El voto en blanco o la abstención es una opción política respetable, pero por el futuro que hoy tenemos en juego, esta opción no es válida, más que nunca es menester recordar la afirmación de Desmond Tutu, ese obispo sudafricano que acompañó la lucha contra el apartheid: “Si eres neutral ante situaciones de injusticia, has elegido el bando del opresor”.
El estupor que causa recordar los estragos que dejó a su paso la segunda guerra mundial pareciera desvanecerse con el pasar de los días, los meses y los años, esa guerra que nos hizo comprender que el ser humano puede alojar lo peor en sus entrañas y en su razón, capaz de asesinar en cámaras de gas a cientos, miles de personas y luego recoger esos cuerpos como inertes objetos para extraer su grasa y producir jabón con el que limpiar otro cuerpo humano vivo, poderoso, lavar un verde uniforme militar o un infantil vestido color rosa de fino lino, levantar meticulosamente la piel para con ella elaborar suaves y delicados zapatos, maletas, lámparas y otros productos de talla industrial, extraer con precaución el oro que se alojaba en los dientes de esos muertos para fundirlo en lingotes que serían depositados en un banco suizo que guardaba y aún guarda secretamente los nombres de sus cuentahabientes aunque se trate de Estados terroristas.
Ese modelo de sociedad hizo aguas porque perdió la guerra, porque otro ejército poderoso en su convicción lo venció a costa de perder la vida de millares de sus soldados, ese ejército triunfante tenía en la cabeza que la civilidad valía más que la crueldad del exterminio selectivo.
Ingenuamente muchos creímos que había triunfado el humanismo sobre la barbarie, porque se edificó una nueva tabla de mandamientos: la declaración universal de derechos humanos de 1948; se creó la Organización de las Naciones Unidas que se encargaría de tramitar las diferencias entre los Estados y dictar la política internacional para el ejercicio de los derechos; se construyó una filosofía que nos enseñara que el salvajismo solo llevaba a la hecatombe humana y que la ética, esa cualidad que los griegos nos dejaron como herencia, debía ser el pavimento del camino a seguir de la humanidad.
Colombia no fue indiferente a esa graduación de la barbarie nazista, 7.837 ejecuciones extrajudiciales o mal llamados falsos positivos, esto es, todos los días en 21 años y 8 meses fue asesinado un o una compatriota pobre de este excluyente país, en cada día de vida de un joven que casi cumple 22 años mataron a alguien que no tenía voz. En cada enero, cada febrero, cada marzo y así sucesivamente hasta contar el diciembre de nuestras vidas durante los últimos 10 años, hemos tenido 6.3 masacres, un total de 758, cantamos nuestro cumpleaños a la par del disparo que quita una vida, se jugó futbol con la cabeza de Marino López Mena en Cacarica por orden de los paramilitares y el bloque Centauros de las AUC con los huesos y la carne de un guerrillero descuartizado en los llanos orientales, hizo uno de nuestros platos típicos: el sancocho -ese que a gusto del candidato presidencial debe ser un plato carcelario-.
La guerrilla colombiana también hizo alarde de inhumanidad y guerra sucia, llevó a miles de niños y niñas a la guerra, les colgó un fusil y les robó sus sueños infantiles, sus juegos de pelota, sus carritos de plástico y el único cuaderno de tareas que tenían en el bolso de tela raída con el que caminaban kilómetros hasta llegar a la escuela que nunca más volvió a verles, los hizo hombres en medio del dolor y les clavó en el pecho una daga de desesperanza. Secuestró a miles de mujeres y hombres, los ató de manos y pies y les obligó a caminar selvas oscuras, verdes y pantanosas.
El proceso de paz nos hizo sentir a muchos y muchas que aquellas pesadillas eran parte de un pasado innombrable, inmemorable, ese que más se acercaba a los tiempos hitlerianos, pero que podíamos superar, nos hizo creer en la propia humanidad, en volver a soñar y que los niños y niñas pudieran imaginar su futuro, sus carritos plásticos, su juego de pelota en el patio del colegio y sus caminatas por el verde montañoso que les llevara de la casa a la escuela y de la escuela a la casa sin peligro alguno.
La carrera presidencial de este momento histórico nos llevará a dos senderos distintos, divergentes y contrapuestos en valores y en el tiempo, el camino de un tigre en reversa que con pasos agigantados rompe la selva, el desierto y la roca del subsuelo para entregar nuestras riquezas a un gran señor amarillo con copete frondoso, que carece del bigote poblado y angosto de Hitler, pero idéntico en sus pretensiones, fines y formas; ese tigre de estética traqueta, que de facto cambiará la Constitución Política de 1991, pues desconoce los derechos, las instituciones, la comunidad internacional y propone las nuevas formas de esclavitud como regla en las relaciones laborales; de la mano de la extrema derecha internacional ajustará el cinturón de la economía neoliberal que ahorca a gran parte de la población para favorecer a los pocos que cuentan con todo el poder, la torta que siempre tiene el mismo gramaje se repartirá entre pocos y tirará al piso las migajas para que los perros hambrientos nos peleemos entre sí con el fin de poder medio llenar la barriga, así continuaremos siendo uno de los países más desiguales del planeta.
Un futuro distinto, la opción que encarna Cepeda -ese hombre de estética asceta, fiel al estoicismo que pregona- es el camino de la civilidad que nos legó la amarga experiencia de la guerra mundial y el conflicto armado en Colombia, el diálogo entre iguales, el respeto a los derechos, la ética como el pavimento del camino que hemos de seguir, entre otras; hay muchas cosas para corregir del legado petrista, pero iniciamos una senda de inclusión y de igualdad que no debemos abandonar, podemos tener diferencias con Iván Cepeda, pero no podemos ser indiferentes a lo que tenemos en juego como proyecto de sociedad, diría entonces el poeta, esta apuesta no es perfecta, pero se acerca a lo que muchos y muchas hemos soñado por décadas.
El voto en blanco o la abstención es una opción política respetable, pero por el futuro que hoy tenemos en juego, esta opción no es válida, más que nunca es menester recordar la afirmación de Desmond Tutu, ese obispo sudafricano que acompañó la lucha contra el apartheid: “Si eres neutral ante situaciones de injusticia, has elegido el bando del opresor”.
@adrigonco


