SENSATEZ, MESURA Y PONDERACIÓN.

OpiniónSENSATEZ, MESURA Y PONDERACIÓN.

Miscelánea

Mucho se dice que no es bueno para la tranquilidad personal ni para la salud mental discutir sobre política o sobre religión, sin embargo, en un país como el nuestro, donde por genética somos comunicativos y muy generosos con el verbo, casi la totalidad de conversaciones, en cualquier espacio, empiezan o terminan con lo uno o con lo otro. Ni qué decir del efecto multiplicador de las redes sociales que han convertido ese segmento de la opinión pública en una Torre de Babel y en un auténtico campo de batalla, todo un océano rojo de noticias, en su mayoría falsas, en un intento por imponer las narrativas propias.

Ni siquiera es necesario entrar a una red social para uno salir untado, porque hasta por WhatsApp, sin que uno lo pida, llegan mensajes proselitistas o religiosos sobre los que quienes los envían no se detienen a considerar si ello es apropiado o si, por el contrario, puede resultar incómodo o hasta de mal gusto.

A muchos, incluso amigos y compañeros muy queridos, les ha dado por pensar que sus más íntimas creencias e ideologías, por el mero hecho de que son suyas, son elementales, son obvias y que, por lo tanto, se las pueden compartir a todo el que se les atraviese, con una foto, un video o un mensaje de texto, porque ¿por qué habría de molestar a alguien? ¿cómo podría haber otra forma de ver la vida y el mundo si no es como las veo yo?

Ambos temas, política y religión, son apasionantes, a mí me encantan, porque estamos hechos de eso y de una forma u otra nos debemos a eso, pero se me tornan hartos y una verdadera tortura cuando mi interlocutor de turno se sobrepasa e invade mi intimidad y amenaza mi libre albedrio, en el intento de adoctrinarme con sus posturas y con su fe. Al respecto, de manera muy acertada José Saramago dijo: “He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro«.

Desde esta perspectiva, en el contexto de las presidenciales que ya están encima, y aunque algún lector bien intencionadamente me lo ha pedido, yo me abstengo, como se dice popularmente de “cantar mi voto”. En su lugar, por estos días he procurado estar atento a conocer las propuestas de los candidatos, sus hojas de vida y muy especialmente a investigar la credibilidad de lo que se dice de ellos, porque entre ellos mismos se dicen de todo y la gente lleva esos decires a la exageración, haciendo eco de epítetos y acusaciones sin fundamento, que convierten el debate electoral en una verdadera guerra.

Mi señora madre, que es radioyente empedernida, se queja permanentemente de que en cada elección las campañas y los políticos se concentran en sacarse los trapos al sol y nadie dice nada bueno de nadie, nadie tiene la gallardía de hacer reconocimientos, como si en verdad el país nunca hubiera avanzado en el tiempo, ni evolucionado, ni progresado.

Es muy curioso, porque, como lo plantee en una columna anterior, la mayoría de los que no se miden y hacen daño con sus palabras, al mismo tiempo van repartiendo bendiciones y pidiendo que pare el odio.

Adenda. Las próximas elecciones no son las más críticas de la historia, vendrán más; no todos queremos la salvación de Dios y la selección de futbol que acaba de elegir Lorenzo no es la mejor, pero tampoco la peor.

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