Mi conciencia, mi corazón, mis afectos y mi historia me ubican en la «centro izquierda» del espectro político. He sido y seré por siempre liberal, un convencido de que el Estado es el instrumento necesario e indispensable para la búsqueda de la equidad, para favorecer a los más necesitados y para encontrar una sociedad más justa. Debo advertir que no me gustan los extremismos de la izquierda recalcitrante y sus devaneos con el caos. El Estado Social de Derecho es la base de la democracia moderna y se enmarca en la Constitución Política. Han sido necesarios siglos de conflictos, guerras, muertos, diálogos y complejas disquisiciones, para llegar a lo que tenemos. Es por lo menos arrogante y vanidoso pretender que lo logrado hasta ahora por la sociedad colombiana es un fracaso y que hay que cambiarlo todo, que nada de lo que existe es bueno. Amenazar a la «colombianidad» con una «asamblea constituyente» de bolsillo, que no surja de una voluntad mayoritaria y de un acuerdo sobre lo «fundamental» entre los diferentes matices políticos es una agresión no solo a la sociedad misma sino al intelecto. Anunciar el cierre y la eliminación del Consejo Nacional Electoral —CNE— y del Consejo de Estado es un coqueteo descarado con la dictadura y con el ejercicio del poder sin controles.
Adicionalmente hay que agregar que «comprar» congresistas en un desesperado intento por aprobar reformas políticas es hundirse en el mismo fango del que se lucha por salir, es untarse del mismo excremento. Creer a ciegas en un Estado que todo lo da, pero que no produce ni facilita el ejercicio de la libre empresa es una contradicción. Soy incapaz de contagiarme de esa ceguera que profesan los petristas de hoy y que defienden a ultranza un estado generoso que todo lo regala. Y más mezquino me parece el atribuirse para todo esto unas supuestas mayorías electorales. Una manipulación mediática para plantar la idea de tenerlas. Peor aún es sembrar desde ahora dudas sobre los resultados electorales para desconocerlos y tener argumentos si ellos no les favorecen. La realidad política del país es simple y solo requiere algo de aritmética para entenderla. Cualquier ciudadano comprende facilmente que si restamos los votos que el Pacto Histórico obtiene en los casi 200 municipios en los que no hay democracia, libertades y voto libre y si adicionalmente restamos los votos que se amarran con asociaciones adictas como la CUT, Fecode o la Minga indígena o con los miles de contratos que amañan y que se financian desde el gobierno, la cifra final mostrará la cruda realidad y es que este es un gobierno de minorías, igual a casi todos los anteriores. Hace muchos años que no surgen en Colombia liderazgos arrolladores, sólidos y contundentes que cautiven a una clara mayoría. Eso nos lleva a gobiernos débiles y corruptos incapaces de adelantar las grandes reformas que el país necesita. Por eso estamos como estamos. El gobierno actual tampoco representó el cambio que los colombianos quisimos y soñamos. El país que tenemos hoy no se siente mejor que el que recibió Petro hace cuatro años. Otra vez será.
Dejemos a manera de conclusión la idea de que para gobernar bien a Colombia hay que tener una dosis monumental de tolerancia e inclusión, dos virtudes que brillan por su escasez en esta patria violenta que prefiere el camino de la confrontación antes que el de la paz. En un ambiente de polarización como el que vivimos es predecible que quien sea que gane no tendrá claras y contundentes mayorías y se enfrentará a un mediocre poder legislativo ávido de puestos y contratos. Si queremos cambiar esta «patria boba» debemos empezar por elegir otro Congreso y de otra manera. Eso requiere una gran reforma política. ¿Alguién la ofrece?



Hola Dr Ernesto: el panorama que ud pinta en su escrito no es totalmente equivocado, en especial en el aspecto del mesianismo de Petro, muy semejante al arrogante y mesiánico estilo de Uribe, al del prepotente dr coscorrón Vargas etc. Si resetear la democracia colombiana requiere cambiar al Congreso, me apunto, «pues si los lobos hacen las leyes, devorar ovejas no es delito», Mientras los bandidos hagan las leyes para salir impunes en sus fechorías estaremos jodidos. La gran pregunta¿ Quién le pone el cascabel al gato?