María, una mujer de 42 años, llegó a la consulta en representación de su hija Cristina, de 22 años, quien desde hace cuatro años vive con un diagnóstico de esquizofrenia. Entre lágrimas y agotamiento, expresó una frase que millones de personas han pronunciado alguna vez en silencio o en voz alta: “¿Por qué esto me tenía que pasar a mí? La vida es injusta conmigo”. Su dolor es legítimo. Ver sufrir a un hijo, reorganizar los proyectos personales y convivir diariamente con la incertidumbre emocional genera una carga inmensa. Sin embargo, aquella frase también abre una reflexión profunda sobre cómo interpretamos los acontecimientos difíciles de la vida. Desde la Psiquiatría sabemos que el sufrimiento no depende únicamente de los hechos que ocurren, sino también del significado que les damos. Y es aquí cuando el pensamiento estoico, desarrollado hace más de dos mil años por filósofos como Epicteto, Séneca y Marco Aurelio, conserva una sorprendente vigencia psicológica. Los estoicos afirmaban que los sucesos en sí mismos no son buenos ni malos; simplemente son acontecimientos de la realidad. Lo que genera sufrimiento emocional es la interpretación que hacemos de ellos. Cuando alguien piensa “esto no debería estar ocurriéndome”, aparece una lucha mental contra algo que ya existe y que escapa parcialmente de su control.
La esquizofrenia, por ejemplo, no es un castigo divino, una falla moral ni una señal de mala suerte. Es una condición compleja en la que intervienen factores genéticos, neurobiológicos, ambientales y sociales. La ciencia actual muestra alteraciones en circuitos cerebrales relacionados con la percepción, el pensamiento y las emociones. Nadie “merece” padecerla y tampoco nadie la “provoca” voluntariamente. El problema comienza cuando transformamos el dolor en una narrativa de injusticia permanente. La mente humana tiene tendencia a compararse: “Otros viven tranquilos”, “otros sí pueden cumplir sus sueños”, “a mí me tocó la peor parte”. Estas interpretaciones pueden intensificar síntomas de ansiedad, depresión, agotamiento emocional y sentimientos de desesperanza. El estoicismo propone una distinción fundamental: existen cosas que dependen de nosotros y otras que no. No depende de María que su hija tenga esquizofrenia. Tampoco depende completamente de Cristina haber desarrollado esta condición. Pero sí depende de ambas la manera de afrontar la enfermedad, buscar ayuda, adherirse a tratamientos, construir redes de apoyo y encontrar sentido en medio de la dificultad.
Aceptar no significa resignarse pasivamente. Significa reconocer la realidad tal como es, sin añadirle culpas innecesarias ni interpretaciones catastróficas.
En consulta, muchas veces observamos que las personas empiezan a recuperar estabilidad cuando dejan de preguntarse “¿por qué me pasó esto?” y comienzan a preguntarse “¿qué puedo hacer ahora con esto que me ocurrió?”. Ese cambio de enfoque transforma la relación con el sufrimiento. La vida no siempre responde a nuestros planes. Tal vez la vida no sea justa ni injusta; tal vez simplemente sea compleja, incierta y profundamente humana.
Uriel Escobar Barrios, MD


