopedia de la vida.