Hay algo inquietante en muchos territorios rurales del mundo: mientras los paisajes se conservan, la gente empieza a desaparecer. Pueblos tranquilos. Montañas intactas. Discursos ambientales cada vez más fuertes. Y al mismo tiempo, menos jóvenes viviendo allí, menos nacimientos, menos oportunidades y más personas buscando futuro en otra parte. Está pasando en Europa y otras partes del mundo y empieza a parecerse demasiado a lo que ocurre en la región cafetera.
Ahí está el caso de Santa Rosa de Cabal.
Durante buena parte de finales del siglo XIX y comienzos del XX, Santa Rosa de Cabal fue uno de los territorios agrícolas más importantes del antiguo Gran Caldas. Según relata Luis Enrique Valencia Ramírez en Historia de Santa Rosa de Cabal, durante la década de 1920 recibió incluso el apelativo de “Ciudad Modelo del Departamento Modelo”, frase atribuida al presidente Marco Fidel Suárez durante una visita a la región. Una de las ciudades que más aportaba a la economía del país producto de su alta producción de café, grandes haciendas productoras más pequeños predios productores, una fórmula que mantenía boyante la economía santarrosana. Y no era exageración.
Santa Rosa de Cabal producía riqueza. Mucha riqueza. El café convirtió al municipio en parte fundamental del motor económico del país. Había crecimiento, comercio, movimiento ferroviario y una economía agrícola poderosa para la época. No necesitaba pensar más, la fórmula funcionaba. Un municipio transformándose de villa a pueblo modelo del país. Nuevos parques, calles pavimentadas, arquitectura republicana, una gran vida. Santa Rosa de Cabal no quería y no necesitaba industria cerca, mejor en Dosquebradas, territorio santarrosano para la época. Además se temía competir por el empleo entre lo doméstico, el trabajo de la hacienda y las industrias que llegaran y demandan mucha mano de obra especialmente femenina como las confecciones o los procesos del café.
Pero mientras Santa Rosa de Cabal seguía profundamente ligada a producir café, Pereira entendió algo antes que los demás: el verdadero poder económico no empezaba a estar solamente en cultivar el grano, sino en controlar todo lo que ocurría alrededor de él: Transformarlo, moverlo, financiarlo, exportarlo.
Como explica Marco Palacios en El café en Colombia 1850-1970, las ciudades que dominaron el siglo XX cafetero no fueron necesariamente las mayores productoras rurales, sino aquellas capaces de controlar las redes comerciales, industriales y logísticas asociadas al café.
Y esa lección sigue completamente vigente.
Porque hoy seguimos hablando del campo casi siempre desde dos extremos: el romántico y el prohibicionista. Uno idealiza la vida rural. El otro reduce el territorio a restricciones. Pero pocas veces hablamos seriamente de productividad, innovación rural, agroindustria, logística, transformación alimentaria o tecnología aplicada al campo. Pocas veces hablamos de cómo lograr que vivir en el territorio vuelva a ser económicamente viable para las nuevas generaciones.
Y ahí es donde Europa empieza a parecer un espejo incómodo.
En Extremadura, una de las regiones más rurales de España y muchas otras regiones de países como Francia e Italia, antes productores agrícolas, el problema dejó hace años de ser únicamente económico. Hoy la discusión es mucho más profunda: envejecimiento poblacional, migración juvenil, baja productividad y territorios que, pese a conservar enormes riquezas naturales, no logran retener talento ni generar suficientes oportunidades.
El geógrafo español José Mora Aliseda de la Universidad de Extremadura, lleva décadas estudiando este fenómeno. Sus investigaciones muestran cómo muchos territorios rurales europeos terminaron atrapados entre dos problemas: depender excesivamente de actividades tradicionales y construir modelos de protección territorial sin suficientes alternativas económicas modernas capaces de sostener población y empleo de calidad.
El resultado es una paradoja silenciosa: regiones ambientalmente protegidas… pero socialmente debilitadas.
Porque la sostenibilidad no puede ser únicamente ambiental. También tiene que ser económica y social. Si no, deja de ser sostenible.
Y aunque aquí todavía creemos que eso le pasa “a Europa”, basta mirar con atención algunos síntomas de nuestra región para entender que el paralelo no es tan lejano.
La región cafetera conserva una enorme identidad rural. El café sigue siendo paisaje, símbolo cultural y orgullo territorial. Pero detrás de esa imagen también empieza a crecer una realidad menos visible: jóvenes que no quieren, o no pueden, quedarse en el campo, pequeños productores con márgenes cada vez más estrechos y municipios cuya economía sigue dependiendo excesivamente de actividades primarias con poca capacidad de transformación productiva.
El problema no es el café.

El problema es creer que producir materia prima sigue siendo suficiente en el siglo XXI. Porque un territorio puede conservar toda su belleza… mientras pierde lentamente su capacidad de producir futuro. Y ahí aparece la discusión que seguimos evitando: proteger el territorio no puede significar congelarlo en el tiempo.
Los paisajes no sobreviven únicamente por nostalgia. Sobreviven cuando generan oportunidades.
Eso implica agroindustria, cadenas de valor, innovación aplicada al agro, turismo inteligente, logística regional, transformación alimentaria y nuevas economías capaces de conectar el campo con mercados globales sin destruir su identidad.
Porque el verdadero desafío no es conservar el pasado. Es lograr que el territorio siga teniendo futuro. Y esa es quizás la discusión más importante que todavía no estamos teniendo en esta región.
Nada en el territorio es casualidad. Tampoco que cada vez más jóvenes empiecen a mirar hacia afuera para construir el proyecto de vida que aquí todavía no encuentran.
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Fotos Archivo histórico Foto López
* Juan David Hurtado Bedoya: Consultor e investigador en ciudades y territorios, enfocado en sostenibilidad, servicios públicos y análisis urbano.
Ingeniero Ambiental y Economista – Esp. Planificación y administración del desarrollo regional – Magister en Medio Ambiente y Desarrollo.


