Pereira es un polo gigantesco de atracción para los estratos cinco y seis pues miles de colombianos de otras latitudes han decidido venir a vivir entre nosotros gracias al clima, al don de gentes, a la amabilidad y a la simpatía que expresamos siempre a los foráneos. «Aquí no hay forasteros, todos somos pereiranos». A pesar de la crisis de la industria de la construcción, originada y aupada por un gobierno nacional indiferente y desinteresado en el tema, las cifras de crecimiento en la ciudad no son pobres. Aunque la construcción de vivienda de interés social —VIS— ha caído estrepitosamente las licencias para viviendas de alto costo mantienen su auge gracias a la presencia nueva de bogotanos, caleños, paisas y pereiranos pródigos que han decidido regresar a casa.
Comparto plenamente la opinión que me expresó uno de los curadores urbanos de Pereira y con el cual tuve la oportunidad de dialogar hace algunos días. La expansión de la ciudad hacia el occidente es absolutamente desordenada, sin una planeación adecuada y muy seguramente el origen de los grandes dolores de cabeza que tendrán las generaciones venideras. Un caos que se desprende de la incapacidad administrativa de los alcaldes y de nuestros dirigentes que han permitido la supremacía de los intereses económicos privados sobre el interés general.
Son tres los argumentos principales de esta anarquía. En primer lugar, el desarrollo vial: la gigantesca presión urbanística sobre el sector de Cerritos no se compadece con el crecimiento de las vías. Cuando los proyectos en esta zona están en su cúspide de crecimiento ya estamos padeciendo las consecuencias: aterradores trancones en la doble calzada que conduce de la Villa Olímpica a Castilla, una creciente congestión de la vía Cerritos-La Virginia, la ausencia de otra alternativa vial para emprender camino al occidente, la carencia de nuevas vías secundarias y terciarias en las áreas de expansión, la demora en la construcción de las intersecciones más importantes como Galicia y Tacurumbí (Cafelia).
En segundo lugar, el problema sanitario. Es un despropósito y una insensatez lo que los pereiranos estamos haciendo. Llevamos más de treinta años planeando, diseñando y construyendo la PETAR —la planta de aguas residuales— para resolver el grave y ancestral problema de contaminación de los ríos Otún y Consota y mientras tanto permitimos un gigantesco desarrollo urbano en cotas inferiores donde no se podrá acceder a dicha planta. Más de ochenta mil pereiranos viven más abajo de la PETAR y representan, desde ahora, otro monumental conflicto con nuestro medio ambiente. Soluciones muy pobres como plantas de bombeo particulares para devolver las aguas residuales hasta altitudes aptas y pozos sépticos a granel imposibles de ser monitoreados son un saludo a la bandera. ¿Y qué decir frente al desdén con lo que pasa en Caimalito y Puerto Caldas? ¿Qué piensan la Carder, Aguas y Aguas y la secretaría de Planeación municipal?
El tercer argumento puede ser el más grave de todos y quizás el origen de este caos: el Plan de Ordenamiento Territorial —POT—. El espíritu de nuestro Plan es absolutamente prohibitivo y confiscatorio. Lejos de ser inductor y de orientar ordenadamente el crecimiento de la ciudad lo que ha ocasionado es un crecimiento urbano caótico producto del desborde de los trámites de obtención de licencias y por consiguiente del encarecimiento de los costos en que incurren los constructores y particulares en general. Todo esto desemboca irremediablemente en un desbordamiento de la ilegalidad. Muchos pereiranos están construyendo sin permiso a la espera de que los hechos creados les permitan legalizaciones posteriores. ¡Pobre futuro les espera a nuestros hijos!



Nuestra «dirigencia» es miope, inmediatista, pueblerina!
Amo a Pereira que me ha acogido por siempre pero reconozco que el atractivo integral que ejerce sobre las gentes nacionales de buen vivir se nos está saliendo de las manos y la otrora Villa de Cañarte galopa desenfrenada hacia el gigantismo y sus problemas de gran ciudad con mentalidad de pueblo grande y amañador!