LEONARDO, VITRUVIO Y EL EQUILIBRIO PERDIDO DE NUESTROS GOBERNANTES

OpiniónLEONARDO, VITRUVIO Y EL EQUILIBRIO PERDIDO DE NUESTROS GOBERNANTES

Por Fernando Sánchez Prada

¿Que tienen que ver Leonardo, Vitrubio, Claudio el emperador romano tartamudo, la arquitectura, los políticos colombianos y el gobierno? ¿Lo descubrimos juntos en esta columna?

Hace algunos años llegó a Bogotá una exposición itinerante dedicada a Leonardo da Vinci. No podía perdérmela. Siempre he considerado a Leonardo uno de los grandes genios de la humanidad, quizás uno de los pocos que merecen, sin exageración, el calificativo de universal. Su capacidad para observar, imaginar, investigar y crear en disciplinas tan distintas como la pintura, la anatomía y la ingeniería continúa pareciéndome fascinante. Fue uno de esos hombres extraordinarios que no se conformaron con contemplar el mundo: quisieron comprenderlo.

Recorrí aquella exposición con la admiración que despiertan quienes parecen haberse adelantado varios siglos a su tiempo. A la salida vendían reproducciones de algunas de sus obras y compré dos serigrafías: una de la célebre Mona Lisa y otra del Hombre de Vitruvio. Esta última terminó ocupando un lugar especial en mi estudio, detrás del escritorio desde donde trabajo, leo y escribo.

Allí permanece. Un hombre desnudo, con los brazos y las piernas extendidos, inscrito simultáneamente en un círculo y un cuadrado. Una imagen aparentemente sencilla que encierra una extraordinaria reflexión sobre las proporciones, la simetría y la armonía del cuerpo humano.

Pero últimamente, al contemplarla, he comenzado a encontrarle otro significado. Me pregunto qué ocurriría si pudiéramos someter a nuestros gobernantes al mismo ejercicio de proporciones que Leonardo realizó con el cuerpo humano. ¿Qué tan equilibradas resultarían sus decisiones? ¿Qué distancia encontraríamos entre sus promesas y sus realizaciones? ¿Qué proporción existiría entre el poder que administran y el bienestar que producen?

Quizás descubriríamos que buena parte de nuestros problemas no provienen solamente de malos gobiernos, sino de algo más tenaz: hemos perdido el sentido mismo de gobernar. Confundimos la conquista y la administración del poder con la verdadera razón de su existencia: producir bienestar colectivo.

Para comprender por qué aquella figura puede ayudarnos a entender semejante desproporción, debemos retroceder unos quince siglos, hasta la Roma de Marco Vitruvio Polión.

Vitruvio fue un arquitecto e ingeniero romano que, durante el siglo I antes de Cristo, escribió De architectura, un tratado que influiría profundamente en la arquitectura occidental. Sostuvo que toda construcción debía reunir tres condiciones fundamentales: firmitas, utilitas y venustas. Es decir, solidez, utilidad y belleza.

Una edificación debía ser suficientemente firme para permanecer, suficientemente útil para cumplir su propósito y suficientemente armoniosa para expresar la calidad de su concepción. Una construcción hermosa pero inútil sería un capricho; una útil pero insegura, una amenaza; y una sólida que no respondiera a las necesidades humanas, apenas una demostración de fuerza.

Vitruvio también estudió las proporciones del cuerpo humano y su relación con la geometría. Muchos siglos después, Leonardo retomó esas observaciones, las examinó y las convirtió en una representación magistral que reunió arte, ciencia y observación. Aunque las interpretaciones simbólicas posteriores han ido más allá de la intención original del dibujo, aquella figura sigue recordándonos algo esencial: las partes deben guardar una relación armónica con el conjunto.

Y aquí comienza mi reflexión política. ¿Por qué no exigirles a nuestros gobernantes lo mismo que Vitruvio exigía a las construcciones? ¿Por qué no evaluar sus decisiones a partir de su solidez, su utilidad y su capacidad para dignificar la vida humana?

La firmitas de un gobierno debería expresarse en instituciones fuertes, seguridad jurídica, continuidad de las políticas públicas y decisiones capaces de resistir el paso de las administraciones. Gobernar no puede consistir en destruir lo que hizo el antecesor para comenzar nuevamente, como si cada elección significara la refundación del Estado. La utilitas tendría que medirse por resultados. Una política pública es útil cuando resuelve un problema, mejora un servicio, amplía oportunidades o transforma favorablemente la vida de una comunidad. No basta con anunciarla, financiarla o inaugurarla. Debe funcionar.

Y la venustas, entendida aquí en una dimensión ética y social, debería reflejarse en la justicia, la transparencia, el respeto por los ciudadanos y la dignidad con la que se ejerce el poder. Porque también hay belleza en un hospital que atiende oportunamente, en una escuela que educa y en una comunidad que recibe agua potable después de décadas de espera.

Un gobierno sin solidez termina improvisando; uno sin utilidad termina estorbando; y uno sin ética termina perdiendo su legitimidad. Acaba de pasar.

La historia romana ofrece un ejemplo interesante de cómo las obras pueden trascender a quienes las ordenaron. El emperador romano Claudio, que gobernó entre los años 41 y 54 después de Cristo, fue un personaje complejo, subestimado durante buena parte de su vida. Su gobierno estuvo lejos de ser un modelo de virtudes democráticas, pero dejó realizaciones de infraestructura que permiten comprender la importancia de resolver necesidades concretas.

Durante su mandato se impulsó la construcción del Puerto de Ostia, estratégico para el abastecimiento de Roma, y se concluyeron los acueductos Aqua Claudia y Anio Novus, iniciados antes de su llegada al poder. El puerto facilitaba la llegada de mercancías y alimentos; los acueductos ampliaban el suministro de agua. Eran obras de ingeniería, pero también instrumentos de organización y bienestar colectivo.

No pretendo presentar a Claudio como discípulo de Vitruvio ni como gobernante perfecto. Me interesa otra lección: las obras públicas encuentran su verdadera justificación en las necesidades que satisfacen. La grandeza de una obra no debería medirse por el tamaño de la placa que lleva el nombre del gobernante, sino por la cantidad de necesidades humanas que consigue resolver.

Y esa lección parece haberse extraviado en buena parte de nuestra política. En Colombia hemos terminado por confundir gobernar con administrar el poder. Los gobiernos se preocupan por conservar mayorías, controlar instituciones, distribuir cargos, dominar la conversación pública y construir relatos favorables a sus dirigentes, relatos plagados de verborrea con pocas o nulas realizaciones reales para el pueblo que invocan y hasta invitan a marchar una y otra vez. Mientras tanto, los problemas estructurales siguen esperando soluciones.

Se gobierna demasiado para la siguiente elección y demasiado poco para la siguiente generación.

El gobierno de Gustavo Petro, que acaba de terminar, ilustra para mí esa desproporción. Llegó prometiendo transformaciones profundas, justicia social y una nueva relación entre el Estado y los ciudadanos. Pero considero que la confrontación, la retórica de la transformación y el protagonismo presidencial ocuparon demasiado espacio frente a la capacidad técnica, la concertación y la gestión. No es un juicio que deba sostenerse solo en la simpatía o la antipatía: toda administración merece ser evaluada por resultados verificables y por la sostenibilidad de sus decisiones.

Tampoco sería justo reservar esta crítica para Petro. Los gobiernos anteriores, de distintas orientaciones, deben someterse a la misma medida. La improvisación, el clientelismo, las promesas incumplidas y la obsesión por el poder no comenzaron hace cuatro años. Lo preocupante es haber normalizado una cultura política en la que la propaganda pretende sustituir la gestión y el enfrentamiento ocupa el lugar de las soluciones.

Un país no se construye con aplausos, tendencias en redes sociales ni discursos interminables. Se construye con instituciones confiables, inversiones responsables, servicios que funcionen y oportunidades reales. El bienestar es poder recibir atención médica, conseguir empleo digno, vivir sin miedo, educar a los hijos y confiar en que las instituciones responderán cuando se las necesite.

El gobernante no es propietario del Estado. Es administrador temporal de recursos, instituciones y responsabilidades que pertenecen a la sociedad. Por eso necesitamos recuperar las proporciones: que las promesas guarden relación con las capacidades fiscales; que las reformas respondan a diagnósticos serios; que las inversiones se justifiquen por su impacto; y que los funcionarios sean escogidos por su competencia.

También necesitamos ciudadanos menos dispuestos a aplaudir discursos y más interesados en exigir resultados. La democracia pierde calidad cuando sus electores se convierten en seguidores incondicionales y renuncian a evaluar críticamente a quienes eligieron.

Vitruvio seguramente nunca imaginó que sus principios arquitectónicos pudieran utilizarse para examinar la gestión de un presidente colombiano. Leonardo tampoco dibujó su célebre figura pensando en gobiernos, presupuestos o políticas públicas. Y Claudio difícilmente habría supuesto que sus obras servirían para ilustrar una reflexión sobre el bienestar ciudadano dos mil años después. Pero esa es una virtud de la historia: permitirnos encontrar preguntas contemporáneas en ideas formuladas hace siglos.

Mañana, cuando vuelva a sentarme frente a mi escritorio, el Hombre de Vitruvio seguirá allí, conmigo. Leonardo continuará recordándome que la armonía exige proporción; Vitruvio, que ninguna construcción perdura sin solidez, utilidad y belleza; y Claudio, que las obras de gobierno adquieren sentido cuando responden a las necesidades de la gente.

Quizás nuestros gobernantes deberían contemplar con más frecuencia aquella figura. No para aprender a dibujar cuerpos perfectos, sino para comprender que gobernar exige equilibrio entre el poder y la responsabilidad, entre las promesas y los resultados, entre los recursos públicos y el bienestar colectivo.

El problema de Colombia no es solo que sus gobernantes hayan perdido el sentido de la proporción. Es que muchos han terminado creyendo que el centro de toda la obra es ellos, cuando el centro debería ser siempre el ciudadano.

Fernando Sanchez Prada

Comunicador y Consultor

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