miércoles, febrero 4, 2026

DE LA MEMORIA A LA RECONCILIACIÓN, URGENTE LLAMADO A LA PAZ

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Guardo cada recuerdo de mi infancia en Belén de Umbría, aquel pueblito que me vio nacer y que a principios de los años 60 pertenecía a Caldas y que hoy es parte de Risaralda.

Era un niño acostumbrado al canto de los pájaros y al aroma del café, hasta que la violencia irrumpió y convirtió nuestros senderos en trincheras.

Recuerdo nítidamente los nombres con que la gente bautizaba a los asesinos de la época: “bandoleros”, “pájaros”, “chusmeros”.

Eran hombres armados, apostados al costado de las veredas. Que irrumpían bajo el amparo de la oscuridad en las casas de las fincas.

Aquellas “horquetas” —dos ramas unidas en forma de Y— servían de soporte para el arma y garantizaban un tiro certero para las víctimas que esperaban en los caminos. Por eso, cuando alguien caía víctima de esa técnica, se murmuraba: “lo mataron horqueteado”.

Yo no entendía por qué un campesino tranquilo, que apenas iba camino al mercado, terminaba tendido junto a la cuneta, con el disparo atravesándole el pecho.

La violencia, supuestamente “política”, no distinguía entre liberal o conservador, entre rico o pobre, entre viejo o joven, hombre o mujer.

Lo comprobé cuando una tarde vi a más de diez personas alineadas en el suelo, les cortaron la cabeza y allí quedaron.

No se trataba de un combate militar: era un exterminio sistemático, dirigido a sembrar terror.

Desde mi casa podía oír el “tra‑ta‑ta” de los fusiles enfrentándose al ejército. Se veían columnas de humo al atardecer y el suelo temblaba con los pasos de los soldados que pasaban de largo, en busca de aquellos pájaros armados que se escabullían entre la maleza.

La vida cotidiana se transformó en alerta permanente: cada cruce de la calle, cada sombra bajo un árbol, podía ocultar un asesino.

El hospital San José se colapsaba. Camas apiladas, pasillos atestados, gritos de dolor y súplicas de auxilio que rompían el silencio de la madrugada.

Mi papá, un hombre práctico que hacía oficios varios en el hospital, se vio forzado a apoyar al médico en autopsias improvisadas.

Las orillas de los caminos se fueron llenando de cruces de madera: un homenaje póstumo de familiares y amigos, que dejaban un ramo de flores secas o una foto empapada de tinta.

Cada cruz contaba una historia de quien soñó con un futuro en el campo, con sus fincas y sus cosechas, solo para encontrar la muerte en un kilómetro de distancia.

Hoy, esos rostros y esos nombres siguen conmigo. Cada vez que escucho discursos de odio, siento el estómago encogerse y la memoria gritar: “¡Basta!”.

Porque sé que el odio crece como hierba maldita, que se enraíza en la ignorancia y florece en la impunidad.

Belén de Umbría fue un pueblo que “Aprendió a vivir en paz y se lanzó hacia el progreso” manifestó algún día un Alcalde.

Escribo estas líneas, para que nadie más tenga que vivir el miedo de un niño que ve al vecino caer sin remedio, ni el dolor de un padre aprendiendo a enterrar a sus propios hijos.

La reconciliación empieza cuando reconocemos el sufrimiento de los demás y asumimos nuestra responsabilidad.

No basta con acuerdos en salas cerradas ni con promesas de políticos.

La paz verdadera se construye en el día a día: en el saludo sincero, en el respeto a las diferencias, en el coraje de perdonar.

Debemos desmontar las horquetas del resentimiento y reemplazarlas por puentes de diálogo.

Colombia no puede permitir que la memoria se diluya. Que cada niña y cada niño conozcan estas historias, no para cultivar el rencor, sino para fortalecer la convicción de vivir sin balas.

Que cada maestro hable de nuestras heridas, no para avivarlas, sino para enseñar el valor de la paz.

Que cada comunidad rinda homenaje a sus muertos con actos de unidad, no con llanto que alimente la venganza.

Hoy, alzo mi voz de aquel niño aterrorizado para decir: ¡No más horquetas en nuestros caminos! ¡No más cruces marcando nuestra tierra!

Que la historia aquí contada ilumine el camino hacia una Colombia reconciliada, plural y solidaria.

Porque, si permitimos que el pasado se repita, perderemos todos; pero, si nos atrevemos a reconciliarnos, ganamos juntos.

Esa es la Colombia que deseo.

Esa es la Colombia que podemos construir.

 

7 COMENTARIOS

  1. Qué buena columna. Sencilla y humana. Muy fácil de entender y aceptar. Gracias. Es mejor una paz imperfecta que una guerra alimentada por los intereses personales. Para lograrlo, lo primero que debemos hacer es armar nuestros corazones de respeto por el otro, de amor propio, de bondad, por empatia, por prudencia y todos los vales que el odio va matando.

  2. Es una máxima: «recordar es vivir», en este caso no es vivir, para mí es lo más doloroso es también recordar mi niñez en Marsella, cuando mi padre fue asesinado en 1966, por lo mismo, un hombre asesinado, costo cinco contrarios bien conocidos y apreciados.
    Solo Dios con su infinita misericordia, acabará con esta guerra, es mucho más de medio siglo y no pasa nada, solo cambian los moviles.
    La paz parece una voz en el desierto, pero si, al igual que el columnista desmontemos las horqueticas…que podamos tener cada uno y vivamos en paz y amor en nuestro entorno.

  3. Felicitaciones Javier por su columna , siempre bien construida, oportuna , actual y que remite a la reflexión.
    La violencia desatada y encauzada luego del asesinato del Caudillo y llevada a cabo por Chulavitas / pájaros: Lozanos, Arangurens, Sangre negras, Micos, etc y azuzadas desde blandas poltronas de Congresos, despachos y bufetes, con propositos Non Sanctos , como, la ambición, el poder, el Statu Quo, y repetida en muchas otras ocasiones y con idénticos propósitos ( Paramilitarismo ,guerrilla actual ) no deberan perpetuarse en el País con tanta zaña e intensidad.
    La Memoria histórica deberá ser escrita y reescribe y nunca borrarse del Imaginario Colectivo ; hacerlo, será poner semillas para su repetición. El llamado a la sana convivencia , solidaridad y tolerancia, es muy oportuno y necesario ad portas de que algo similar ocurra en nuestro País. Algunos herederos de tan horrorosos sucesos , rondan por los pasillos haciendo apología qué nos remiten a esas épocas , ya que son su caldo de cultivo y su fuente para perpetuar el poder y la ignominia , allí radica la verdadera amenaza.
    Colombia debe unirse por la Paz.

  4. Buenos días. Lo más importante es cambiar el discurso que divide por el que aglutina. Y entender que la paz empieza por cada uno, el cambio es de cada uno. Es más fácil que yo cambie que hacer cambiar a otra persona.

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