El 5 de mayo de 2026, en una vereda de Briceño, Antioquia, la violencia volvió a arrebatarle al país una de sus voces jóvenes. Mateo Pérez Rueda, de apenas 24 años, estudiante de Ciencia Política en la Universidad Nacional sede Medellín y director del medio digital El Confidente de Yarumal, desapareció mientras cubría la disputa territorial entre las disidencias de las FARC y el Clan del Golfo. Cuatro días después, su cuerpo fue hallado sin vida, convertido en símbolo de la fragilidad que enfrenta el periodismo en las zonas de conflicto.
Las autoridades responsabilizan al Frente 36 de las disidencias de las FARC, bajo el mando de alias Primo Gay y Jhon Edison Chalá Torrejano, quienes controlan la minería ilegal en la región. Testigos aseguran que Mateo fue retenido, torturado y asesinado frente a la comunidad, un acto de brutalidad que buscó acallar sus investigaciones sobre violencia y economías ilícitas.
La Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) había advertido que Mateo enfrentaba presiones legales y amenazas por sus reportajes. Su trabajo incomodaba a los poderes armados que dominan la zona, y su asesinato confirma la vulnerabilidad extrema de quienes ejercen el oficio en territorios donde la palabra se convierte en riesgo de muerte.
La condena internacional no se hizo esperar: la ONU, la Defensoría del Pueblo y el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ) denunciaron el crimen y exigieron garantías de seguridad para la prensa independiente. Sin embargo, más allá de los comunicados, queda la herida abierta de un país donde más de 170 periodistas han sido asesinados desde 1977.
La muerte de Mateo no es un hecho aislado, sino parte de una cadena de silenciamientos que debilitan la democracia y empobrecen la memoria colectiva. Su caso se erige como recordatorio urgente: sin protección estatal, sin garantías reales, el periodismo en Colombia seguirá siendo un oficio de alto riesgo, especialmente en las regiones dominadas por economías ilícitas y grupos armados.
Mateo Pérez Rueda deja tras de sí la valentía de haber contado lo que otros callaban. Su ausencia es también un llamado: que la verdad no se entierre con sus periodistas, y que la sociedad entienda que cada voz silenciada es una derrota para la libertad.


