miércoles, abril 8, 2026

HIPOCRESÍAS «MONUMENTALES»

OpiniónHIPOCRESÍAS «MONUMENTALES»

El código penal es un contrato social que establece el castigo que se le impone a quien comete un delito. Las leyes colombianas no contemplan la pena de muerte, ni la cadena perpetua y bajo esa circunstancia todo delito cometido en territorio patrio tiene una sanción que es finita o sea que concluye con el paso del tiempo. La pregunta que motiva esta columna es si una vez cumplida la sentencia, termina el castigo?, ¿es válido continuar sancionando al delincuente después de haber completado su pena? Nuestra sociedad —y quizás todas—  son absolutamente hipócritas en ese aspecto. Una cosa es lo que establece su norma penal y otra muy diferente lo que se quiere practicar. Los colombianos pretenden —en su mayoría— que aquel que fuese alguna vez delincuente o corrupto no obtenga jamás el perdón: una especie de pena de muerte o de cadena perpetua virtual. No se le debe permitir contratar ni interactuar con el estado y tampoco recibir sus beneficios, pierde sus derechos civiles e incluso los amparos legales. ¿Contempla la justicia colombiana el beneficio del perdón? En ninguna parte existe esa figura.

Si el señor Carlos Lehder pagó una condena, una de las más largas que haya pagado algún narcotraficante de nuestro país ¿regresa a la sociedad en las mismas condiciones y prerrogativas que tiene cualquier ciudadano? Es por lo menos un exabrupto o una estupidez lo que algunos miembros de la sociedad quindiana hicieron en las últimas semanas al rasgarse las vestiduras frente a la decisión de este individuo de regalarle al Quindío una extraordinaria obra de arte como lo es el «John Lennon» del escultor Rodrigo Arenas Betancourt. La calidad de una obra no se mide por el origen de los recursos que la originaron. No puede endilgársele a esta escultura ninguna condición diferente a la artística. Vicente Fernández, Luis Miguel, Julio Iglesias, Alejandro Fernández, Darío Gómez, Frank Sinatra y miles de artistas más cantaron y trabajaron para Pablo Escobar, para Rodríguez Gacha o para cualquier otro mafioso o narcotraficante. Quizás esta circunstancia ponga en duda sus valores éticos pero jamás la calidad de su arte.

Los colombianos, sin excepción, considerábamos perdida esta monumental escultura. En varias conversaciones con la viuda del escultor y con sus herederos concluimos que el John Lennon de la Posada Alemana había desaparecido y que muy probablemente había sido robado. Qué extraordinaria noticia recibimos al conocer que estaba en manos de Carlos Lehder y que él había decidido regalársela a los quindianos. Mayor sorpresa nos causó saber que algunos «fariseos» se rasgaron las vestiduras ante la decisión del gobierno local de aceptar el regalo.

Cualquier sociedad universal se sentiría orgullosa de tener una obra de arte como ésta, independientemente del origen de los recursos que financiaron su elaboración. Si Lehder ya pagó sus delitos, la sociedad debería por lo menos dejarlo en paz y desconectar la escultura de sus circunstancias. La importancia está en la obra misma, en su significado, en los valores que representa, en el reconocimiento histórico a una de las más grandes figuras de la música moderna y contemporánea. Y no menos importante es el artista mismo, Rodrigo Arenas Betancourt, el más grande escultor monumental, melodramático y espectacular de los países latinoamericanos. Su prolífica obra engalana el mundo artístico y en especial el paisaje cultural de Pereira, su segunda patria chica, la ciudad que pretende albergar un museo en su nombre que contribuya a preservar su legado para siempre. Felicitaciones al Quindío. Desde Pereira aplaudimos la recuperación de ese tesoro.

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