El expresidente Carlos Eugenio Restrepo no daba crédito a lo que veían sus ojos, cuando apareció esa pequeña gigante de redondos ojos enormes de alegato, la mueca semicurva en los labios de una niña a punto de estallar en lágrimas, pero con el fuego del dolor centenario de otros que le brotaba del alma, intentando hacer mella en los sordos oídos de una sociedad cerrada, canalla e ignorantemente soberbia de sí misma.
La cárcel era la prisión de su torso, de donde emergía el grito de libertad sublime, la tragedia de la solitaria búsqueda de una pasión igualitaria esquiva como los amores, la cristalización de los sueños, la negativa de hacer parte del macabro rebaño necesario para lograr la dependencia del país, recargada a base de prejuicios, atraso, a excepción de la enseñanza temprana de agachar la cabeza frente a la autoridad tirana por más injusta que sea a nombre de cuanto corresponde.
“Cinco mil obreros de Barrancabermeja han querido que mi corazón traiga el eco de su clamor de justicia y el anhelo que ponen sus energías en esta hora sagrada. No vengo a pediros un mendrugo, no vengo a pediros misericordia, sino justicia”, arengó a la multitud presente para entrar en el corazón de un puñado de seres conscientes de sus derechos inalienables.
Fácil le hubiera resultado desentenderse de los problemas de su tiempo, cuando María de los Ángeles Cano Márquez nació el 12 de agosto de 1887 en Medellín, Antioquia, al interior de una atípica familia colombiana integrada por cultos y humanistas educadores, docentes, periodistas, músicos, poetas, la suma del pensamiento libre que tanto odian la mojigatería, la mediocridad, los alcabaleros del chisme de feria porque no pueden imponer su estupidez.
Esas fueron las bases para que María desdoble sus primeras inquietudes en románticos poemas llenos de sencillez, pero colmados de un amor incólume derivando más adelante a las nobles causas surgidas de la necesidad de hacer justicia frente a la indignación de una época oscura, déspota, pero igual de proclive a la indiferencia de guardar silencio.
Inicios
En 1924 ya colaboraba en el Correo Liberal con las escritoras María Eastman y Fita Uribe, aunque la evolución de sus ideas sociales no le permitiría nunca ser la típica intimista escribiendo versos entre los algodones de una vida distendida, lejos de la angustia de las balas como muchos otros que vinieron más tarde.
El 1° de mayo del año siguiente el verbo la había convertido en la “Flor del Trabajo”, humilde proclamación de nobleza popular sin valor alguno, pero impregnada del sagrado solio de los ungidos de entre las masas al reflejar su esencia. ¿El único privilegio a cambio? Ver al artesano, el obrero, el campesino, leyendo juntos al interior de una biblioteca montada poco antes a través de una iniciativa suya, para ser “la lámpara de Diógenes” al momento de barrer las tinieblas de la superstición impuesta.
Tras colaborar en la refundación del periódico “El Rebelde”, recolectando fondos de solidaridad, hacia 1926 trabajó para organizar el III Congreso Nacional Obrero, germen del futuro Partido Socialista Revolucionario. Para entonces, su sola presencia convocaba multitudes las cuales generalmente eran dispersadas a la fuerza o detenidos sus manifestantes sin hacer excepciones con María Cano, a quien encerraban ante la impotencia de no poder hacerla callar.
Fundó “Socorro Rojo”, órgano de difusión entre los campesinos de Viotá, Cundinamarca, enfrenta la denominada “Ley Heroica”, otro intento de dar “carta blanca” a la represión violenta de los movimientos sociales y encabeza una campaña solidaria a favor de Nicaragua, invadida entonces por Estados Unidos.
Lucidez
El año 1928 la halló junto a los trabajadores de Ciénaga, en el Magdalena Medio, acompañándolos en sus reclamos a la empresa United Fruit Company -hoy Chiquita Brands- célebre por los continuos estragos contra el campesinado y la posterior asociación al paramilitarismo años después. Con gran visión política, pese a reconocer la precaria situación laboral y el entusiasmo de los compañeros de causa, María Cano no estuvo de acuerdo con la realización de la huelga a sabiendas de las consecuencias posteriores.
No se equivocó. Con el falso pretexto de la posibilidad de una intervención norteamericana, como después haría público en el congreso el malogrado líder liberal, Jorge Eliécer Gaitán, las tropas enviadas por el presidente conservador, Miguel Abadía Méndez, bajo las órdenes del Coronel Carlos Cortés Vargas, oscuro militar con intereses económicos en las tierras de la región, abrió fuego dejando una cifra nunca determinada de muertos. Esto determinó la profunda crisis del Partido Socialista Revolucionario, el cual se dividió, así como la persecución y encarcelamiento de sus principales líderes como María Cano, a pesar de conllevar estos hechos el nacimiento del Partido Comunista Colombiano.
El hecho luego conocido como la “Masacre de las Bananeras”, acaecido el 8 de diciembre de 1928, se transformó en uno de los mayores hitos de la historia de las luchas de reivindicación laboral – social, frente a las injusticias de la explotación, volviendo la estruendosa derrota un triunfo contundente con el transcurso de las décadas. Tanto así, que al momento de la actitud negacionista de la ex senadora, María Fernanda Cabal, calificando el hecho de “mito garcíamarqueciano”, el suceso ya había adquirido matices de conmemoración, pasando a formar parte de la agenda nacional.
En definitiva, curiosa reflexión la proveniente de la nieta de Alejandro Cabal Pombo, ministro de guerra de la administración perpetradora del asesinato masivo y a la postre, justificadora serial del terrorismo de Estado del régimen uribista, asociado a grupos paramilitares.
Retaliación
Cuando los consejos del cura de barrio, la religión subordinada al poder de turno no alcanzaban para imponer la sumisión, se sospechaba infidelidad, los esposos buscaban quitarlas del medio o tenían forma de pagar, a fin de dar comienzo a una “nueva vida de matrimonio” aún con la bendición de la Iglesia Católica, la mujer era puesta a disposición. Ni hablar si hablaban de legítimos derechos postergados y planteaban cambios radicales a la sociedad. El destino era la cárcel, los “hogares de reposo” donde a menudo la “Flor del Trabajo” era confinada lejos de la luz, el agua, el pan de la reivindicación de su gente.
El “pecado” de no acatar imposiciones al estilo de la poceta, el bordado, la reproducción sexual, le valió el ensañamiento de hombres escandalizados y la cobarde complicidad de muchas mujeres de vida arruinada, que llegaron a la imbecilidad de acusarla del envenenamiento de los pozos donde bebían sus hijas, apodadas “mariacanos” en caso de mostrarse irreverentes al control patriarcal.
En 1930, María Cano se vinculó a la Imprenta Departamental de Antioquia en carácter de obrera, pasando a laborar a la biblioteca de esa dependencia. Apoyó con entusiasmo la huelga ferroviaria de 1934, para hacer un enorme paréntesis hasta 1945, convocada por el movimiento de mujeres sufragistas al término de la Segunda Guerra Mundial.
Arengando a la concurrencia como en sus mejores años, dejó una corta semblanza con dejos de mensaje de despedida: “Un mundo nuevo surge hoy de la epopeya de la libertad, nutrida con sangre y con llanto y con tortura. Es un deber responder al llamado de la historia. Tenemos que hacer que Colombia responda. Cada vez son más amplios los horizontes de libertad, de justicia y de paz. Hoy como ayer, soy un soldado del mundo”. Fue su última vez.
Muerte
Podría decirse que María Cano no fue vencida jamás. A lo sumo, eclipsada por una sociedad feudal colombiana negándose a desaparecer por completo; víctima de tiempos tortuosos, de miseria humana precediendo la actual; de una clase dirigente que en la maligna insistencia de acceder al poder, la invisibilizó de manera descarada al no lograr ponerla de rodillas, ni lograr servirle a tan inescrupulosos fines, sin imaginar haber sido marco del ícono al martirio de la absoluta incomprensión a la cual la sometieron, de personas que defendió y la terminaron de condenar.
Sus “camaradas”, “compañeros”, en parte gracias al oportunismo, la ceguera retórico-dialéctica de los “revolucionarios de cartulina” sin pueblo detrás, la cuestionaron, la cargaron de culpas ajenas e inexistentes hasta darle la espalda. Lo había entregado todo, pero a esas alturas; ¿a quién podía importarle el hecho, si era obligación jugarse por “los de abajo”? La cuestión era qué pasaría después, aunque el romanticismo de la lucha guiñara el ojo, sonriendo al hablar de la pronta victoria, de la justa distribución del fruto del progreso de acuerdo a la capacidad individual.
La sensualidad de los enrulados cabellos en forma de brocha de afeitar, la belleza de una esencia increíble, no le bastaron para ser madre, realizarse. Ni siquiera estar junto al hombre de su vida, el cual evitando comidillas innecesarias, apenas puede decirse la buscó siendo viejo e inútil, cuando al regresar de la lejana Unión Soviética no tenía más dónde ir.
La tradición enfoca los últimos años lúcidos de María Cano oyendo entusiasta los progresos de los insurgentes de las guerrillas de Marquetalia, El Pato, Guayabero, Río Chiquito. Hasta el final, tuvo esperanza en el renacimiento de la oportunidad dejada pasar por negligencia de sus contemporáneos. Naturalmente, no tenía cómo prever su futura descomposición y alianza con la extrema derecha para sabotear la imagen del gobierno de Gustavo Petro, el cual cristalizó muchas de las ideas de aquella joven empeñada en soñar con una humanidad más justa.
Algunas versiones cuentan que falleció demente, casi cuatro meses antes de cumplir ochenta años, el 26 de abril de 1967, insultando a quienes pasaban frente a la ventana de su domicilio. Tal vez, porque en la nebulosa de esos tristes días presintió a los colombianos indignos de merecer semejante sacrificio de dolor, angustia, de indiferencia que suelen padecer aquellos entregando la vida sin esperar nada, a excepción de ser felices por medio de la alegría de otros.
Por fortuna, la llegada del progresismo al gobierno casi sesenta años después de pasar a la inmortalidad, desmentiría esa creencia cosechando tan gloriosa siembra. Quizás demasiado tarde para la vida del personaje histórico de María de los Ángeles Cano Márquez, pero jamás de su legado imborrable en la consolidación definitiva de los derechos inalienables de las mujeres, de la justicia social, de la Colombia eterna, a partir de la cristalización de sus nobles ideales.
Carlos Alberto Ricchetti


