El terror es el medio supremo para paralizar el deseo de resistencia y anular la capacidad de planear respuestas estratégicas. Su poder no reside en la violencia constante, sino en actos esporádicos que siembran una amenaza persistente, incubando un miedo que se extiende por toda la esfera pública. La incertidumbre —no saber cuándo, dónde ni cómo se repetirá el horror— convierte al agresor en un fantasma omnipresente, capaz de accionar desde la sombra y provocar caos, desesperación y parálisis colectiva.
Esta guerra de nervios se propaga silenciosamente, amplificada por los medios de comunicación que, en su deber de informar, terminan reproduciendo el virus del horror. Así, el terror se vuelve perversamente atractivo, imitable, y seductor para nuevas generaciones que lo perciben como un medio eficaz para alcanzar sus fines.

Una historia ejemplar: Isfahán, siglo XI
La anatomía del pánico puede trazarse a través de un episodio histórico. En Isfahán, hacia finales del siglo XI, Nizam al-Mulk, visir del sultán Malik, detectó una amenaza creciente: los Ismaelíes Nizarios, liderados por el carismático Hasán-i-Sabah. Esta secta, que combinaba misticismo con el Corán, operaba en absoluto secreto, reclutando conversos descontentos con el control imperial. Su influencia crecía, infiltrándose en castillos clave del norte de Persia.
Nizam, aunque benévolo, comprendía el peligro. En 1092 convenció al sultán de lanzar una ofensiva militar. Pero los castillos estaban bien defendidos y rodeados de simpatizantes. El sultán tuvo que retirarse. Meses después, un monje sufí se acercó a la litera del visir y lo asesinó con una daga. Era un ismaelí disfrazado. Confesó que Hasán-i-Sabah le había encomendado la misión. El imperio cayó en caos.
Para 1105, se intentó una nueva campaña. Pero los ataques continuaron: miembros clave del gobierno fueron asesinados por infiltrados que emergían de la multitud, golpeaban y desaparecían. La lealtad, el sigilo y la capacidad de mimetizarse con la ciudadanía hacían imposible anticipar los ataques. A veces pasaban meses sin incidentes; otras veces, ocurrían dos por semana. El patrón era impredecible. El terror dominaba el pensamiento colectivo.
Las operaciones militares fracasaban. Los conversos eran identificados solo después de los atentados. Testigos decían que los atacantes parecían drogados, poseídos por una convicción feroz. En 1120, el sultán Sanjar se vio obligado a negociar. La inteligencia había fallado. El pánico colectivo era insostenible.
El poder del miedo
Esta historia revela cómo, cuando la imaginación pública se desborda, los asesinos adquieren proporciones míticas. Un puñado de fanáticos puede tomar como rehén a un imperio entero. Un proverbio árabe lo resume: “La victoria no se obtiene por el número de muertos, sino por el número de alarmados”. El terror se alimenta de la incertidumbre, de la certeza de que algo ocurrirá, sin saber cuándo ni cómo.
La guerra se vuelve asimétrica: unos pocos enfrentan a un poder inmenso, acorralándolo en la desesperación. Los terroristas no tienen nada que perder y mucho que ganar. Su ventaja radica en la capacidad de camuflarse, medir la respuesta de las autoridades, y golpear con precisión quirúrgica.

Las grietas del terror
Pero el terrorismo también tiene límites. Su principal debilidad es la falta de vínculos sólidos entre sus miembros. Aislados, desconectados de la realidad, tienden a sobrestimar su poder y cometer excesos. Su distanciamiento con la sociedad dificulta mantener el equilibrio y justificar políticamente sus actos. Esta desconexión puede ser explotada como contraestrategia.
No obstante, los daños psicológicos y económicos son inmensos. Las sociedades deben invertir grandes sumas para enfrentar esta amenaza, mientras los mercados se tambalean y la economía se ralentiza. El impacto es desproporcionado frente a la inversión mínima del agresor.
Este texto no pretende ser un producto acabado. Es una invitación a la reflexión, al debate y a la construcción colectiva. En El Opinadero, cada lector es también autor. ¿Qué otras aristas del terror deberíamos explorar juntos? Coméntanos, estamos prestos a leerte.



Hola Isdaen: muy agradable su escrito, las guerrillas fe todo el mundo han usado el terrorismo por su capacidad de intimidar y paralizar a la sociedad, los grupos terroristas casi siempre están muy compartimentados, de manera que es dificil combatirlos y casos como los atentados de Pablo Escobar demuestran el poder del terrorismo para arrodillar a una sociedad. No olvidemos que incluso partidos políticos usan el miedo, como mecanismo electoral, Uribe y el centro democrático, con amenazas asustan a los colombianos para que salgan a votar asustados por el futuro siniestro que los mensajes de estos personajes au
guran. Cuando el referendo sobre la paz fe Santos, el centro democrático celebró que los colombianos habían votado emberracados y ganó el No. Asustaban diciendo que de ganar Petro seríamos otra Venezuela, y ahora dia y noche » lloran» los atentados a la fuerza publica, pero calan los exitos de los operativos militares contra esos delincuentes, y quieren borrar que el gobierno Duque, en el Plateado, Cauca, no se hacian operativos contra esos grupos, y habia milite atra en connivencia con lis narcos de allá. Otra vez quieren montarnos la pelicula fel terrorismo narco , para engañar a la gente y que asustada vote por líderes que no solo no combaten a lus narcos, sino que por lis comentarios se asocian con algunos de ellos. El terrorismo usado como propaganda electoral le ha dado resultados al uribismo y lo seguirán usando .il saludos y bendiciones.
Muchas gracias Danilo.
La vieja estrategia que hasta el momento no falla tanto para los informados como los desinformados. El terror genera sesgo y el sesgo acomodo a lo más fácil.
Muchas gracias Danilo y un feliz día le deseo.