Para el Presidente de la República, al parecer, el devastador terremoto del pasado 10 de agosto pasó de moda. Así de simple y así de crudo.
Como si las tragedias tuvieran fecha de caducidad en la agenda de la Casa de Nariño (o de Barranquilla, no se), la destrucción de Pereira fue borrada con una desfachatez pasmosa de su memoria y, lo que es peor, de sus elocuentes discursos sobre la cacareada reconstrucción de las regiones. Hoy, la capital de Risaralda luce como un fantasma incómodo en los planes del Gobierno Nacional.
Basta con caminar por el centro de la Perla del Otún para que el alma se caiga a los pies. Múltiples sectores yacen semidestruidos, exhibiendo un paisaje dantesco, como si hubiéramos sido el blanco de un bombardeo inclemente. Y en medio de esta desolación, los pereiranos soportamos una exasperante y dolorosa lentitud en las demoliciones. Aquí se evidencia el esfuerzo y la actividad constante del Municipio, que hace lo que puede con las uñas, pero el abandono y el silencio del Gobierno Nacional no solo indignan, sino que asquean. ¿Acaso no somos colombianos cuando de recibir auxilio real y presupuesto se trata?
El mayor símbolo de esta infamia institucionalizada es, sin duda alguna, el emblemático edificio Invico. Su estructura destrozada es un grito de auxilio ignorado en Bogotá. El piso 12 quedó literalmente apachurrado, asfixiado entre los pisos 11 y 13, en una imagen que desafía la física y hiela la sangre. A simple vista se nota la inclinación antinatural de la edificación. Es una mole de concreto que permanece ahí, de pie por puro capricho del destino, amenazando ruina y erigida ante todos como el máximo monumento a la desidia estatal.
¿Qué están esperando? Si no implosionan esa trampa mortal de inmediato y por desventura la estructura llega a colapsar, la tragedia será indescriptible. No estamos hablando de un lote baldío sino del corazón de Pereira. Cientos de vidas inocentes peligran cada segundo que pasa, mientras los altos funcionarios se lavan las manos. Si esa bomba de tiempo cede, la culpa no será de la naturaleza; la sangre correrá por cuenta exclusiva de la indolencia gubernamental.
Resulta insultante ver cómo los micrófonos y las promesas se apagan cuando se trata de Risaralda. Después del terremoto aterrizaron, se tomaron la foto con cara de compungidos, prometieron el oro y el moro frente a las cámaras, y luego tomaron su vuelo de regreso para someternos a un extraño olvido. Nos dejaron solos con nuestros escombros y nuestros muertos. Nos utilizaron como vulgar escenografía para lucirse ante el mundo.
Al comienzo, mucho show, Abelardo; y poco después, mucho olvido.


