CARTAGO: EL VIENTRE DONDE SE GESTÓ EL CENTRO-OCCIDENTE COLOMBIANO

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Hay ciudades que parecen destinadas al olvido, no por falta de historia, sino por el peso de su propia descendencia. Cartago es una de ellas: una verdadera matrona territorial que dio a luz a toda una región y que, con el discurrir de los siglos, vio cómo sus vastos dominios se iban desmembrando a medida que sus hijos crecían, fundaban pueblos y trazaban nuevas fronteras. Comprender el origen del centro-occidente colombiano —ese entramado dinámico que articula el Eje Cafetero y el Norte del Valle— exige regresar la mirada a esta villa centenaria, génesis y matriz de la geografía humana y política de la región.

Desde los albores de la Conquista, el periplo de Cartago fue continental. Fundada en 1540 por el mariscal Jorge Robledo, la ciudad inicial gozaba de una jurisdicción colosal que tocaba los linderos de lo que más tarde sería el territorio antioqueño. De hecho, fue desde esa misma entraña jurídica que el propio Robledo dio vida a Santa Fe de Antioquia, hoy considerada la cuna del pueblo paisa. Con el traslado de Cartago a las orillas del río La Vieja en 1691, la villa no perdió su condición estratégica; al contrario, se afirmó como el puente natural entre el Gran Cauca y el interior del país.

A lo largo del siglo XIX, bajo la arquitectura del modelo federal de la Confederación Granadina y los Estados Unidos de Colombia, Cartago se convirtió en la capital de la Provincia del Quindío, una de las demarcaciones clave del inmenso y próspero Estado Soberano del Cauca. Aquella provincia abarcaba un mapa impactante: desde las riberas del río Chinchiná por el norte hasta la quebrada La Honda en inmediaciones de Tuluá por el sur, abarcando buena parte de lo que hoy son Caldas, Risaralda, Quindío y el Norte del Valle. En esa época, Cartago era el faro administrativo, político y judicial de una comarca viva y convulsa. Incluso en 1860, en medio de las fiebres autonómicas de las guerras civiles, el general Pedro José Carrillo llegó a proclamar en este suelo un fugaz «Estado Soberano del Quindío», testimonio del ímpetu propio que latía en esta esquina de la patria.

Sin embargo, como en la célebre alegoría de La piel de zapa de Balzac, el mapa de Cartago comenzó a encogerse. La formidable gesta de la colonización antioqueña abrió trocha en sus bosques, sembró cafetales en sus laderas y levantó cimientos sobre sus tierras tradicionales. Así nacieron urbes vigorosas como Pereira y Armenia, además de decenas de municipios que florecieron al amparo del cultivo del grano. Cada nueva fundación, cada deslinde administrativo, restaba hectáreas al viejo territorio cartagüeño.

El golpe definitivo a su hegemonía territorial llegó con el albor del siglo XX. Las reformas del general Rafael Reyes desmantelaron el régimen federalista para centralizar el poder. Entre desencuentros locales, disputas de liderazgo e imponderables políticos, Cartago perdió la oportunidad de consolidarse como cabeza departamental. Los posteriores reordenamientos de 1908 y 1910 terminaron por integrar a la ciudad dentro del recién creado departamento del Valle del Cauca, separándola administrativamente de sus tierras hijas del Eje Cafetero.

El repliegue de Cartago no fue solo geográfico, sino también de protagonismo. Muchas de sus élites y mentes brillantes migraron hacia capitales emergentes como Cali, dejando a la ciudad en un letargo marcado por la falta de visión directiva y el olvido de sus más ilustres aportes. Caso insigne es el del doctor José Francisco Pereira Martínez, verdadero republicano, jurista y estadista de talla nacional cuyos méritos apenas resuenan en la memoria colectiva de la tierra que lo vio nacer.

A pesar de las contracciones territoriales y de las vicisitudes administrativas de las últimas décadas, la huella de Cartago no se desdibuja. Geográfica, cultural e históricamente, Cartago no pertenece al suroccidente; es, de forma innegable, la cuna y el corazón del centro-occidente colombiano. Sus casi cinco siglos de existencia sostienen un legado insustituible. Reclamar y revalorizar ese «cartagüeñismo» no implica refugiarse en la simple nostalgia del pasado, sino convocar a una ciudadanía abierta e incluyente que reconozca su historia para proyectar, con dignidad y orgullo, el porvenir que aún le aguarda.

Onésimo Vasquez posada

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