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LUIS FERNANDO CARDONA
Director Fundador

ActualidadESE TRANCE ENTRE VIDA Y MUERTE

ESE TRANCE ENTRE VIDA Y MUERTE

 

Un gran misterio, eso es.

Cuando sorprendentemente se nos apaga la vida, la reflexión salta, toca la puerta de nuestra razón y nos sumergimos en un debate interminable. Al menos, sucedió ayer, conmigo. Es interesante.

Caminar por la vida es un ejercicio complejo, cada uno lleva un equipaje que sopesará haciendo diversas estaciones para alivianarlo, porque pueden fraccionarse músculos, tendones, articulaciones, circulación, sistema linfático, nervioso, neurológico, otros que se escapan del imaginario y hay que cobrar fuerzas para avanzar. Es la tarea que se debe cumplir para lograr llegar a la meta. Todos trabajamos en ello.

Entonces vamos adquiriendo habilidades para sortearlas, lo que hace que a menudo libremos batallas, sin acobardarnos. Son inherentes al ser humano, por eso, cede esas cargas emocionales casi que insoportables, para transformarlas en retos. Ahora bien, la fortaleza que se alcanza, no tiene límites, aunque, nunca descifremos el juego del tiempo. Él no se desnuda, es un ajedrez difícil de jugar, mueve muy bien sus fichas, nos jaquea a diario.

Esa interacción nos rutiniza buscando medios para escabullirnos y generar un ambiente confortable, al menos por instantes. Cambiamos de espacio, de los amigos que frecuentamos para sentir que, en ese otro universo, podremos hallar un poco de armonía con el mundo, sin embargo, en un suspiro se nos pierde el aliento. Incomprensible. Es lo que visualizamos diariamente.

La vía, la calle, un edificio, la naturaleza, el medio de transporte, son ámbitos por donde transitan seres y en esa arquitectura hemos visto centenares de ellos sin el brillo que portaban como un traje, ya que el viaje programado, se los arrebató sin llevarlos a su destino. Su luz se apagó, dejando a su paso una estela de tristeza. Sueños decapitados.

La vida es efímera.

Me preguntaba, ¿cómo trabajar ante la incertidumbre de estar vivos? Pocas veces, reflexionamos al respecto y vamos por la vía con cargas que pueden ser arrastradas por el cuerpo, pero, ellas involucran también el alma. Los problemas de salud, son el resultado de situaciones que se tornaron insoportables cuando le permitimos a nuestra mente depositarlas en ese almohadón llamado corazón. Lo inverosímil es tener la certeza de que, en cualquier minuto, esa llama que nos acompañó por mucho tiempo, puede destruirse sin permitirnos la libertad de regocijarnos con nosotros mismos y con quien en algún momento tuvimos un desacierto. Por ello, no hacemos pausas, la meta nos espera.

Si bien es cierto que somos viajeros, ese viaje debería ser realizado ligeros de equipaje, es decir, gozando de equilibrio físico y mental. En dicho proceso empezar a buscar razones de peso para vivir en armonía conmigo, con el otro, con la naturaleza, con el próximo, amigo y con quien no tengo afinidades.

Es sorprendente escuchar expresiones inadecuadas para referirnos a personas. Hay tanto odio en el corazón humano que se carga de lo que aniquila el alma, porque al fin y al cabo odiar sólo lacera a quien experimenta ese sentimiento; el otro, no lo percibe.

Nuestra zona de confort no abre ese espectro para comprender que la vida es simple, que logro tener salud a todo nivel cuando trabajo en mi ser, sin embargo, posponemos ese ejercicio siendo el que debería priorizarse. Pero, como todo lo cíclico, tendremos que responder ante dicha circunstancia.

Aprender a tener una mirada limpia hacia el otro, sensibilidad en la piel, en la mirada para dejar la indiferencia que nos carcome y extender la mano en señal de cobijo, son rutinas que llenan el espíritu y conservan la paz del corazón. Así, cuando la muerte toque la puerta, esta se abra sin el temor de no haber tenido comunión con el universo. Una manera de viajar tranquilos.

En un segundo respiramos; en un segundo perdemos el aliento. Estar en paz con todo, la respuesta a una meta feliz.

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