CUANDO UN PAÍS ENTRA EN TURBULENCIA, IMPORTA QUIÉN ESTÁ EN LA CABINA

OpiniónCUANDO UN PAÍS ENTRA EN TURBULENCIA, IMPORTA QUIÉN ESTÁ EN LA CABINA

Hay algo que hacemos cada cuatro años y que pocas veces asumimos con el peso que realmente tiene: escoger quién va a administrar el país. Y quizás ese es el primer error.

Porque un presidente no administra únicamente un presupuesto ni dirige una entidad pública. Gobierna una estructura compleja donde conviven economía, seguridad, relaciones internacionales, instituciones, conflictos sociales y millones de expectativas distintas. No es un cargo diseñado para improvisar.

Sin embargo, muchas veces terminamos eligiendo como si estuviéramos escogiendo entre discursos, emociones o castigos. Votamos para premiar, para castigar, para responder al momento o para expresar rabia. Y en ocasiones olvidamos la pregunta más simple y más difícil:

¿Quién sabe realmente gobernar?

Porque una cosa es hacer campaña y otra muy distinta es administrar un país. Y Colombia llega a las próximas elecciones en un momento que no parece sencillo. Hay cansancio institucional, desconfianza ciudadana, una economía que enfrenta incertidumbres, problemas de seguridad que vuelven a aparecer y una percepción creciente de desgaste sobre la gestión pública.

Más allá de ideologías, existe una preocupación que atraviesa distintos sectores: la sensación de que la responsabilidad sobre lo público se ha debilitado. Y eso debería preocuparnos.

Porque la corrupción no empieza únicamente cuando alguien roba recursos. También aparece cuando las decisiones se toman sin rigor, cuando la improvisación reemplaza la planeación, cuando el Estado se convierte en escenario de confrontación permanente o cuando el interés político termina ocupando el lugar de las soluciones.

Lo público funciona de una manera curiosa: tarda años en construirse y puede deteriorarse muy rápido. Por eso el país no siempre necesita al político que más emociona. A veces necesita al que entiende la complejidad. Al que sabe construir equipos. Al que escucha más de lo que grita. Al que entiende que gobernar no consiste en dividir permanentemente a quienes piensan distinto.

Y sobre todo, al que entiende que la tarea principal de un presidente no es estar en campaña durante cuatro años. Es gobernar. Porque las sociedades no avanzan únicamente por grandes discursos o grandes promesas. Avanzan cuando las instituciones funcionan, cuando hay confianza y cuando las decisiones se toman pensando más allá del siguiente titular. El problema no es únicamente quién llega al poder. El problema es lo que como ciudadanos dejamos de exigir antes de entregarlo.

Y es justamente ahí donde aparece una discusión que pocas veces damos con suficiente profundidad: ¿qué tipo de liderazgo necesita Colombia en este momento? Porque no todas las crisis requieren el mismo tipo de gobernante.

Hay momentos donde los países buscan líderes que rompan estructuras. Otros donde necesitan figuras capaces de confrontar modelos existentes. Pero también existen momentos y quizás Colombia atraviesa uno de ellos, donde la prioridad deja de ser la confrontación y pasa a ser algo mucho más difícil: reconstruir confianza, ordenar instituciones y volver a hacer que las cosas funcionen. Alguien que gobierne con seriedad.

Porque gobernar no es únicamente tener ideas. Es ejecutarlas. Es construir equipos. Es administrar recursos públicos con responsabilidad. Es entender que el Estado no puede convertirse en una batalla permanente entre quienes piensan distinto. Y ahí algunos perfiles políticos empiezan a diferenciarse más por experiencia administrativa que por capacidad de generar titulares.

Sergio Fajardo, por ejemplo, ha construido buena parte de su trayectoria alrededor de una idea que hoy parece simple, pero que se volvió extrañamente escasa en la política: gobernar con gestión.

Más allá de simpatías o diferencias ideológicas, su paso por Medellín y Antioquia suele aparecer asociado a una apuesta concreta por educación, urbanismo, infraestructura social y fortalecimiento institucional. Parte de esa experiencia dejó proyectos que todavía hoy siguen siendo referencia en transformación urbana y recuperación territorial.

Y quizás allí existe una pregunta que vale la pena hacerse: En medio de un país con desgaste institucional, crisis de confianza y cansancio político, ¿qué necesita más Colombia? ¿El político que interpreta mejor la rabia? ¿O el gobernante que logra administrar mejor la complejidad?

Porque al final, un presidente no es elegido para representar emociones durante cuatro años. Es elegido para tomar decisiones. Y cuando un país atraviesa tormentas, la diferencia entre una figura política y un gobernante empieza a hacerse mucho más evidente.

Si todos votan por quien creen que es el mejor para gobernar, gana el mejor. Si todos votan por miedo ganan los mismos. Mi voto es el por único diferente de lo mismo de siempre: Sergio Fajardo.

Ingeniero Ambiental y Economista*

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