Muchos años después, cuando el tiempo le hubo enseñado que la memoria es una trampa de espejos y la vejez un asedio silencioso, el autor de estas páginas, maestro de los pinceles, de los dibujos cargados de crónicas mudas y de la palabra auténtica, Mario Damill, comprendió que existen vocablos capaces de decidir la suerte de un hombre antes de que la vida misma se moleste en dictarla.
Había amado a Betelgeuse con la devoción secreta y alucinada con que otros aman a las mujeres inalcanzables, sólo para descubrir, en el crepúsculo de sus días y con el cuerpo minado por presagios metabólicos, que la lengua alemana guardaba un término fatal y matemático. Concebido en el rigor de los tableros de ajedrez, pero válido para la guerra, la cocina, el amor y los lienzos inconclusos, Zugzwang es el arte involuntario de saber que cualquier paso, por sabio o meditado que pretenda ser, no servirá sino para empujarnos al abismo.
Lo que sigue no es más que la crónica lúcida de un hombre que decidió mirar de frente esa jaula de oro antes de dar la última pincelada; un testimonio que nos recuerda que en el oficio de vivir, como en la pintura o en el lenguaje, la mayor sabiduría consiste casi siempre en saber cuándo hay que quedarse quieto.
Los invito a adentrarse en este texto habitado por imágenes surrealistas y verdades cotidianas; un hecho estético y humano que no exige ser descifrado ni entendido, sino profundamente sentido.
ZUGZWANG
Por: Mario Damill*

Hay gente que se enamora de las palabras. Soy de esos. Uno de mis primeros amores hechos de letras fue Betelgeuse. La más hermosa estrella; o quizás no, pero qué nombre. Me juego a que la bautizó un astrónomo aficionado a la poesía. O quizás no, pero qué nombre. Espero visitarla cuando mi espíritu ande vagando por el cosmos, lo que me temo que sucederá más pronto que tarde. Ya tengo más de setenta y varios desajustes metabólicos que son como carteles indicadores de curva peligrosa, peligro de derrumbe u otras alertas.
Poco tiempo atrás tuve un nuevo enamoramiento a primera vista. Zugzwang. Tal vez en este caso no me atrajo la belleza, muy dudosa, de la palabra (de la lengua alemana, como seguramente el lector ha intuido), sino su elegante y penoso significado: una situación en la que cualquier movida que hagas será para peor. Se refiere originalmente al juego de ajedrez. Te toca mover a ti, amigo, y estás en ese mal trance. Mueves el alfil y estás jodido. Saltas con el caballo y adiós. Piénsalo bien, quizás te convenga ya voltear tu propio rey.
El concepto podría aplicarse también a otros juegos, naturalmente. Pero imagino que puede haber Zugzwang en la guerra, en el trabajo, en la cocina, en las relaciones de pareja. Yo la empleo en mil situaciones, aunque sé que eso es ilegítimo, porque en el ajedrez, si es tu turno, te toca mover, y te toca, no puedes escabullirte. En cambio en la pareja, por ejemplo, si estás frente a un Zugzwang, una alternativa que muchos elegirían sería la de no hacer nada. No estás obligado a mover, no hay ningún reloj midiendo el tiempo de tu reacción. No sé, tal vez tu situación pueda empeorar de todos modos, pero tienes al menos esa posibilidad de permanecer inmóvil que el ajedrez no te da, y así te liberas un poco de la responsabilidad de la desmejora. Firmas los papeles del divorcio y sufres por romper con esa mujer porque sabes que es el error de tu vida. No los firmas y ella te la hace imposible. Bueno, esto sería como no hacer nada y ya ves, empeoras de lo lindo. Zugzwang aunque ni pestañees.
Al principio pensé en esa palabra como algo muy negativo, una encerrona, una celda, una inyección paralizante. Hace poco, mirando el techo, me vino una idea muy distinta. Es concebible un estado de tu vida tan estupendo que nada que hagas podría mejorarlo. O bien, que desmejorará si haces esto o aquello. Vamos, un estado que vale la pena disfrutar, sin intentar cambiarlo. Zugzwang también, pero de los buenos.
Y como en esta segunda vida me dedico a la pintura, la extensión surgió inmediatamente, aunque también de manera forzada, porque nada te obliga a seguir adelante. Un Zugzwang en la pintura es un estado en el que ninguna pincelada más mejoraría la obra en que estás trabajando. Detente ahí, porque un toque más, cualquiera que hagas, será para peor. Dicho de otra forma: Zugzwang, tu pintura está terminada, ya déjala tranquila.
Ojalá uno se diera cuenta de que eso es lo que está sucediendo y no agreda el lienzo con pinceladas innecesarias, o incluso dañinas, pero no siempre es ese el caso. De tanto en tanto uno se carga la pintura, la arruina. Algunas veces se puede volver atrás y recuperarla, pero en otras la catástrofe es irreversible y es mejor abandonar, arrojar el rey como en el ajedrez, y prepararse para empezar otra obra.
Esta palabra de mi segunda vida evoca otra de la anterior, cuando me dedicaba a la economía: la noción de óptimo. Tenemos una idea positiva de algo óptimo, pero en el análisis económico solemos definirlo por la negativa: es una situación que no se puede mejorar, hagas lo que hagas. Cualquier acción lleva a un estado inferior. Estamos así en una jaula de oro, una variedad de Zugzwang si se me permite la licencia.
Y ahora siento que en esta parrafada he llegado a un Zugzwang. No voy a escribir una línea más porque es seguro que sólo lograría empeorar las cosas. Fin
“Esto es lo que quiero que recuerden”
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*Mario Damill nació en Buenos Aires en 1952. Estudió economía en la UBA y en la Universidad de São Paulo y se dedicó, en su vida anterior, a la investigación en Macroeconomía y a la docencia. Su interés se fue desplazando hacia el arte y, en su segunda vida, se dedica a la pintura. La escritura, sin embargo, fue una compañera de siempre. Desde hace alrededor de diez años reside en Pereira.


