miércoles, febrero 4, 2026

FLAVIO JOSEFO

OpiniónActualidadFLAVIO JOSEFO

La figura de Flavio Josefo emerge como un cruce entre la fidelidad a la historia y la tensión con la identidad, entre el drama de la derrota y la necesidad de la memoria. Su vida y obra constituyen una paradoja viva: un sacerdote judío y líder militar que, tras caer en manos del enemigo, se convierte en cronista del imperio que destruyó su nación. Y, sin embargo, sin él, mucho de lo que hoy sabemos sobre el judaísmo del Segundo Templo y el contexto histórico del cristianismo primitivo se habría perdido en el polvo del tiempo.

Josefo es más que un historiador; es un testigo atrapado entre dos mundos: el de su pueblo, con su fe, sus tradiciones y su tragedia, y el del poder romano, que lo acoge, le da nombre y le brinda voz. Su gesto de adoptar el apellido «Flavio», nombre de la familia imperial, no es sólo un signo de supervivencia política: es el símbolo de una identidad desgarrada, de un hombre que camina por una delgada línea entre la traición y la conservación.

Desde esa ambivalencia, Josefo nos lega un testimonio que vibra con las tensiones de su tiempo. En él, resuena el clamor de una Jerusalén sitiada, la sombra del templo consumido por el fuego, el eco de las rebeliones sofocadas, pero también la mirada curiosa de Roma sobre una religión monoteísta que no se rinde, que espera, que cree en la promesa aún en el exilio.

A pesar de las dudas que despierta su fidelidad, no podemos reducir a Josefo al juicio simplista del colaboracionismo. Su obra no solo informa: interpela. Nos obliga a preguntarnos qué significa ser fiel cuando todo se ha perdido; cómo contar la verdad cuando la verdad es peligrosa; cómo dejar memoria cuando el vencedor quiere escribir la historia a su modo.

En este sentido, Flavio Josefo no fue sólo un historiador, sino un puente. Gracias a él, el mundo grecorromano pudo asomarse, aunque fuera desde sus propios esquemas, al alma judía. Y nosotros, siglos después, podemos leer entre líneas el drama de un pueblo que no desapareció, aunque su templo sí.

Su legado nos recuerda que la historia, como la vida, es compleja y llena de matices. Que hay momentos en que la lealtad se transforma, no por cobardía, sino por la urgencia de salvar la palabra, la historia, la memoria. Y que a veces, es mejor una voz entre los vencedores que el silencio de los vencidos.

Flavio Josefo, con todas sus contradicciones, nos deja esa lección: que la verdad de un tiempo nunca es pura, pero sí necesaria. Que, aunque surja desde la prisión o desde el palacio, una voz honesta, aún imperfecta, puede iluminar siglos.

Padre Pacho

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