El corregimiento de Caimalito, en los límites entre Pereira y La Virginia, volvió a ser escenario de una tragedia que desnuda la crudeza de la ignorancia en sectores vulnerables. Una mujer de 36 años fue capturada tras someter a su hija de apenas 4 años a un castigo atroz: obligarla a poner las manos sobre una estufa encendida, provocándole quemaduras de primer grado. El motivo, tan absurdo como doloroso: la niña habría tomado un billete.
El hecho, ocurrido el 31 de diciembre, no es solo un episodio de violencia intrafamiliar. Es la radiografía de una sociedad fracturada, donde la pobreza, la falta de educación y la ausencia de acompañamiento estatal incuban prácticas que convierten el hogar en un espacio de tortura y el castigo en una pedagogía de fuego.
El coronel Óscar Ochoa, comandante de la Policía Metropolitana, confirmó que la mujer deberá responder ante la justicia por violencia intrafamiliar. Mientras tanto, la menor fue puesta bajo protección del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, que asumirá el acompañamiento psicosocial y el restablecimiento de sus derechos.
Pero más allá de la acción judicial, este caso obliga a mirar de frente una verdad incómoda: la violencia no surge de la nada, se alimenta de la ignorancia y de la exclusión. Allí donde el Estado llega tarde, donde la educación se reduce a sobrevivir y donde la desesperanza se hereda, los niños terminan pagando el precio más alto.
La noticia no debería leerse solo como un parte policial. Es un llamado urgente a la conciencia colectiva: mientras la sociedad tolere que la ignorancia se convierta en método de crianza, seguiremos viendo cómo la vulnerabilidad se traduce en tragedia y cómo la infancia se consume entre el fuego y el abandono.


