La crisis que atraviesan hoy muchas iglesias cristianas en Colombia no es un asunto menor ni un debate teológico reservado a especialistas. Es un problema público, político y democrático. Y es urgente. Porque cuando la fe —esa fuerza histórica que ha acompañado al país en sus momentos más oscuros— empieza a confundirse con la lucha por el poder, lo que está en riesgo no es solo la credibilidad de las instituciones religiosas, es la libertad de conciencia de millones de ciudadanos.
1. El poder descubrió el valor electoral de la fe… y la fe no supo poner límites
En un país donde la confianza en los partidos se desploma y la política se ha vuelto un mercado de adhesiones, algunos líderes religiosos encontraron una oportunidad para convertirse en actores de influencia. La fe, que durante décadas fue refugio y consuelo de la sociedad, se transformó en capital político.
Pero ese tránsito tiene un costo que muchos prefieren ignorar, la autoridad espiritual no resiste la contaminación del cálculo electoral.
Cuando un pastor aparece más en tarimas políticas que acompañando el dolor de su comunidad, la feligresía lo nota. Y se aleja.
2. El púlpito convertido en tarima política para ungir candidatos políticos, el síntoma más grave de la crisis
La participación política de los creyentes es legítima. Lo que no es legítimo —ni ético, ni democrático— es convertir el púlpito en un instrumento de presión electoral.
La frontera entre orientar espiritualmente y manipular políticamente es delgada, pero existe y se utilizó. Y se está cruzando.
La democracia necesita ciudadanos libres, no feligreses obedientes.
La fe necesita conciencia, no instrucciones de voto.
Cuando el voto se presenta como acto de fidelidad religiosa, la libertad de conciencia se rompe. Y con ella, la esencia misma del cristianismo.
3. El mito del “voto cristiano”, una mentira útil para la política, pero dañina para la fe
Las elecciones recientes demostraron que el llamado “voto cristiano” es una ficción. Los creyentes votan por proyectos ideológicos opuestos. La pluralidad política dentro del cristianismo colombiano es amplia, legítima y saludable.
Insistir en ese mito solo sirve para justificar la manipulación de la fe.
Y para ocultar una verdad incómoda, las iglesias no controlan políticamente a sus fieles como algunos líderes creen.
4. La política no solo usa a las iglesias, las transforma, las fractura y las desgasta
Cuando una iglesia entra al juego electoral, no solo influye en la política, la política entra en ella. Y la reconfigura. La polariza. La divide. La expone a disputas internas que nada tienen que ver con el Evangelio.
El resultado ya es evidente:
– deserción silenciosa de creyentes,
– desgaste de autoridad moral,
– tensiones administrativas,
– pérdida de credibilidad institucional.
Muchos no abandonan a Cristo; abandonan estructuras que sienten capturadas por intereses ajenos a su misión espiritual.
5. La fe sí puede influir en la vida pública, pero desde otro lugar
La fe tiene un papel que la política no puede reemplazar, el de la ética. Su aporte más valioso no es electoral, sino moral. Puede convertirse en:
– Vigilante moral del poder
– Puente de diálogo en tiempos de polarización
– Defensora de la dignidad humana
– Impulsora de agendas sociales no partidistas
Ese es el lugar donde la fe recupera su fuerza.
Ese es el lugar donde la democracia la necesita.
La crisis del cristianismo colombiano no se resolverá con comunicados, ni con llamados genéricos a la unidad, ni con nuevas campañas de imagen. Se resolverá con una decisión de fondo:
volver a la esencia o seguir en la disputa por el poder.
La fe nació para cuestionar imperios, no para servirles.
Para liberar conciencias, no para capturarlas.
Para acompañar a los vulnerables, no para negociar cuotas de poder.
Si las iglesias quieren recuperar su autoridad moral, deben renunciar a la tentación del protagonismo político.
Si quieren volver a ser voz profética, deben dejar de ser maquinaria electoral.
La fe no necesita ocupar el poder para transformar la sociedad.
La fe Necesita volver a ser FE.



Buen día Don Javier. Gran escrito.
Asi como los médicos tienen su juramento Hipocrático, la iglesia también tiene su juramento y sus guías de actuación para seguir su propio carril y no mimetizarse, confundiendo al feligrés y a ella misma.
Lógico, la iglesia es política porque debe abordar temáticas de está índole en el púlpito y en el caso de la iglesia católica, siempre se le hace campaña al mensaje de Dios a través de Jesús y sus apóstoles, mensaje consignado en la biblia y llevado en contexto y a la actualidad, porque esa es su razón de ser, pero cuando se carga a un político, cuando comienzan a realizar campaña en su espacio de convergencia con los feligreses, inmediatamente pienso lo siguiente: Ese pastor, ese sacerdote,
tiene un nuevo jefe o un nuevo amo ( ese político o partido de campaña) y si llegase a ganar, la iglesia no podrá cuestionarlo porque se debe a él .
Son este tipo de situaciones donde la fe se pone a prueba para arroparse en la palabra y desde la fe y el respeto no dejarse alinear y mucho menos comprar. Esos pastores, líderes religiosos o sacerdotes que cedan ante lo mencionado, no tienen el perfil para cumplir su mision y deberían recibir el llamado de atención de sus jefes y de todas las personas irradiadas por su mensaje para que no se corrompa y la postura de fe continúe por donde debe continuar.
Feliz día.
El dedo en la llaga!
Excelente crítica. Con una reflexión pausada y con muy buena sindéresis, Javier plantea un debate que debe ser asumido autocríticamente por las comunidades religiosas para no ceder tan estrepitosa ente ante los devaneos de la clase política.