COMER TAMBIÉN ES UN ACTO POLÍTICO

OpiniónCOMER TAMBIÉN ES UN ACTO POLÍTICO

Por Oscar Iván Acosta

Las elecciones terminaron. Las campañas se apagaron, los afiches empezarán a desaparecer de las calles y los discursos irán cediendo su lugar a las decisiones. Sin embargo, en muchas casas quedó algo más difícil de desmontar que una valla publicitaria: el silencio alrededor de la mesa.

Hubo familias que evitaron reunirse para no discutir. Amigos que dejaron de invitarse a comer. Hijos que prefirieron cambiar de tema antes del almuerzo. Pareciera que las diferencias políticas encontraron en la mesa uno de sus principales escenarios.

Y tal vez eso no sea una coincidencia.

Estamos acostumbrados a pensar que la política ocurre únicamente en los congresos, en los palacios de gobierno o frente a las urnas. Sin embargo, la palabra política nació mucho antes de las campañas electorales. Tiene que ver con la manera en que vivimos juntos, con las decisiones que tomamos como comunidad y con la forma en que organizamos nuestra existencia colectiva.

Vista así, la comida siempre ha sido política.

Lo fue cuando nuestros antepasados decidieron qué plantas cultivar y cuáles domesticar. Lo fue cuando el control de la sal, del trigo o de las especias definió el poder de imperios enteros. Lo fue cuando el pan provocó revoluciones y cuando el hambre desencadenó levantamientos sociales. También lo es hoy, cuando un país decide qué alimentos importa, cuáles produce, qué impuestos cobra sobre ellos o qué tan accesible resulta una alimentación digna para sus ciudadanos.

Pero existe otra dimensión, quizá más silenciosa.

La mesa también organiza el poder.

No es casual que la palabra «compañero» provenga del latín cum panis: aquel con quien se comparte el pan. Comer juntos nunca fue únicamente satisfacer una necesidad biológica. Fue construir confianza, sellar alianzas, celebrar acuerdos y, en muchas ocasiones, resolver conflictos.

Por eso las grandes religiones tienen comidas rituales. Por eso las culturas celebran alrededor de un banquete. Por eso, incluso hoy, muchos negocios importantes siguen cerrándose alrededor de un almuerzo antes que en una sala de reuniones.

Compartir el alimento implica reconocer al otro como alguien digno de ocupar un lugar en nuestra mesa.

Quizá por eso duelen tanto las mesas vacías.

Durante las recientes elecciones, más de una familia descubrió que las diferencias ideológicas podían levantar barreras incluso entre quienes compartían el mismo pan desde hacía décadas. Resulta paradójico que el lugar pensado para reunirnos termine convirtiéndose, a veces, en el espacio donde más profundamente se evidencian nuestras fracturas.

Tal vez hemos olvidado que antes de votar juntos, los pueblos aprendieron a comer juntos.

No se trata de renunciar a las convicciones. Tampoco de fingir acuerdos donde no los hay. Una democracia necesita el desacuerdo. Lo que no puede permitirse es perder la capacidad de sentarse a conversar.

Y pocas conversaciones han sido tan humanas como las que nacen alrededor de una mesa.

Como cocinero he aprendido que ningún plato pregunta por la filiación política de quien lo prueba. El pan alimenta al conservador y al liberal; la sopa reconforta tanto al gobierno como a la oposición. El alimento posee una extraña capacidad para recordarnos aquello que la política partidista suele hacernos olvidar: antes de ser adversarios, somos seres humanos.

Quizá la reconciliación de un país no comience en el próximo debate presidencial ni en la siguiente jornada electoral.

Quizá empiece cuando volvamos a compartir la mesa con quien piensa distinto.

Porque comer nunca ha sido solamente un acto gastronómico.

Comer también es un acto político.

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