miércoles, febrero 4, 2026

ENTROPÍA CULTURAL

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Martin Heidegger advertía que el mayor peligro de la tecnología no es su poder, sino su manera de revelarnos el mundo: todo termina apareciendo como recurso. No solo la naturaleza o el tiempo, sino también el alma humana.

En la era digital hemos convertido nuestra interioridad en materia prima para alimentar métricas, algoritmos y modelos de monetización. Escuchamos, creamos y compartimos no para transformarnos, sino para garantizar un retorno. El arte, sin embargo, pertenece a otra lógica: nace del riesgo, de la herida y de la pregunta abierta. Allí donde hay arte verdadero no hay garantía, porque el artista no ofrece lo que el mercado espera, sino lo que el espíritu necesita, aunque todavía no lo sepa.

Esa es la diferencia esencial entre un artista y un producto: el producto confirma hábitos, el artista los quiebra. La industria entrega lo que sabe que vas a comprar; el arte te da lo que no sabías que te faltaba. Recuperar el criterio estético y espiritual es recuperar la capacidad de juzgar la realidad; exigir que un músico sepa música no es elitismo, es un acto de respeto hacia la inteligencia humana.

Cuando el criterio se diluye, no solo cae la calidad musical: se empobrece la facultad de discernimiento y una sociedad que no sabe reconocer la belleza tampoco sabe reconocer la verdad. El declive de la música es siempre un síntoma cultural: anuncia una civilización que ha olvidado cómo hablarse a sí misma con profundidad.

Sabemos hacer ruido, pero estamos olvidando cómo cantar nuestra existencia, y lo que entra por los oídos no es inocente, porque moldea las fronteras de la imaginación: si la música es pequeña, el mundo interior también lo será. Para comprender la gravedad del momento hay que hablar de entropía cultural.

La termodinámica enseña que los sistemas aislados tienden al desorden y a la pérdida de energía; trasladado al plano simbólico, esto describe una cultura musical en estado de entropía máxima, donde todo suena igual, todo tiene la misma temperatura emocional y nada arriesga, porque el riesgo ha sido catalogado como error de sistema.

Estamos realizando un experimento a escala global sometiendo millones de cerebros a patrones previsibles durante horas, y el resultado es la incapacidad de tolerar la demora en la gratificación. Queremos el estribillo ya, la solución ya, el éxito sin ensayo. Esta impaciencia crónica es la raíz de la frustración moderna. No es casual que la música clásica o el rock progresivo educaran la paciencia, mientras el pop algorítmico entrena la ansiedad.

En la Antigua Grecia la música era una rama de las matemáticas y de la astronomía, reflejo del orden del cosmos, la llamada música de las esferas; hoy se ha degradado a música funcional, un sonido de fondo para aumentar productividad o incentivar el consumo. Hemos pasado de lo sagrado a lo utilitario, de la contemplación a la música de ascensor global, y esta profanación tiene un costo: cuando nada es sagrado, nada tiene valor intrínseco, todo se vuelve desechable, incluidos los propios músicos, ahora sustituibles por inteligencias artificiales capaces de generar miles de canciones por segundo.

La inteligencia artificial no es el origen del problema, sino su consecuencia lógica: si un algoritmo puede producir una canción exitosa es porque hemos simplificado tanto el gusto que nos hemos vuelto predecibles como máquinas.

El verdadero desafío del futuro no será si las máquinas pueden sentir, sino si los humanos seguirán siendo capaces de hacerlo. Si nos conformamos con copias de copias, habremos renunciado a nuestra singularidad.

 

Padre Pacho

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