Hoy, no quise continuar, me detuve, era necesario entrar en conexión con el espíritu, con la mente, las emociones, los sueños, aciertos y desaciertos. Y en esa dinámica, fui comprendiendo que esta máquina que me moviliza, energiza, traslada, me sacude e imprime fuerza, necesita ser observada. Así que realicé el mejor recorrido, el viaje más intenso y lleno de experiencias. Un viaje postergado: “La aerolínea, el tiempo”.
Al abrir los ojos y descubrir el mundo, experimentamos dolor. Nacer cuesta, porque es aventurarnos a lo desconocido, a lo complejo. En esa aventura algunas veces nos invade la inseguridad, pero comprendemos que sólo existe la opción de realizarla con objetividad o permitir que el asombro invada nuestro ser, debilitándonos.
He visto cómo muchos extienden sus alas alcanzando alturas inimaginables, tocando la cima; otros, en el ejercicio han desertado sin intentarlo y en esa transformación, mutilaron el derecho a avanzar en la exigencia que conlleva dicha metamorfosis humana. Algo se desvaneció.
A lo largo de ese extenso viaje por la vida llevamos un contenedor de herramientas, las que nos van a permitir labrar ese recorrido. Realizarlo con habilidad, difícil, pero, loable para quien lo alcanza. Es tarea iniciada en las primeras etapas y reforzada en las siguientes, porque cada una traerá consigo nuevas minucias, por ínfimas que parezcan, son relevantes.
Crecer duele; la máquina, responde. Los huesos reaccionan, ese sistema se resiente, es inevitable; el primer paso a la libertad, es invaluable, (nacer supone llanto), es enfrentar los peligros con la certeza de ser más fuertes que cualquier situación; abrazar el dolor demanda tiempo, sabiduría, entereza.
Nuestra naturaleza pareciera cobijar la felicidad como un acto fijo, constante, pero, es un estado que se desvanece muy rápido. Sólo es un instante.
Amar duele; soltar también. Supone esa necesidad de desprendimiento para que los seres amados abran sus alas, las expandan y atraviesen el horizonte con sus limitaciones o sus éxitos y con el sentimiento más libre, menos pesaroso, quizás menos dependiente.
Tal vez algunos enfrentan una vida superflua, esa que circula sin sentido, que camina al compás del tiempo dejando el alma vacía, puesto que, la monotonía enceguece y obnubila el alma, atrapándonos en un círculo vicioso. Sin embargo, el despertar de ese letargo, cobra precios altos.
Para algunos, una rutina aparentemente normal; otros por el contrario reconocen que, detrás de cada acto de vida hay responsabilidades, actuar en el momento indicado es la fórmula y no cuando ese estado me brinde tiempo para hallarme, porque es un encuentro diario, como mirarse en el espejo en nuestro propio espejo, retocar lo que está empañado y buscar cómo restaurarlo.
Es un recorrido largo, de muchas horas de viaje. Entonces, ahí sentada en un sillón de ese vuelo pude entender que, leernos hace la diferencia.
El tiempo cumple su ciclo. Cada minuto viene acompañado de historias que, al narrarlas se visten de experiencias, de madurez y por supuesto, gratitud en cada una.
Cuidar de nuestro cuerpo es compromiso diario. El ejercicio, aspecto determinante para que ese engranaje vaya adoptando formas y guardando reservas que después serán parte esencial de lo cíclico; también es cuidar de él en lo que se consume entendiendo que hoy estamos expuestos a una alimentación cargada de preservantes; es precisar que, soy dueño de mi bienestar y en esa preparación estoy aportándole salud a mi cuerpo, es una dádiva. Que recibir el sol a la hora indicada me permite ir al encuentro con ese potencial de vitamina D tan necesario para el cuerpo; pero, también resguardarlo de los rayos ultravioleta a deshoras, hace la diferencia.
El sedentarismo se volvió un estilo de vida y con él, los mayores riesgos a nivel de salud. Las caminatas diarias oxigenan el cuerpo, permiten que la sangre circule libremente, además de consentir los pulmones respirando el aire que brinda la tierra, el paisaje que encontramos al realizarlas, los amigos que se cruzan con nosotros, la expresión al recibir y brindar un saludo, son cápsulas que sanan la mente y el cuerpo.
Cada día es una oportunidad. Cada día nos permite descubrir que el pasado (el día que se quedó atrás), trajo aprendizajes, pero, el que despunta, será diferente. Entonces, hasta me regalo la posibilidad de pensar en lo que voy a usar, los colores que elegiré, la actitud para resolver lo que me sugiera ese día y dibujarle al rostro la mejor sonrisa, porque él será mi carta de presentación.
Llegan los años, pero, si en ese recorrido he tenido un buen entrenamiento, estaré en condiciones de recibirlos con entereza, aunque diezmada, consciente de haber destinado un espacio de amor por mi persona y respondiendo al ritmo de ellos. Sin remordimientos.
Por ello y sin detenerme en otros estadios de la vida, mi reflexión va encaminada a ir leyéndola. Es casi que una obligación, un compromiso con nosotros. Ella trae pasajes difíciles de interpretar, lecturas incomprensibles, toman tiempo, porque, aunque estemos escuchando, (los sentidos, las emociones, las hormonas, los sentimientos), estos últimos hay que manifestarlos, aun conscientes de su presencia, expresarlos alivianan, sanan.
Sigo leyendo. El pasaje que encontré fue complejo, pero pude desgajarme en cada línea que va entre la vida y la muerte y allí descubrí que, en ese recorrido, también el cuerpo, la mente y el alma se concatenen ratificando cada estación de la misma, a la hora señalada.
Que leer sea un hábito, así será más fácil esperar ese final, sin prisas, ni asombros, pero con la certeza de haber comprendido cada renglón de ese gran libro, escrito con sapiencia.
Ahora, anhelo terminar mis días en paz, con la certeza de haber vivido cada proceso de manera estricta, por mí, para mí, como sucede con las metamorfosis que enfrentamos cada día, como parte de ese crecimiento y por supuesto, con el corazón en paz, en sintonía con las maravillas de este paraíso llamado vida.
Sólo así sentiré que he logrado realizar la tarea al pie de la letra.


