DERRIBAR UN MONUMENTO NO BORRARÁ LA HISTORIA

OpiniónDERRIBAR UN MONUMENTO NO BORRARÁ LA HISTORIA

Hay decisiones que trascienden la política y terminan revelando el talante moral de quienes las toman. Pretender tumbar el Monumento a la Resistencia no es un acto de urbanismo ni de restauración del espacio público: es un intento por silenciar una página dolorosa de la historia reciente de Colombia.

Este emblemático obelisco fue levantado por la comunidad para honrar una generación de jóvenes que salió a las calles a exigir cambios por el bien de todos y que terminó siendo víctima de una excesiva e irracional represión del Estado con un altísimo costo humano.

Allí están representadas las centenares devidas perdidas, los desaparecidos, y los encarcelados y judicializados injustamente, así como las familias que aún reclaman verdad, justicia y garantías de no repetición.

El Monumento a la Resistencia es la memoria de una ciudad que se niega a ser indiferente ante la injusticia social.

Pero la memoria no cae bajo los golpes de una porra. Quienes hoy amenazan la demolición de este obelisco deberían entender que la memoria colectiva no se destruye con buldóceres, decretos ni discursos revanchistas. Si creen que derribando este monumento podrán reescribir la Historia, cometen un profundo error. Las piedras pueden caer; los recuerdos, no. La memoria de los jóvenes muertos, desaparecidos, heridos o encarcelados durante aquellos días aciagos seguirá interpelando a la sociedad y al Estado colombiano mucho después de que hayan pasado los gobiernos y las coyunturas políticas.

La Historia ha demostrado una y otra vez que ningún poder es suficientemente fuerte para demoler la verdad.

Cuando se destruye un símbolo de la memoria, lo que realmente se vulnera es el derecho de un pueblo a recordar, a su libre expresión democrática; y se impone el olvido que siempre ha sido el mejor aliado de la impunidad, una forma de evadir la responsabilidad del Estado frente a lo sucedido.

Destruir este símbolo no sería una demostración de autoridad, sino una confesión de intolerancia frente a una memoria incómoda.

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* Periodista y corrector de estilo.

WA +57 315 575 9920

www.ogil.info

3 COMENTARIOS

  1. Buen día Don Óscar. Gran escrito .

    Un monumento como el mencionado es la cara y el sello de algo que averguenza a unas partes y al mismo tiempo enorgullece y aviva el sentimiento de los presentes porque nos recuerda que existieron personas » que no se la dejaron montar » e hicieron historia a partir del giro de los hechos.

    Los monumentos deben perdurar y más el que quieren demoler, teniendo presente que la autoridad se respeta y se acata pero ante el abuso de autoridad la sociedad se tiene que hacer sentir.

    Feliz día.

  2. Respetado Columnista:
    En el lenguaje simbolico hay expresion de la ambiguedad: de lo vivido, lo luchado, lo logrado, lo aprendido.
    Es expresión de la realidad : es la cotidianidad , el habitar de personas que circula en la retina a través del tiempo.
    Bien lo expresó Wittgestein:
    » No hay bastantes palabras para nombrar la realidad»

  3. Sr. Óscar Gil: Un monumento público no representa automáticamente a toda la ciudadanía. Y una cosa es preservar la memoria histórica de un acontecimiento y otra muy diferente es convertir en símbolo colectivo una narrativa política particular sobre ese acontecimiento.

    Ese monumento no nació de un proceso artístico, urbanístico y participativo planificado por la ciudad para representar a todos sus ciudadanos; surgió en el contexto del estallido social de 2021 y expresa la visión de un sector que se apropió de ese espacio.

    La historia no se borra derribando un monumento, pero tampoco se borra imponiendo como memoria colectiva la versión de un solo sector. La memoria de una ciudad debe ser plural, no partidista.

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