Las denuncias periodísticas en formato de caricatura forman parte de una larga tradición en la prensa mundial. Existen caricaturas de carácter humorístico, satírico, reflexivo y político; sin embargo, casi desde sus orígenes, siempre ha habido quienes se sienten ofendidos. Al final, parece que la crítica no encaja bien con la tolerancia y mucho menos con la autocrítica.
Para recordar un caso reciente en Francia, Cabu (Jean Cabut) fue uno de los dibujantes responsables de las caricaturas del profeta Mahoma publicados en la revista Charlie Hebdo (tanto en la reedición de 2006 de los dibujos del diario danés Jyllands-Posten como con diseños propios). Dichas publicaciones provocaron fuertes protestas y lo convirtieron, años más tarde, en una de las víctimas mortales del atentado contra la redacción en enero de 2015.
En Colombia, la sátira política no es un fenómeno moderno. Para citar un solo referente, se puede iniciar con las caricaturas de Ricardo Rendón (1894–1931), considerado el caricaturista político más influyente del país en el siglo XX. Sus trazos agudos y sintéticos sirvieron como una implacable radiografía del poder y se convirtieron en un arma de crítica social que debilitó fuertemente las estructuras de la Hegemonía Conservadora. Del mismo modo, se pueden destacar a otros maestros de la caricatura en Colombia: Héctor Osuna, Antonio Caballero, Naide, Ugo Barti, Grosso, Mico (Carlos Mario Gallego), Pepón; Jaime Garzón —quien, aunque no fuera dibujante, llevó su mordacidad social y política a la televisión—; Alfredo Garzón con sus caricaturas tituladas «Cartones de Garzón» en El Espectador; Vladdo; Consuelo Lago, creadora de “Nieves Carabalí”, entre otros. Por supuesto, no se puede dejar de lado a Matador (Julio César González Quiceno), nacido en Pereira, Risaralda, el 16 de enero de 1969.
En nuestro país, la persecución y la censura se manifiestan mediante presiones editoriales, despidos, acoso en redes sociales, amenazas de muerte, investigaciones judiciales y, en el trágico caso de Jaime Garzón, con su asesinato. Asimismo, esta presión se da a nivel institucional, como ocurrió en los años noventa cuando un fallo histórico de la propia Corte Constitucional limitó la técnica del fotomontaje satírico en revistas y periódicos.
El ataque que hoy recibe Matador por su referencia a la esposa del presidente no es más que otra expresión de censura contra la libertad de expresión. En su época, Rendón también utilizó la prensa liberal para retratar a expresidentes con formas animales.
Sin embargo, el tema central que nos convoca es la denuncia del caricaturista: evaluar la realidad de una fundación creada para recolectar dineros para la reconstrucción tras el terremoto del 20 de agosto. El coro de voces inconformes crece día a día en torno a una pregunta crucial: ¿Dónde están los recursos para atender la tragedia dejada por el sismo?
El denominado Fondo Milagro —que de milagro solo tiene su inoperancia— es un asunto delicado. Estas voces de protesta no solo provienen de la oposición política; también los gremios empresariales (que como áulicos han apoyado al gobierno de turno) comienzan timoratamente a unirse al malestar general, aunque sus voces aún no resultan muy audibles por cuenta de la «mermelada». Pese a ello, muchos se preguntan: ¿Qué pasa con la Fundación Luz y Sonrisas, creada antes del terremoto y gerenciada por Ana Lucía Pineda, esposa del presidente? Si esta fundación ya recibió más de 17 millones de dólares, ¿dónde está la información pública?, ¿quién entregó ese dinero?, ¿en qué cuentas fue depositado?, ¿cuánto se ha ejecutado? Y si son recursos destinados a los damnificados del terremoto, ¿por qué razón no se han trasladado a las cuentas oficiales del Estado para ejercer una verdadera auditoría?
La fe tiene límites y, con Biblias en la mano, no se resuelve el hambre ni el desempleo; esto requiere realidades. La verdad es que existen graves demoras para la puesta en marcha de las ayudas: la Comisión Accidental Bicameral del Congreso criticó la falta de operaciones del Fondo Milagro, a pesar de que ya se firmó el contrato de fiducia con Fiducoldex (entidad que ya recibió sus primeros $250 millones por el primer mes, aun cuando el Fondo Milagro ni siquiera ha entrado en funcionamiento). Además, en los proyectos etiquetados como de emergencia aparecen municipios que nada tienen que ver con el sismo. Hasta el momento no hay ninguna escuela reconstruida, ni vías, ni acueductos, entre otras obras necesarias.
Lo más grave es que, ni en Pereira ni a nivel nacional, existen tableros públicos donde la ciudadanía pueda verificar de primera mano y de forma actualizada la trazabilidad de todos los recursos dispuestos para este desastre natural, el cual dejó al descubierto la ineficiencia estatal. Tampoco existe un manual operativo ni de contratación, lo que genera serias preocupaciones sobre la falta de transparencia en la ejecución de los recursos. La ausencia de transferencias al patrimonio autónomo y la falta de un borrador del manual de contratación mantienen al Fondo en un estado de parálisis. Estas inconsistencias y la inactividad del gobierno han encendido las alarmas tanto en el ámbito nacional como internacional.
En la práctica, las víctimas están solas; algunas intentan recuperarse reconstruyendo sus microempresas con recursos propios. Por su parte, la solidaridad de los ciudadanos sigue vigente, aunque sin la fuerza de los primeros días.
Resulta inaceptable que ahora se pretenda acusar al caricaturista por plasmar la realidad a través de sus dibujos, denunciar y exigir transparencia sobre lo que está sucediendo. Toda denuncia que exponga esta ineficiencia del Estado y de sus fundaciones debe ser bienvenida, no condenada; de ahí la importancia de respaldar a Matador. Además, resulta descabellado argumentar que la supuesta ofendida lo sea por el hecho de ser mujer, en un país que precisamente está buscando minimizar, marginar y excluir a las mujeres de su rol activo en la sociedad. Aquí no se está ofendiendo a nadie: se está mostrando una realidad a través de la libre expresión artística. ¡Cuánta falta nos hacen Gonzalo Arango, Jaime Garzón y otros grandes pensadores críticos que, desde el arte, la palabra y la poesía, alzaban su voz de denuncia!
Harold Salazar A


