Hace algunos años, decidimos pasar unas vacaciones en Boyacá, para conocer este departamento, del cual habíamos recibido tan buenos comentarios. Salimos de Bogotá abiertos a todo, deteniéndonos en cada sitio que nos llamara la atención: paramos en la represa del Sisga, a contemplar el paisaje y conversar con un joven soldado que anhelaba la llegada del fin de semana para regresar a su hogar, pues concluía su servicio militar y estaba en el grupo de los afortunados soldados que logran regresar a sus hogares.
Nos detuvimos en el Puente de Boyacá a recordar la historia y escuchar al policía de turismo que nos sorprendió por la cantidad de buena información que nos dio sobre la historia del lugar, historia que Ricardo acogió con interés, sorprendiendo a su vez a nuestro guía con datos que conoce de nuestra historia colombiana. Paramos en un restaurante del camino a probar el cordero, plato típico de la región.
Al atardecer llegamos a Tunja, recorrimos algunas de sus calles, nos extasiamos con los altares de sus antiguas iglesias coloniales y admiramos la arquitectura de sus construcciones, sus patios interiores con esas fuentes tan españolas y antiguos balcones que se atraviesan a la vista recordando un pasado que se fue.
Una bebida aromática en un lugar acogedor para sobrellevar el frío tunjano y emprendimos el camino a Paipa. Allí visitamos la hacienda colonial El Salitre, donde pernoctó Bolívar cuando iba rumbo a la batalla libertadora. Porque Boyacá es una mezcla de arte religioso y arquitectura colonial, con marcado acento indígena y pastoril de origen muisca, llena de recuerdos libertarios que conmemoran héroes y batalla.
La Hacienda del Salitre es una joya arquitectónica de la colonia que vale la pena conocer. De allí seguimos para el monumento a los Lanceros en el Pantano de Vargas y tomamos rumbo a Duitama. Un recorrido por sus calles, visita a la iglesia que sobrecoge por su belleza arquitectónica, sus imponente columnas, arcos y formas en las que se mezclan todos los estilos, desde el gótico al barroco andino.
De Duitama seguimos ruta hacia Sogamoso. Paramos en el Museo Religioso, en los viñedos alemanes y en Nopsa, pueblo de tejedores. En Sogamoso nos esperaba el descanso en un modesto pero cómodo hotel al que nos llevó nuestro olfato de viajeros. A las 6 de la mañana nos despertó la encargada del hotel con un aromático tinto, ¡Oh sorpresa! El café de la hospitalidad. Mala hora, pues interrumpió nuestro sueño, pero con tan grato motivo que no pudimos menos que agradecer esa cálida acogida boyacense.
En Sogamoso visitamos el Museo Arqueológico donde nos invadió el más profundo respeto y admiración por la cultura Muisca, poseedora de tanto saber y arte, y donde me sentí sobrecogida frente al Templo del Sol, gigantesca obra de adoración al sol que reproduce la original, que fue quemada por los españoles y que igualmente nos permitió admirar su grandeza y formidable belleza.
Adoradores del sol, antiguos señores de estas tierras, ancestro indiscutible cuyos rasgos aún recorren los campos y calles de sus pueblos, engalanados con sus ruanas y típicos atuendos boyacenses.
De Sogamoso partimos a la laguna de Tota parando en Firatova, donde ingresamos extasiados a su iglesia, en la que el acólito nos permitió entrar, pues ya estaba cerrada y con un exceso de confianza que nos sorprendió, se marchó dejándonos solos entre tantos tesoros religiosos y artísticos, pidiéndonos que al salir dejáramos bien cerrada la portezuela lateral por la que nos permitió el ingreso.
De Firatova seguimos a Isa, población que lleva el nombre de la mujer a la que, según la leyenda, amó el cacique Sugamuxi. En Isa caminamos extasiados por sus calles, hoteles de una arquitectura salpicada de remanentes coloniales y retoques modernistas bastante recargados, pero igualmente encantadores. Comimos una trucha deliciosa en un restaurante, donde unos traviesos campesinos burlaron a la mesera huyendo del lugar sin pagar las cervezas consumidas, mientras ella se distraía unos segundos tomándonos una foto que le solicitamos.
De Isa hacia Cuitiva el camino se fue tornando difícil, la carretera pavimentada se volvió estrecha trocha polvorienta, nos topamos de frente con un inmenso camión que nos congeló el aliento, sin entender como pasaríamos por tan angosto camino ¡E inexplicablemente pasamos! no supe cómo, pero quedamos muy asustados.
El ambiente cambió, la plácida calma boyacense se fue convirtiendo en “tensa calma”, los soldados salían al camino, parando, requisando. Nos acercábamos al sur-oriente de Boyacá, cerca a zona de guerrilla, lo que inquietaba el ambiente.
Llegamos a la laguna de Tota. La belleza de sus playas, blanca arena lamida por olas de aparente mar, justificaba el largo recorrido. Allí, descalzos, sentimos en los pies el suave de la arena y el frío de las olas, mientras la mirada se perdía en un infinito de agua verdosina. Tomamos un té caliente a orillas de la laguna para sentirnos “como en casa” y regresamos a Sogamoso, donde nos esperaba el aromático café de nuestro hotel.
Pasamos otro día en Sogamoso, originalmente llamado “Sugamuxi”, nombre del último cacique, y aprovechamos para recorrer sus calles antiguas y conversar con los lugareños que nos compartieron historias y leyendas. Entre ellas, recuerdo el relato sobre una señora ya fallecida que vivió en la calle más antigua de Sogamoso, y que además de ser muy liberal era muy fornida. Tenía por costumbre agarrar a los “godos” por el cuello y sumergirlos de cabeza en la fuente principal.
Seguimos para Tópaga, el pueblo del carbón, donde los niños aprendieron a fabricar artesanías para no dejar sus precarias vidas enterradas en las minas, y donde una guía escolar nos mostró la más hermosa iglesia: admiramos el altar de los espejos y el arco de Tora, con el diablo extrañamente asomado en su parte alta.
Nos pareció increíble que en pueblos tan alejados y desconocidos perduren esas maravillas. Las iglesias son verdaderas obras de arte, cual pequeñas “Sixtinas boyacenses”. En Tópaga me deleité con el famoso postre de la región: cuajada con dulces de todos los sabores, ¡Qué delicia!
Seguimos a Monguí, considerado el pueblo más lindo de Boyacá y sin duda alguna: ¡Qué belleza! Qué majestuosa arquitectura de iglesias, monasterios, calles empedradas, balcones florecidos y un antiguo puente de cal y canto, donde seguramente en tiempos coloniales se libró más de una riña callejera entre espadachines de la época, y se compartió más de un furtivo beso en noches de amantes escondidos.
De regreso a Sogamoso paramos en Tibasosa, el pueblo de la Feijoa, donde compramos toda suerte de productos que esta rica fruta permite fabricar: dulces, bocadillos, mermeladas, tortas, sabajones.
Dormimos en Paipa y al amanecer regresamos a Tunja, donde conocimos la plazoleta del Mono de la Pila, la antigua casa del escribano Juan de Vargas con sus sorprendentes techos decorados y otros bellos lugares, antes de seguir para Sutamarchán, donde nos esperaba un suculento almuerzo de fritangas, longanizas y todos sus afines, para seguir después hacia el monasterio Ecce Homo.
El Monasterio Ecce Homo es simplemente sobrecogedor, majestuoso, hermoso, no hay palabras para describirlo. Todo lo que la religión y el arte pudieron fundir en un maravilloso espectáculo construido 400 años atrás.
Seguimos para Ráquira, el pueblo de los artesanos del barro, los “olleros”. ¡Qué montón de maravillas! Bellas artesanías decoraban las fachadas de casas y calles comerciales, y una plaza principal adornada con esculturas de barro que hacen honor a sus costumbres. Recorrimos el pueblo, caminamos por la plaza de mercado que, por ser sábado, estaba atiborrada de campesinos, lo que nos permitió comer una deliciosa carne asada en plena zona de mercado, mientras conversábamos y reíamos con los lugareños.
No alojamos en el hotel San Fermín, a la salida de pueblo. Lindo lugar rodeado de campo y flores, donde hubiéramos querido permanecer mucho tiempo disfrutando su belleza. Conocimos el monasterio de la Candelaria, con 400 años de historia y a su lado, las cuevas donde vivieron los primeros ermitaños que posteriormente habitaron el monasterio, una vez construido.
Llegamos a Villa de Leiva, esa ciudad tan española y a la vez tan boyacense, con sus calles empedradas, casas coloniales, balcones, antiguos recovecos, iglesias, monasterios, puentes y tantas cosas bellas. Encontramos un modesto hotel de profesores donde nos sentimos como peces en el agua, como en los viejos tiempos.
Recorrimos calle tras calle, contemplamos piedra tras piedra. Visitamos el criadero de avestruces, los fósiles milenarios que tuvieron su origen en antiguos mares que dicen, precedieron a estas tierras. Terminamos nuestra gira en el hotel Duruelo, donde disfrutamos sus aguas temperadas.
Partimos a Chiquinquirá, donde nos esperaba la maravilla de las maravillas: la Basílica, a donde llegan tantos promeseros a pagar con rezos los favores, como reza la famosa guabina. Sobrecogedora. Qué extraordinaria obra arquitectónica. ¿De dónde salió tanta maravilla? O yo no conozco mucho, o me sorprendo con poco, o simplemente aprendí a apreciar las pequeñas y las grandes cosas, porque quedé maravillada.
Como quedé maravillada con todo lo que conocí en Boyacá, con lo que pude conocer, pues sabemos que quedó mucho camino por andar.
Consuelo Gómez Alvira



Estimada Consuelo . Tal como lo prometiste, una magnífica columna sobre los tesoros de Boyacá o de Boyacá y algunos de sus tesoros. Es una tierra que sorprende a cada paso . No alcanza toda una extensión vacacional para regocijarse con Boyacà. Gracias por la columna y tus sensaciones transmitidas. Congratulaciones por el escrito . Y al final una amable corrección: Firavitoba.
Gracias Fernando por tu comentario! Me complace en mucho tus palabras, todo lo que se diga de Boyacá es poco, son muchos sus encantos!!! Muchas gracias por leer mi artículo, gracias por tu comentario y gracias por la corrección!! Nos veremos en el próximo viaje!!!
Una historia maravillosa que nos transporta por medio de la lectura a estos municipios del departamento y nos entusiasma a ir a conocerlos de manera presencial
Si, esa es la idea! Que se motiven a conocer y disfrutar este bello departamento! Gracias por tu comentario, Sebastián!!
Gracias Fernando por tu comentario! Me complace en mucho tus palabras, todo lo que se diga de Boyacá es poco, son muchos sus encantos!!! Muchas gracias por leer mi artículo, gracias por tu comentario y gracias por la corrección!! Nos veremos en el próximo viaje!!!
Gracias Consuelo, ya tomé nota del recorrido por Boyacá que nos espera, mucho mejor descrito e ilustrado en tu escrito que en una de aquellas guías Michelin, que me figuro que ya no existen y que gracias a ti ya no nos harían falta.
Que bueno Mario, que ojalá mi escrito sea un estímulo que te lleve a conocer estos lugares tan maravillosos! Gracias por tu comentario!
Que buen recorrido por los sitios y lugares históricos boyacenses, tan bien descritos y detallados que sin conocerlos me transportaron en un buen viaje imagino.
Mi chas gracias por el comentario. Me alegra saber que lo llevé en ese viaje imaginario!
Qué maravilla de paseo Consuelo !!! Me llevaste por sitios de Boyacá en donde nunca había estado y volvi a otros que ya conocia. Mil gracias, me encantó. Un abrazo
Gracias por tu comentario! Me encanta saber que logré mi objetivo de llevarte a Boyaca, gracias por acompañarme en este viaje!!!
Consuelo, las crónicas de viajes no solo son memoria personal, sino también la memoria de los pueblos y culturas. Una buena motivación para todos tus lectores.
Gracias por tu comentario, muy estimulante! Me encantó!!!
Considero que este relato sobre Boyacá no solo describe un viaje, sino que abre una reflexión sobre cómo los territorios guardan memoria y belleza que a veces olvidamos valorar. Cada iglesia, cada calle empedrada, cada gesto de hospitalidad revela que la riqueza de un lugar no está solo en sus paisajes, sino en la manera en que conecta pasado y presente.
Lo que transmite es que viajar no es únicamente recorrer sitios, sino dejarse tocar por las historias, las leyendas y la vida cotidiana de la gente.
A la próxima, sin duda, veré aquellos lugares con otros ojos.
Así es querida Paola, un viaje es mucho más que recorrer lugares, es meterse en la historia, la cultura, la cotidianidad, los detalles, todo lo que le da vida y sentido a cada lugar. Me encanta que lo hayas percibido así. Muchas gracias por tu comentario.