miércoles, marzo 4, 2026

EL NUEVO BÁRBARO

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La crítica de José Ortega y Gasset a la universidad no es un ataque a la ciencia ni a la técnica; es una advertencia sobre su deshumanización. Cuando Ortega habla del “nuevo bárbaro”, no se refiere al ignorante tradicional, sino al especialista que, dominando una parcela minúscula del saber, desconoce el horizonte total de la cultura. Es el profesional que sabe hacer, pero no sabe situar lo que hace dentro del drama histórico y moral de su tiempo. Esa figura no es menos peligrosa por su brillantez técnica; al contrario, su eficacia multiplica el alcance de su ceguera.

La universidad moderna, seducida por la productividad, la innovación y la competitividad, ha reducido su misión a formar competencias. El lenguaje mismo lo delata: ya no se habla de formación, sino de “capacitación”; no de cultura, sino de “habilidades blandas”; no de sabiduría, sino de “indicadores de impacto”. Ortega percibe aquí una inversión fatal: cuando la universidad se convierte en fábrica de profesionales, pierde su centro. Y el centro no es la profesión, ni siquiera la investigación, sino la transmisión de cultura: ese sistema de ideas vivas que permite comprender la realidad, discernir sus tensiones y actuar con responsabilidad histórica.

La figura del ingeniero que construye una hidroeléctrica técnicamente impecable pero culturalmente devastadora es paradigmática. No se trata de oponerse al progreso, sino de interrogar su sentido. ¿Progreso para quién? ¿A costa de qué memoria, de qué comunidad, de qué dignidad? Si la universidad no ha formado en el juicio histórico y ético, ese ingeniero actuará según el criterio de la eficiencia, no de la justicia. Y la eficiencia, cuando se emancipa del pensamiento crítico, se convierte en instrumento de barbarie refinada.

La crítica orteguiana sigue siendo inquietantemente actual. Vivimos en una época de hiperespecialización digital, donde el saber se fragmenta en micro experticias y el horizonte cultural común se diluye. El resultado no es necesariamente ignorancia, sino desorientación. Se acumula información, pero se pierde sentido. La universidad, en este contexto, corre el riesgo de producir expertos que desconocen la historia, la filosofía, la ética y el arte; es decir, expertos incapaces de comprender la condición humana que sus propias decisiones afectan.

Sin embargo, la solución no consiste en añadir cursos decorativos de “humanidades” a un currículo técnico, sino en reordenar la jerarquía formativa. Ortega es claro: primero cultura, luego profesión, finalmente ciencia. La cultura no es un adorno, sino el suelo sobre el cual la ciencia adquiere dirección y la profesión, responsabilidad. Formar cultura significa ofrecer una visión articulada del mundo, un diálogo con las grandes preguntas sobre la verdad, el poder, la justicia, la muerte, el tiempo. Sin ese diálogo, el profesional se convierte en ejecutor eficiente de fines que no ha examinado.

Hay también una dimensión política en esta crítica. Una sociedad de obedientes eficientes, formados para cumplir funciones, no para cuestionar estructuras, es terreno fértil para la decadencia. No porque carezca de técnicos, sino porque carece de ciudadanos. La universidad, si renuncia a formar pensamiento crítico, contribuye involuntariamente a la erosión democrática. La obediencia inteligente puede ser más peligrosa que la ignorancia, pues ejecuta sin preguntar.

En última instancia, Ortega no pide una universidad menos científica, sino más humana. No menos rigurosa, sino más consciente de su responsabilidad cultural. La misión auténtica de la universidad es custodiar y renovar el horizonte intelectual que hace posible una vida colectiva con sentido. Si fracasa en esa tarea, seguirá produciendo profesionales exitosos, pero habrá traicionado su vocación más alta: formar personas capaces de pensar su tiempo y de conducir la historia con lucidez.

Padre Pacho

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