EL CIELO Y EL MAR TAMBIÉN SON DE LAS NIÑAS[1]

OpiniónCulturaEL CIELO Y EL MAR TAMBIÉN SON DE LAS NIÑAS

Si el desarrollo de un niño varón es el patrón
 con el cual medimos «lo normal», entonces las niñas
 siempre tuvimos una discapacidad, una limitación
que imposibilita o dificulta nuestro desarrollo…
Fernanda Trías

Imaginemos, por un momento, que en un país tan machista y tan violento como el nuestro la palabra niña desaparece por completo del vocabulario de la gente. Esta aparente acción lingüística trae, consigo, la tragedia, pues aquello que no se nombra jamás podrá existir, ni siquiera como el fantasma de un pasado no muy lejano.

Muchos conocemos el asunto controversial que el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) ocasionó cuando su directora, una mujer que también fue niña, propuso excluir el término niñas para integrarlo (desaparecerlo) en el concepto niñez. Este hecho, para mí, no puede pasar desapercibido por una razón determinante: invalida e invisibiliza la feminidad, esa feminidad que, a lo largo de los años y de la historia, siempre ha sido apabullada y denigrada por la testosterona que pone al hombre arriba y a la mujer abajo.

Como docente, esta situación me lleva a ciertas inquietudes éticas: entonces, ¿las niñas no pueden levantar la mano en un salón para expresar sus inconformidades? ¿Acaso están vetadas para preguntar por las estrellas o por las galaxias? ¿Quizá no tengan los argumentos suficientes para explicar por qué flotan los barcos o por qué vuelan los aviones? ¿Tal vez las respuestas que dé una niña sobre el libro leído les parezcan insuficientes o tontas a los niños y al profesor macho que lleva las riendas de la clase?

Más allá de los discursos (a veces banales) sobre la igualdad de género, están las niñas como personas que también tienen su lugar y su postura ante el mundo. La tarea esencial de la familia, los adultos, los educadores y los entes gubernativos que promueven las leyes públicas exige escuchar a las niñas, hoy más que nunca, para garantizarles la libertad de preguntar sobre todo aquello que les provoque una duda. De hecho, la responsabilidad del Estado es una sola: asegurar que su voz tenga resonancias en un país multiétnico y multicultural sin que sus derechos sean vapuleados y dejen de cumplirse como lo estipula la norma.

La Edad Media, durante la cual la mayoría de niñas-mujeres eran brujas que merecían la hoguera, fue una artimaña religiosa mediante la cual el falo, ese aparato que simboliza el golpe, la fuerza y la destrucción se impuso, a las malas, sobre el útero en el que florecían la vida y la esperanza, lo verdaderamente humano. Hoy, en pleno siglo XXI, es una vergüenza desandar el camino para caer en aquellos pozos infectos de la ignorancia.  

Si precisamos los hechos, el debate aumentó los decibeles cuando se hizo pública una directriz del ICBF por medio de la cual se prescindía de la palabra niña. La explicación posterior fue, incluso, una salida en falso que oscurecía más de lo que aclaraba. Para ellos, o mejor dicho para la niña-directora, en el término niñez caben todos: niños y niñas. Y, a partir de un análisis básico del entorno gramatical del lenguaje, eso es cierto. Sin embargo, lo que se oculta tras esta nefasta propuesta es alarmante: si lo que no se nombra no existe, ¿quién o quiénes mantendrán la protección y el enfoque de género? Echar al último rincón del olvido el sustantivo niñas traerá consigo más secuestros, violaciones y asesinatos. Las niñas, en definitiva, necesitan pertenecer a la vida y al mundo para conservar y mantener su fuerza.

Hay otra pregunta, más bien capciosa, que me inquieta: ¿qué ganancias, materiales o inmateriales, obtiene una institución que se supone protectora cuando deja de nombrar expresamente a las niñas? Ese cambio, pequeño e insignificante para muchos, tiene, en su estructura profunda, otras utilidades que, quizá, no puedan comunicarse en público. Como sociedad deberíamos examinar con pinzas aquello que el Estado decide volver implícito.

La palabra niñez, ya se enunció párrafos atrás, es legítima. A través de ella se convocan experiencias y responsabilidades comunes. No obstante, toda amplitud exige mayor atención porque, a veces sino casi siempre, en el todo se pierden las pequeñas partes que terminan en la nada. Escribo esto porque, aunque dicha categoría general (niñez) es válida, siempre hay diferencias enormes que importan mucho más al momento de proteger. Para mí, por supuesto, excluir la palabra niñas del lenguaje institucional empobrece y estrecha la mirada de una nación ciega en la que, como dice el adagio popular, el tuerto es rey.

En la Ley 1098 (2006), el Código de Infancia y Adolescencia reconoce, expresamente, a los niños, las niñas y los adolescentes. Es más: en su artículo 12, esta política pública considera obligatoria la perspectiva de género para alcanzar la equidad en la praxis. Esta ley obliga, entonces, a comprender que existen enormes diferencias que atraviesan la vida de los niños y de las niñas, lo que implica ser coherentes con esas responsabilidades que se determinan tanto por lo masculino como por lo femenino, sin inclinar la balanza hacia un género porque este sea más que el otro.

Esta cuestión sutil, pero profunda, adquiere sentido cuando en la familia la niña tiene la escoba y el niño el control de la televisión. Así mismo sucede toda vez que una niña denuncia un acoso en el que sale triunfador el niño-hombre mentiroso. De esa manera hemos sido marcados desde la genética sociocultural: a las niñas se les exige cuidar la casa mientras que a nosotros, los niños, nos permiten jugar en la calle al padre maltratador. En la adultez las cosas no cambian mucho: las niñas-mujeres vienen codificadas de una infancia que les enseñó a desconfiar, incluso, de su propia inteligencia y de sus capacidades para ejercer ciertas profesiones “absolutamente masculinas”. En este sentido, si se elimina la palabra niñas, ¿cómo intervenir este tipo de situaciones si en las categorías de análisis es imposible su distinción?

Ahora bien, seamos sensatos. Poner la palabra niñas en el papel tampoco resuelve esas injusticias y, si lo hace, el proceso es lento y negligente. El asunto es más ético que legal, pues, hasta antes de las declaraciones de la directora del ICBF, la palabra niñas se incluía en la norma, se incluía pero como una ceremonia vacía. Por eso es fundamental exigir coherencia entre el discurso y la acción. Que las niñas aparezcan en los decretos y en las comunicaciones no garantiza que se respeten sus derechos; sin embargo, elidirlas abre esa oscura posibilidad del maltrato masculino del que jamás han podido liberarse. La presencia de las mujeres en la palabra niñas adquiere valor sociopolítico cuando los hechos demuestran que pueden vivir libres y en paz, con voz y voto ante la sociedad.

Es más: ¿quién dijo que las niñas sólo deben reconocerse en el sufrimiento? Una niña tiene, como cualquier otra persona, el derecho a ser escuchada, a conversar con criterio sobre un tema particular, a exponer sus ideas y a contradecir las apreciaciones del otro que discurre en el error. Es imposible darle el valor de niña a una niña víctima de acoso, por ejemplo. ¿Por qué otorgar dicho valor después de la afrenta y no antes, cuando se sentía segura de sí misma? ¿Cuál es el temor que sentimos los hombres frente a las mujeres libres?

Si ahondamos en la situación que analizamos, el rol protagónico de las niñas (y por ende de las mujeres) no puede reducirse a un simple expediente de protección en el que abundan los vacíos legales. Tanto las niñas como los niños desean viajar, conocer, estudiar alguna carrera profesional y, de este modo, transformar la manera en que habitamos el planeta. Niñas y niños tienen el mismo potencial para construir puentes, escribir novelas, cultivar la tierra o comprender la filosofía. Una Colombia equitativa y menos machista evita borrar a las niñas del poder que confiere el lenguaje; por el contrario, debería ofrecerles las condiciones necesarias para que exploren, lejos de un destino impuesto, lo que desean ser.  

De ahí el cielo y el mar, pues esa inmensidad que está allá, afuera, también está acá, adentro de cada niña. ¡Qué triste y lamentable un país en el que las niñas adviertan un territorio ajeno donde los niños simplemente se divierten! El cielo y su infinitidu pueden ser, para la niña o el niño, una cuestión científica que los impulse a estudiar astronomía. El mar, tal vez, sea el poema que sacuda sus corazones. El cielo y el mar también son de las niñas implica comprender que ellas tienen derecho a construir una vida lejos del miedo y de la tristeza. En el fondo, tienen derecho a equivocarse, a aprender, a elegir y, lo más importante, a volver a empezar.

La familia, las instituciones públicas como las escuelas e, incluso, el mismo ICBF educan por medio de sus decisiones. Su manera de nombrar la realidad comunica, tras la tinta negra de la palabra que se estampa en la hoja en blanco, qué diferencias son relevantes y qué experiencias pueden o no reconocerse. Por tanto, una entidad encargada de proteger debe escuchar, con anticipación, los argumentos de aquellas personas que pueden convertirse en carne de cañón.

Antes de emitir aquel comunicado que desató esta discusión, el ICBF olvidó algo vital: incluir a las propias niñas en el debate para preguntarles, al menos, cómo quieren ser reconocidas, qué dificultades experimentan a diario y qué sugerencias pueden brindarles a quienes toman decisiones en su nombre. Escuchar a las niñas implica aceptar que pueden tener opiniones incómodas, preguntas complejas y, quizá, una comprensión de la vida que ni siquiera los niños ni los adultos alcanzamos a conocer.

Borrarlas del papel, aunque parezca mínimo el cambio, abre un abismo insondable en el que no se garantiza lo esencial: proteger de forma sensible las diferencias. Sólo espero que ninguna niña tenga que bajar la mano porque el mundo, o sea la machósfera, ya decidió quién puede responder mejor. En lugar de silenciarlas, y casi volverlas inexistentes desde el lenguaje, el Estado tiene la obligación ética de nombrarlas con claridad para asumir la responsabilidad de protegerlas y estar a su altura.

Pensemos por un momento en esta inquietud: si se elimina la palabra niñas, ¿cuál es el futuro que Colombia anuncia para ellas? A mi modo de ver, el término niñas debe permanecer acompañado de familias y escuelas seguras, de oportunidades sensatas, de una atención oportuna y, desde luego, de esa libertad maravillosa que todos ansiamos, porque el cielo y el mar también les pertenecen a ellas.

Por: Wilmar Ospina Mondragón

Escritor y profesor: Institución Educativa Ciudad Boquía

Universidad Tecnológica de Pereira

Universidad Católica de Pereira


[1] Este título es una de las tantas frases maravillosas que escribió Fernanda Trías en su ensayo titulado En nombre propio.

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