En un país brutalmente dividido, el futuro no se ve muy alentador. La ínfima diferencia que llevó a Abelardo de la Espriella al triunfo electoral sumada a los rencores y odios que se sembraron durante la campaña anticipan un período difícil en materia de violencia. La patria necesita un acuerdo nacional. Es imposible darle un rumbo positivo a una nación tan resquebrajada sin llegar a un pacto sobre lo fundamental.
Abelardo no ganó por sí mismo, por su discurso elaborado, ni por sus propuestas mesiánicas. Ganó por el inmenso antipetrismo que supo fabricar el presidente actual de los colombianos con su estilo arrogante, pendenciero y cizañero contra los empresarios y los «ricos» de la patria, contra las instituciones, contra la separación de poderes. Y de acuerdo con la lógica petrista, con el triunfo de Abelardo quedó claro entonces que son más los ricos que los pobres. Una falacia.
Lo que vivimos el domingo pasado fue una confrontación agria entre petrismo y antipetrismo. Dos orillas abismalmente distanciadas ideológicamente y en la práctica de gobernar. El ganador no se debe llevar a triunfalismos. La campaña terminó y aunque Abelardo lo dijo en su discurso no lo demostró con su puesta en escena. No sentí en sus palabras al estadista que requiere Colombia, tampoco la urgente convocatoria a un acuerdo nacional. No hubo mano tendida para los derrotados, solo el ofrecimiento de garantías para el ejercicio de la oposición: «hagan sus maletas y prepárense para ejercer la oposición». Arengas, puños cerrados, himnos «futboleros», tambores y luces hacían del evento de esa noche un espectáculo circense al estilo de J.Balvin. «Hay tigre para rato», «el tigre muerde duro y puede morder más fuerte» y muchas otras frases de combate.
Colombia no es Argentina para enarbolar un discurso como el de Milei. Somos una patria ensangrentada con una terrible historia de violencia y la paz no se consigue, aunque algunos crean lo contrario, con balas. Se alcanza con justicia social, con equidad de género, de etnia y de credo. Y en estas circunstancias de polarización y de rencores ella se antoja muy esquiva. Solo mesura, tolerancia, y diálogo nos devolverán la esperanza de un mejor país. No voté por Cepeda por culpa de Petro, como lo hicimos millones de colombianos, pero eso no es una patente de corso para la guerra. No hay que confundir el afán de seguridad que tenemos muchos compatriotas con la persecución ciega del delito que nos devuelva a los «falsos positivos» y a los crímenes de Estado del pasado. Por fortuna la expresión de «destripar» a la izquierda no se asomó en el discurso, aunque ha quedado sembrada en el corazón de los colombianos. Una cosa es la campaña y otra el ejercicio del poder. Abelardo ya no es candidato, es el Presidente, con mayúscula. Por eso no me gustó su discurso.
Es claro que hay que enfrentar al narcotráfico, a los corruptos y a los bandidos, claro que hay que recuperar territorios entregados a la guerrilla, claro que hay que devolverles la seguridad a los colombianos, pero todo esto en medio de un ambiente de diálogo y concertación que desarme los espíritus. Y eso no significa tibieza, por el contrario, grandeza de corazón.
El manejo del Congreso será el primer termómetro de lo que viene, crucial para saber si tendremos otro Petro comprando votos legislativos, un Milei retando y agrediendo a la oposición o un demócrata buscando acuerdos más allá de las fronteras partidistas.
No quiero parecer un aguafiestas, pero el momento no se presta para jolgorios, ni triunfalismos. El país quiere ver en su presidente al líder que le ofrezca un camino de tranquilidad y de progreso.


