LA POLÍTICA PÚBLICA SE ENTIENDE CON LOS ZAPATOS LLENOS DE TERRITORIO.

OpiniónLA POLÍTICA PÚBLICA SE ENTIENDE CON LOS ZAPATOS LLENOS DE TERRITORIO.

Cuando la política pública baja del escritorio se hace efectiva de verdad

Hay una frase que debería estar escrita en la puerta de todas las oficinas donde se diseñan políticas públicas: ninguna política social nace completa en un escritorio. Puede nacer allí su formulación, su CONPES, su decreto, su manual operativo, su matriz de indicadores, su presupuesto y hasta su bonita presentación en PowerPoint.

Pero su verdadero sentido aparece después, cuando se encuentra con la gente, con sus miedos, con sus necesidades, con sus tiempos y con esa realidad que casi nunca cabe en los formularios.

Pensé en eso al leer la columna de mi amiga Laura Roa, hoy presidenta del Fondo Nacional del Ahorro, recientemente publicada en el diario La República y donde habla de la verdadera realidad en el tema del ahorro familiar para obtener vivienda.

Laura entendió algo que no todos comprenden en el servicio público: que las políticas públicas no se hacen para cumplir requisitos, sino para transformar vidas. Y que a la ortodoxia de las normas legales, de los procedimientos internos y de los requisitos burocráticos, muchas veces hay que “torcerle el cuello”, no para desconocer la ley, sino para impedir que la ley se vuelva una excusa para no hacer nada.

Esa es una diferencia sustancial. Una cosa es violar la norma, y otra muy distinta es interpretar la norma con sentido público. Una cosa es esconderse detrás del trámite, y otra es preguntarse cómo hacer que el trámite sirva. Una cosa es administrar expedientes, y otra es resolver problemas reales.

Laura no llegó al FNA por accidente. Su propia hoja de vida pública muestra formación en Gobierno, Relaciones Internacionales, Finanzas Públicas, Cooperación Internacional, Gestión de Proyectos para el Desarrollo y una maestría en Gobierno y Políticas Públicas; además, el FNA registra su trayectoria previa en la entidad y en Colpensiones. Pero más allá de los títulos —que importan, claro— hay algo que pesa más: la capacidad de entender que una institución financiera pública no puede comportarse como si estuviera atendiendo únicamente clientes bancarios, cuando en realidad muchas veces está acompañando proyectos de vida.

Eso lo aprendí hace años desde otro frente, cuando tuve la fortuna de ver trabajar a mujeres que convirtieron la política social en una herramienta práctica, no en un discurso. Una de ellas fue Any Benítez, experta internacional, a quien vi liderar experiencias como Mujeres Ahorradoras en Acción, un programa que no se limitaba a enseñar educación financiera como quien dicta una cartilla, sino que buscaba fortalecer capacidades empresariales, promover cultura del ahorro, facilitar la vinculación formal al sistema financiero y respaldar emprendimientos de mujeres en condición de vulnerabilidad. La CEPAL lo describe como una intervención integral de fortalecimiento socioempresarial, ahorro, empoderamiento y acceso a servicios microfinancieros.

Ese programa fue mucho más que una buena idea técnica. Fue una lección de política pública aplicada: mujeres de los niveles más vulnerables del Sisbén, muchas de ellas golpeadas por la pobreza, el desplazamiento y la informalidad, empezaron a relacionarse con el ahorro no como una palabra lejana, sino como una posibilidad concreta de autonomía. La sistematización del proyecto muestra que nació en 2007 como piloto y luego se amplió con base en evidencias y aprendizajes del territorio.

Después, Any llevó esa mirada a otros escenarios. En Fundación Capital, la lógica fue similar: innovación social, inclusión económica, salud financiera, inclusión digital y soluciones centradas en las personas. Esa organización se define como un laboratorio internacional que trabaja por el bienestar financiero, digital y económico de comunidades en pobreza y vulnerabilidad en América Latina y África. Y más tarde, esa experiencia también se reflejó en su paso por Colpensiones, desde donde el programa BEPS requería precisamente esa sensibilidad: comprender que el ahorro para la vejez, en sectores populares, no se resuelve con una fórmula actuarial, sino con pedagogía, confianza, cercanía y persistencia.

Tuve la fortuna de trabajar con Laura y con Any. Por eso sus logros no me sorprenden. Ambas pertenecen a una generación de mujeres líderes que entendieron algo que muchos burócratas todavía no aceptan: la política pública no fracasa solo por falta de recursos; también fracasa cuando se diseña sin escuchar a quienes debe servir.

Desde mi experiencia como Policy Maker, como alguien que ha visto programas sociales desde el gobierno, desde organismos internacionales y desde entidades públicas, puedo decir que la diferencia entre una política pública viva y una política pública muerta está en su capacidad de bajar al territorio.

Allí se descubren las barreras reales: la señora que no tiene cómo imprimir un documento, el campesino que no entiende el lenguaje del formulario, la madre cabeza de hogar que no puede asistir a una capacitación porque a esa hora trabaja, el adulto mayor que no sabe usar una plataforma digital, el joven que desconfía de la institucionalidad porque nunca la ha sentido cerca.

En el escritorio, todos esos casos son “excepciones”. En el territorio, son la regla.

Por eso me gusta esa idea de “torcerle el cuello” a la burocracia. Porque no se trata de improvisar ni de saltarse controles. Se trata de recordar que el Estado no existe para proteger sus propios procedimientos, sino para garantizar derechos, abrir oportunidades y hacer posible lo que en el papel parece sencillo, pero en la vida cotidiana suele ser difícil.

Las políticas públicas necesitan técnica, sí. Necesitan normas, presupuesto, indicadores, sistemas de información y evaluación. Pero también necesitan criterio. Y el criterio no se aprende únicamente leyendo leyes. Se forma escuchando, caminando, equivocándose, corrigiendo, volviendo al territorio, hablando con la gente y entendiendo que detrás de cada “beneficiario” hay una historia, una familia, una urgencia y una esperanza.

A veces quienes venimos de generaciones anteriores sentimos una mezcla de nostalgia y satisfacción. Nostalgia, porque sabemos lo mucho que costó abrir ciertos caminos. Satisfacción, porque vemos que hay nuevas generaciones que no llegaron simplemente a ocupar cargos, sino a darles sentido.

Laura Roa, desde el Fondo Nacional del Ahorro, y Any Benítez, desde sus distintas responsabilidades en inclusión financiera y protección social, representan esa forma de liderazgo que combina conocimiento técnico con sensibilidad social. No son liderazgos de escritorio. Son liderazgos que entienden que la política pública se prueba en la calle, en el barrio, en el municipio, en la vereda, en la ventanilla de atención y en la conversación difícil con quien necesita una respuesta.

Y eso, para quienes hemos dedicado buena parte de la vida a sembrar en el campo social, tiene un valor enorme. Porque uno entiende que el camino no fue en vano. Que algo quedó. Que hay relevos. Que hay mujeres jóvenes, preparadas, serias y comprometidas que no se dejaron atrapar por la comodidad del cargo ni por la frialdad del procedimiento.

Como dicen los “pelaos” de hoy: la tienen clara.

Y ojalá el país también la tenga clara: las políticas públicas no se miden solo por el número de normas expedidas, sino por la cantidad de vidas que logran tocar. Ahí está el verdadero examen del Estado.

Las normas son necesarias, pero no suficientes. La verdadera política pública se entiende en el territorio, cuando el Estado deja de administrar trámites y empieza a resolver vidas.

Fernando Sanchez Prada

Consultant – Advisor

Policy Maker

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