La camiseta de la Selección Colombia no pertenece a ningún candidato, campaña ni estrategia electoral. Este miércoles, frente a Uzbekistán, debe volver a ser lo que siempre ha sido: un símbolo común para recordar que, antes del domingo de urnas y diferencias, todavía existe una Colombia capaz de gritar unida por los once que saltan a la cancha
Hay símbolos que no deberían necesitar escolta. La bandera, el himno, ciertos recuerdos compartidos y, en estos días, la camiseta amarilla de la Selección Colombia. Esa camiseta que aparece en los balcones, en las oficinas, en las tiendas de barrio, en las salas de las casas, en los aeropuertos y en los estadios. Esa camiseta que, por unas horas, logra lo que casi nada logra en este país: que dejemos de preguntarnos de qué lado está el otro y empecemos a gritar el mismo gol.
Por eso resulta tan impertinente, tan torpe y tan innecesario que dos candidatos presidenciales hayan querido tomarla como si fuera propia. La camiseta de Colombia no pertenece a Abelardo de la Espriella, ni a Iván Cepeda, ni a ninguna campaña, ni a ningún comité político, ni a ninguna estrategia de marketing electoral. No es una prenda de tarima. No es un pendón de cierre de campaña. No es una calcomanía para pegarle a una candidatura. Es mucho más que eso: es uno de los pocos símbolos vivos de una nación que, aun rota por tantas discusiones, todavía encuentra un lugar común cuando rueda la pelota.
Este miércoles, cuando la Selección Colombia salte a la cancha para enfrentar a Uzbekistán en el Mundial, no saltarán once jugadores de una campaña. Saltarán once colombianos con una responsabilidad deportiva y emocional: representar a un país que necesita volver a reconocerse en algo distinto al insulto, la sospecha, la rabia o la consigna. Saltarán James, Lucho y los demás. Saltará una generación que carga sueños, memoria y expectativa. Saltará una camiseta que no pregunta por el voto, sino por el aliento.
Y ahí debería estar la diferencia. La política divide porque esa es parte de su naturaleza democrática: propone caminos, contrasta visiones, debate modelos, enfrenta ideas. El fútbol, en cambio, cuando se vive desde la Selección, tiene la capacidad de suspender por un rato esa fractura. No la resuelve, claro. No tapa los problemas del país. No reemplaza el empleo, la seguridad, la salud, la educación ni la justicia. Pero sí nos recuerda que todavía existe una palabra llamada nosotros.
Ese “nosotros” es el que algunos dirigentes parecen no entender. En su afán por apropiarse de todo, convierten cada símbolo en botín. Si hay una camiseta que emociona, la quieren volver propaganda. Si hay un canto que une, lo quieren convertir en lema. Si hay una bandera que cobija a todos, la quieren pintar con los colores de su esquina. Y ese es, precisamente, el error: creer que la emoción nacional puede ser secuestrada sin costo.
La camiseta amarilla no tiene dueño porque nos pertenece a todos. La usa el niño que sueña con jugar en una cancha de tierra. La usa el vendedor ambulante que acomoda un televisor para ver el partido entre cliente y cliente. La usa la familia que se reúne en la sala con nervios de final. La usa el taxista, el estudiante, la abuela, el hincha de Santa Fe, el de Nacional, el del Cali, el del América, el del Junior, el del Pereira, el del Medellín, el de Millonarios, el del Once, el del Pasto, el del Tolima. La usa también el que no sabe mucho de fútbol, pero entiende que ese día hay algo más grande que la tabla de posiciones.
Por eso, cuando Colombia juegue contra Uzbekistán, el grito no debería ser de campaña. No debería ser una arenga prestada por ningún candidato. No debería llevar apellido político. El único grito posible debería ser el de una Colombia unida, aunque sea durante noventa minutos; una Colombia capaz de entender que hay símbolos que se respetan precisamente porque nos quedan pocos espacios comunes.
No se trata de negar que los candidatos también sean hinchas. Tienen derecho a emocionarse, a ver el partido, a ponerse la camiseta en su casa, a sufrir un penal o a celebrar un gol. Lo que no tienen derecho es a confundir el fervor de todos con la propiedad de unos pocos. Lo que no pueden hacer es usar la camiseta como si fuera una credencial electoral. Lo que no deberían hacer es arrastrar a la Selección al lodazal de una campaña que ya tiene suficientes excesos.
El domingo será otra cosa. El domingo estarán las urnas, las diferencias, las decisiones, los argumentos, los temores, las esperanzas y las responsabilidades de cada ciudadano. El domingo cada quien votará según su conciencia, su lectura del país y su idea de futuro. Pero el miércoles, antes de ese domingo, hay una cita distinta. Una cita con una camiseta que no divide sino convoca. Una cita con once jugadores que no salen a defender una candidatura, sino un escudo.
Que viva entonces la Colombia de James y de Lucho. La Colombia que canta antes del partido y se abraza después del gol. La Colombia que todavía puede mirarse sin preguntarse primero por quién vota el otro. La Colombia que entiende que la camiseta amarilla no se presta para mezquindades.
Porque la Selección es de todos. La camiseta es de todos. Y ese grito, cuando ruede la pelota, también debe ser de todos.
¡Que viva Colombia!
Fernando Sánchez Prada
Comunicador y columnista



Siii, unidos con y para la selección Colombia!!!