Llamó poderosamente la atención por estos días la opereta suscitada por la donación de la vieja estatua del John Lennon, obra del insigne maestro Rodrigo Arenas Betancourt, a la Gobernación del Quindío a cargo del ex narcotraficante, Carlos Lehder Rivas, quien al parecer en el ocaso de su vida intenta reconciliarse consigo.
Sin echarle “agua bendita” al aparente gesto de buena voluntad de quien aseguró poder liberar de forma política y económica a Colombia a punta de cocaína, a través del Movimiento Latino Nacional, organización de extrema derecha auto caratulada nazi fascista, es posible sacar algunas conclusiones poco difundidas.
¿Se trata de un sincero arrepentimiento de una de las tantas manos derechas de Pablo Escobar? A estas alturas, al menos para el vulgo, carece de importancia. Más, de cara a la elección presidencial, definiendo si el país continúa el camino del cambio social hacia la equidad, el progreso o bien, se devuelve a ser teledirigido por los dos discípulos del que habría recibido la financiación del narcotráfico para construir su meteórica carrera política.
De igual forma al dolor provocado a manos del desengaño, es comprensible el enorme malestar causado al evidenciar los hechos tal cual son, fueron y lo seguirán siendo, confirmados al verificarse las últimas investigaciones sobre los nexos de Álvaro Uribe Vélez con el crimen organizado. Caso contrario -obsecuencia mediante- tocaría admitir la posibilidad de que en una familia compuesta de bandidos de cuello blanco, haya el milagro de un verdadero santo, empeñado en coexistir entre toda la filosofía de la delincuencia, cuyo síntoma es la hipocresía.
Realidad
La historia moderna de Colombia está definida a partir de las “masacres sociales necesarias”, desde el punto de vista de donde se analicen. Para el establecimiento, imponer condiciones de rentabilidad arbitrarias teniendo en cuenta las demandas materiales reales de la inmensa mayoría.
En medio de ese panorama desolador, en el cual la politiquería se abrogaba la dependencia del pueblo, frente a la precarización laboral instalada para poder sobrevivir, era cuestión de tiempo surgieran distintas alternativas acomodándose a la realidad en respuesta a esa “monopolización” del despojo
La propia guerrilla, nacida de nobles ideales de equidad y justicia contra la opresión, terminó convertida en otro de los negocios de mayor rentabilidad del país a la hora de repartirse entre sus distintas burocracias, las migajas de la presunta guerra contra el Estado.
Mientras en los improvisados campos de batalla los ciudadanos seguían siendo rehenes -incluidas las fuerzas militares, imbuidas de sentimientos nacionalistas funcionales a lado y lado- las instituciones ya permeadas por la delincuencia sintieron la obligación de extender la sombra de sus negras alas. Así surgió el tercer actor armado: el paramilitarismo, herramienta asociada al gobierno de turno, a la postre “encargada” de hacer el “trabajo sucio” donde el poder estatal no podía ni asomarse.
En resumen, durante años, al tiempo que el desempleo vivía sobre las nubes, los partidos políticos tradicionalistas se disputaban el favor de poderosos empresarios, terratenientes e industriales, el acceso a la tierra estaba vedado, la propaganda de la derecha necesitaba culpables. Los encontró pronto, a pesar de tener acuerdos secretos para obtener ganancias mutuas: La guerrilla, aunque cometiera idénticos males que el Estado en menor proporción y de ñapa, los partidos de izquierda, dirigentes, militantes o cualquier otro, opuesto a la farsa democrática donde a lo sumo, se cambiaba el nombre del titular cada tanto a fin de mandar siempre los mismos.
De manera paradójica, ambos grupos marginales tenían orígenes en los profundos escombros de una sociedad desigual. Las guerrillas, desde una perspectiva liberadora con rasgos de izquierda revolucionaria, que se degrado hasta crimen organizado. Al contrario, el interés de los carteles se reducía a lograr el ascenso social de sus integrantes sin proponer cambios estructurales profundos, de forma pragmática, al convivir con un estamento férreo plutocrático donde alcanzar depende del dinero, del linaje, de los contactos y no, en la capacidad o el talento.
Percepción
Creados para “controlar” a las guerrillas, evitando “saquen los pies del plato”, a cambio de medio compartir las “mieles” del poder de turno, muy pronto, los futuros grupos paramilitares creyeron llegado el momento de desafiarlo.
Las guerrillas hacía tiempo habían “puesto a hibernar” los ideales marxista – leninistas. Seducidas por la vocación delincuencial, se fueron convirtiendo en otro instrumento de oprobio contra los ciudadanos, además del Estado. La financian hasta hoy los secuestros extorsivos, la venta de armas o drogas, en principio a través de una alianza que no prosperaría con los carteles.
A partir de ese momento, convencidos de la imposibilidad de consolidar acuerdos con una insurgencia volátil en materia de faltas de compromiso serio, estrategias e ideologías, el narcotráfico pasaría a operar bajo el ala del Estado. Tras algunos años sirviendo como “guardaespaldas”, asesinando candidatos presidenciales, financiando campañas políticas mediante “dineros calientes”, el enriquecimiento desenfrenado, la ambición desmedida, los llevó a disputarles los espacios comunes a la clase dirigente, lo cual causaría su liquidación. Unos, dados de baja. Otros, extraditados, como Carlos Lehder Rivas, puesto en libertad después de décadas viendo apenas la luz del sol para pagar la inmensa deuda con la justicia.
Sin embargo, una sociedad colombiana acostumbrada a sobrevivir del favor de los poderosos sin distinción entre presidentes o políticos corruptos y criminales comunes, asumió los sucesivos baños de sangre como “daños colaterales inevitables” ante el flujo de dinero que la economía era incapaz de generar hacia la gente.
En el afán individualista de reacomodarse sin acabar los problemas de raíz afectando a la mayoría, muchos colombianos vieron con buenos ojos el accionar del narcotráfico frente al abandono deliberado de la clase política, al multiplicarse algunas oportunidades de ganar dinero “trabajando” o a veces, cristalizando ciertos favores más rápido que la promesa del politiquero mentiroso del municipio.
Con el paso de los años, esa “bonanza pasajera” -un verdadero tumor maligno sin extirpar, fundido hasta la médula de la cultura e idiosincrasia- se convirtió en “nostalgia por aquellos tiempos mejores”, al punto de volverse un grave estigma social de consecuencias devastadoras.
Restructuración
Luego de la caída de los principales capos, el negocio de la droga se reformuló dejando nuevas enseñanzas: “La idea no es operar creyendo ser más fuerte que el Estado, compitiendo de frente o quitándole, sino robar con el Estado por intermedio del Estado”.
Los fallidos acuerdos de San Vicente del Caguán -un intento desesperado del gobierno de recuperar el orden social y por qué no admitirlo, de relanzar otro “paquete de negocios” capaz de poner límites precisos a los excesos de la insurgencia- dieron como resultado una fruta inesperada.
Estados Unidos, el mayor consumidor de narcóticos del mundo, no deseaba la paz de Colombia, sino promover a un hombre fuerte, incuestionable, al frente de un gobierno distinto al cual las mayorías estén dispuestas a sacrificarle su libertad o bienestar, así sea a cambio de una falsa sensación de seguridad inexistente. Alguien dispuesto a terminar de abrirle las puertas del país para saquearlo, por supuesto con fuertes nexos y compromisos con el narcotráfico, presunta víctima – testigo del magnicidio del propio padre en sospechosas circunstancias, dueño de un carisma indiscutible ante las necesidades de entonces: Álvaro Uribe Vélez.
El bombardeo ordenado por el presidente Andrés Pastrana a la zona de despeje acordada, fue como el cañonazo del crucero “Aurora” para anunciar la llegada de la Revolución Rusa, pero a la inversa. La suerte quedó echada. Focalizado el enemigo interno con el que no se podía negociar de ninguna manera, debía ser destruido sin piedad ni contemplaciones, cuando en realidad se estaban construyendo los cimientos de una guerra perpetua para el dolor de muchos y el beneficio de unos pocos.
Narcoestado
Mientras la izquierda se quedaba en la retórica a más de diez años de la caída del Muro de Berlín, bajo el sofisma de ser la representación política de la guerrilla, la extrema derecha se organizaba con la rapidez del músculo económico inagotable, la experiencia consumada o la unidad indivisible constituida por el dinero.
Electo con abrumadora mayoría, Álvaro Uribe Vélez reorganizó el aparato represor del estado en un modelo político de talante conservador, pero con una dinámica cercana a la de las dictaduras fascistas conviviendo en el caso colombiano, dentro una pseudo democracia restringida al margen de la Constitución del 1991 y del Estado de Derecho “recién inaugurado”.
Aplicando una economía neoliberal de mercado agresiva, sorprendiendo a la ciudadanía de a pie, la violencia estatal debería ser redireccionada a la consolidación de un modelo autoritario, donde la utilización de los remanentes de las estructuras de los viejos carteles eran una pieza fundamental que no podía desecharse por nada del mundo.
Sería largo e innecesario citar el desastre perpetrado durante los largos años de plomo del uribismo, donde el control social a modo de propaganda, la obsecuencia, la desinformación, el arte y la cultura reducidas a narconovelas, intentaron con relativo éxito convencer a la sociedad de ser la verdadera artífice de su desgracia. Tanto, que luego de dos períodos Uribe siguió imponiendo presidentes durante no menos de veinte años, muy a pesar de la ruina social, política, económica, junto con el incremento de la violencia donde los largos brazos del Estado manejaron a sus expensas la policía, el ejército, la guerrilla y el paramilitarismo, en función de los mismos intereses. De allí también el odio visceral hacia la figura del presidente, Gustavo Petro, porque como dice la popular canción cubana, “mandó a parar”, quitándole de alguna manera a los sectores tradicionales “la gallina de los huevos”, al poner el Estado al servicio del pueblo en vez de usarlo para seguir manteniendo riquillos.
Arribismo e hipocresía
Con todo lo narrado, el peor daño de la extrema derecha al pueblo colombiano fue la tergiversación de la realidad, fácilmente comprobable a partir ya no de la mentira, sino de los hechos comprobables, sumado el caldo de cultivo de la decadencia ético – moral de las sociedades degradadas cuando la necesidad material omite principios y valores.
Producto de esa falencia acentuada en Colombia pero que no es ajena al mundo entero, se formulan criterios tan contradictorios. El deseo aspiracional irresistible de ascender socialmente sin importar la forma, el egoísmo, la insolidaridad, la negación, el desprecio hacia cualquier forma de solución colectivas para superar los problemas espirituales o materiales de cada uno, constituye la raíz de un mal endémico.
Puede ser cierto cuando dicen que la estatua donada es un adefesio carente de cualquier visión artística. Pero indudablemente, no deja de ser parte de una visión de sociedad que ni siquiera una vanguardista como la mujer del homenajeado -Yoko Ono, todavía vivita y coleando- pudo haber imaginado.
En ella, John Lennon se ajusta a la perfección a los gustos de Lehder Rivas, los cuales sin copiar el modelo exacto de la singular personalidad colombiana, en ciertos aspectos se le acerca bastante. El malogrado músico aparece como vino al mundo, intentando reflejar la pureza del arte con el mero hecho, apenas ataviado con su guitarra Rickenbacker 325 modelo 1958 y el infaltable casco militar alemán -afín a las ideas del ex narcotraficante- en contraste a la palabra “paz”, imposible de lograr abrazando postulados de odio.
Dejando de lado las inexactitudes -Lennon nació durante 1940, mientras Londres era bombardeada por los alemanes, su segundo nombre era Winston por el primer ministro Churchill y en su vida, salvo contados episodios de machismo o autoritarismo, distó del ideal hitleriano del hombre alemán- se rescatan elementos comunes: El pueblo colombiano es quizás de los más musicales del planeta. No tanto del rock, aunque si de otros ritmos y estilos innumerables, donde se auto percibe, se siente libre, dando a entender sin hacerlas evidentes tanto las alegrías como las tristezas derivadas de la cotidianidad. Tal vez el casco podría reflejar la obligación de someterse a un patrón no siempre democrático, ni dueño de soluciones milagrosas, mucho menos justas. Sí, de una autoridad fuerte, de hecho, casi cualitativa según su punto de vista, aunque ese liderazgo esta rubricado a machete y a balazos, importándole poco la procedencia legítima, mientras como la luz de la esperanza en medio de la oscuridad creada por el sistema que lo ratifica. Volviendo al sustantivo paz, aparece en forma de sueño lejano irrealizable, a excepción de la posibilidad de lograrla con suerte dispar, relativa, a partir del pesar de terceros como prenda de garantía de la propia, en lugar de generar las condiciones mínimas para hacerla posible.
Pero semejantes contradicciones existenciales, aunque la entrega del dueño original pretenda dar por sentado el desentendimiento de su con el hampa, incluso en tiempos donde la figura tradicional de los viejos capos estaría fuera de contexto al encontrarse ligado a distintos referentes políticos y los nombres se fundan con el del Estado.
No conforme con ello, una buena parte de la opinión pública, la misma haciendo propias las noticias formuladas desde medios de comunicación de dudosa credibilidad, la entusiasta seguidora de las narconovelas recreando “aquellos viejos buenos tiempos” en los cuales la gente moría como pájaros aunque hubiera mayor circulante, eleva el grito a los cielos.
Quindío
Lo más gracioso es que dicha indignación desmesurada, se focaliza en territorios como el departamento del Quindío, el cual sería el paraíso terrenal de haber tenido mares circundantes y de no contar históricamente con una alta presencia paramilitar.
Para interpretar el proceder de los descendientes de “la casta del abuelo que sembró su corazón”, del resto de las familiar conservadoras ocupando el lugar de las liberales, desalojadas durante el período de “La Violencia” (1948 – 1957), capaz de repudiar la visita de alias “Timochenko” aunque haciendo la vista gorda ante acontecimientos de mayor perjuicio, es menester desembarcar en hechos recientes.
Mientras los otrora encargados de realizar la revolución socialista en Colombia las se limitaron a hacer “pescas milagrosas” a la entrada o salida de municipios como Calarcá, la respuesta del gobierno paramilitar fue precisa y contundente. Creo un batallón de alta montaña para enfrentar al frente de las extintas FARC a cargo de los operativos.
Al igual que en otras partes del país, esa utilización efectiva de las fuerzas armadas superiores aliadas a elementos marginales, provocó que a Uribe le prendieran poco menos que velas. ¿El resultado? Aunque se logró el objetivo de limitar la capacidad operacional de las insurgencias, de asestarle fuertes golpes, nunca fueron eliminadas: Nomás se quedaron con buena parte de sus negocios ilícitos. Después de todo, siempre hay dejar algo de competencia. Es decir, se rehusaron a reconocer el incremento desmesurado de efectivos, de la actividad paramilitar. ¡Por el contrario, a Rodrigo Londoño lo vieron “paseando” en Armenia! Además; ¿quién iba a cuestionar a Uribe, encargado de “recuperar” la seguridad, con lo “bien” que le iba a los colombianos, a riesgo de ser considerado “guerrillero” vestido de civil?
Reflexión
A la hora de la verdad, de manera consciente e inconsciente, la donación de Lehder Rivas constituya una de las mejores posibilidades de reconstruir la memoria colectiva desde la imparcialidad, apartando fríamente la hipocresía, la doble moral, las medias tintas con las cuales se pretendió borrar gran parte del pasado mediante la evocación selectiva, consumando el peor de los encubrimientos.
Ojalá en ese sentido la vieja Posada Alemana, sobre cuya pista de baile alguna vez hubo una cruz esvástica, se reabra no como un espacio propicio a la ilegalidad, sino en calidad del más idóneo de los sitios para hacer concluir las diferentes corrientes de la vedad y puedan confluir en una sola: La única y absoluta.
La solución no era la guerrilla derivada en crimen organizado. Tampoco el uribismo, los carteles ni el paramilitarismo, porque hicieron crecer esa misma violencia a un punto por muy poco carente de retorno. En cualquier caso, fue todo lo que jamás debió ocurrir en la tierra colombiana y en la actual coyuntura política, pareciera mucho más fácil agachar la cabeza en nombre del Estado para contarle a las nuevas generaciones tal cual sucedieron los hechos, sin dejar de lado nombres ni apellidos.
Carlos Alberto Ricchetti



Ante todo, gracias al querido amigo Luis Fernando por haberse interesado en publicar mi artículo.