La idiosincrasia pereirana es el producto de una simbiosis curiosa entre caucanos, antioqueños y extranjeros. Y la califico de «curiosa» porque los primeros y los segundos habían tenido históricamente un antagonismo brutal que dio origen a múltiples guerras. La refundación de la ciudad en 1863 coincidió con la abierta confrontación que se produjo con la derogación de la Constitución de Rionegro de 1863 que había instaurado un modelo federal y liberal por la centralista y clerical Constitución de 1886 establecida bajo el mandato de Rafael Núñez. Mientras el país vivía la «Guerra de los mil días» una horda gigantesca de antioqueños desataba una increíble invasión llamada «colonización» que trajo miles de paisas a los territorios del «viejo Caldas». Pereira, muy caucana, masónica y liberal, recibió con relativa pasividad a los «godos» católicos y se inició una fusión de razas, credos y costumbres que algunos años después se completaría con la llegada de varias colonias de extranjeros, especialmente de sirio-libaneses. He ahí, entre otras, la razón del espíritu abierto, cosmopolita y acogedor que hoy ostenta «la pereiranidad».
Para aquellas épocas nuestra plaza de Bolívar tenía anécdotas históricas de carácter nacional. Allí tuvo lugar el último fusilamiento legal e institucional en Colombia. En los primeros días de diciembre de 1888, David López, un antioqueño recién llegado de Salamina asesinó a un peón de Joaquín Noreña, un comerciante oriundo de la misma ciudad, decapitándolo en el camino que lleva a Zaragoza, Cartago. Unas lavanderas que pasaban por el lugar fueron testigos de los hechos y declararon contra López. Perfeccionada la investigación, el Tribunal de Buga condenó al autor material del crimen, a la pena capital. La ejecución se debería cumplir en la plaza de Pereira para que «sirviera de escarnio a los antioqueños» y «en efecto, el 14 de julio de 1890, a las diez de la mañana, en la acera oriental de la casa consistorial, entre el portón de la casa de la familia Hormaza (sic.) y la oficina de reclamos de la energía eléctrica se acomodó el banquillo donde sentarían a David López. Cuando bajaba las escalas de la cárcel, apoyado del brazo del padre Parra, le dijo al oído algo que nadie entendió y que el cura tampoco quiso revelar. Salió a la calle y subió los escalones del banquillo, se dirigió a los soldados que iban a ejecutarlo y les dijo: “Acérquense cuatro pasos más y no vayan a pegar en la cara. Aquí es donde me deben dar”, señalando el sitio del corazón. En ese instante, el jefe del pelotón se acercó para vendarle al reo los ojos, pero éste no lo permitió y a instancias del padre Parra se abstuvo de vendarlo. Pidió que lo esperaran un momento y dirigiéndose a la concurrencia, dijo: ¡Yo no temo la muerte, mis amigos, ni tampoco la cuenta que he de dar; sólo siento morir en un banquillo y dejar al Partido Liberal! La descarga retumbó en la plaza y fue tal la puntería que una de las balas le partió el dedo meñique de la mano derecha que tenía puesta sobre el pecho. Con la cabeza desgonzada sobre el hombro izquierdo, tal como quedó en la foto de la época, el cadáver permaneció allí varias horas. El sol de la tarde daba de lleno sobre la humanidad sin vida del ejecutado y cubierto de moscas para “escarnio de la raza antioqueña”, como fue la voluntad del Tribunal de Buga». (Sánchez, 2002, 98).
Esta anécdota es el fiel reflejo de la situación que se vivía en Pereira por aquellos años y de la rivalidad histórica entre liberales y conservadores, entre caucanos y antioqueños.


