miércoles, febrero 4, 2026

LA BIOLOGÍA DETRÁS DEL FLECHAZO

OpiniónActualidadLA BIOLOGÍA DETRÁS DEL FLECHAZO

 

Aunque culturalmente se insiste en que la elección de pareja se basa en lo visible y lo audible, el rostro, la postura, el tono de voz, la manera de hablar, la biología humana opera en un nivel muy distinto, uno que pertenece a capas evolutivas tan antiguas que la consciencia apenas las roza.

El olfato, un sentido que a menudo subestimamos por nuestra vida moderna, es en realidad un sistema de análisis molecular finísimo, diseñado por millones de años de evolución para decodificar compatibilidades que la vista y el oído ni siquiera logran insinuar. En el caso de la mujer, este sentido adquiere una relevancia particular no por un capricho biológico, sino porque la continuidad de la especie exigió que el cuerpo femenino desarrollara una capacidad casi intuitiva para evaluar la calidad genética, el estado de salud y la estabilidad biológica del potencial compañero.

El olor corporal, esa mezcla complejísima de feromonas, metabolitos, microorganismos cutáneos y señales hormonales, se convierte así en un mensaje que no se puede simular por completo, ni ocultar, ni fingir: es como una firma molecular que delata quién es cada individuo en un nivel profundamente biológico.

Cuando un olor resulta atractivo para una mujer, lo que está ocurriendo no es simplemente una preferencia estética, sino un alineamiento entre dos sistemas inmunológicos que podrían generar descendencia más resistente; un reconocimiento inconsciente de compatibilidad genética basada en el complejo mayor de histocompatibilidad; una lectura precisa de hormonas que revelan fortaleza, equilibrio, estrés o vulnerabilidad; incluso una evaluación energética del microbioma cutáneo, que es tan único como una huella dactilar.

Así, mientras la vista captura lo superficial y el oído recoge lo comunicado, el olfato revela lo verdadero, lo que no puede maquillarse ni construirse con palabras. Este mecanismo explica por qué la atracción a veces desafía la lógica social: porque la razón evalúa imágenes, pero el cuerpo evalúa moléculas. Y cuando dos cuerpos se reconocen químicamente, la explicación consciente pierde fuerza.

De ahí surge la frase popular “¿qué fue lo que le vio a ese hombre?”, como si la elección estuviera guiada únicamente por lo visible. Pero quizás lo que la atrajo no fue lo que vio, sino lo que su biología percibió de forma silenciosa y ancestral: un olor que activó memorias evolutivas guardadas en lo más profundo del sistema nervioso, un aroma que no describe belleza sino compatibilidad, salud, equilibrio y una posibilidad de continuidad genética óptima.

En realidad, la atracción humana ocurre en capas que no controlamos, capas donde el lenguaje son moléculas en movimiento. Y aunque la cultura moderna intenta racionalizarlo todo, la verdad es que la compatibilidad profunda, esa que sostiene el deseo incluso cuando la mente duda, sigue guiándose por ese juez primitivo y exquisitamente preciso que es el olfato. La vista enamora, la razón convence, pero el olor decide.

 

Padre Pacho

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Vea nuestros otros contenidos