miércoles, febrero 4, 2026

“LA JUSTICIA SOCIAL BAJO LA LUPA”

OpiniónActualidad“LA JUSTICIA SOCIAL BAJO LA LUPA”

 

 

La expresión “justicia social” ha ganado un lugar privilegiado en los discursos contemporáneos. Políticos, académicos, activistas e incluso líderes religiosos la pronuncian como si fuera un ideal incuestionable. Sin embargo, pocas nociones en las ciencias sociales son tan ambiguas y potencialmente peligrosas como esta.

El profesor Frederic Hayek advertía que la “justicia social” puede convertirse en uno de los conceptos más destructivos para las democracias cuando se usa sin claridad. Y es precisamente allí donde surge la contradicción: ¿ cómo puede algo que lleva la palabra “justicia” convertirse en injusto?

 La belleza del término es su primera trampa. Suena noble porque apela a ideales que todos compartimos, equidad, compasión, solidaridad, pero su aplicación práctica suele convertirse en otra cosa: en redistribución obligada, es decir, en quitarle a unos para darle a otros como forma supuestamente moral de corregir desigualdades.

Esta idea, que empezó llamándose “justicia distributiva”, es atractiva para quienes buscan nivelar la sociedad desde arriba; pero al hacerlo, vulnera el principio más básico del derecho: dar a cada quien lo suyo. No lo que una mayoría decide asignarle, ni lo que una autoridad considera que debería tener, sino lo suyo. Y allí reside el problema de fondo.

Para comprender la gravedad del concepto, es necesario mirar hacia la historia. El progreso humano no comenzó con la tecnología moderna, sino con algo más elemental: la propiedad. El verdadero salto civilizatorio ocurrió cuando el ser humano dejó de ser nómada. Ya no vivía de lo que encontraba por azar, sino de lo que cultivaba y criaba con esfuerzo. Y con ese cambio surgió una verdad esencial: lo que se trabaja con las manos y la inteligencia es legítimamente propio.

Las primeras sociedades sedentarias debieron reconocer esa propiedad para sobrevivir. Un anciano, un líder o una autoridad señalaba: estas tierras son de fulano, estos animales son de mengano. Ese reconocimiento no era ideológico: era la base del orden, el incentivo para sembrar, para construir, para pensar en el mañana. Allí donde la propiedad fue respetada, la sociedad prosperó; allí donde fue negada o repartida a la fuerza, surgieron estancamiento, pobreza y violencia.

Por eso la justicia, desde el derecho romano, fue definida como la constante y perpetua voluntad de dar a cada quien lo suyo. Pero la justicia social altera ese principio fundamental. No pretende dar a cada quien lo que es suyo, sino lo que otros consideran que debería ser suyo para alcanzar una igualdad ideal. De esta forma, lo mío deja de depender del trabajo, del mérito o de la responsabilidad, y pasa a depender de la voluntad política. La justicia social redefine la justicia convirtiéndola en herramienta de redistribución, y así transforma la igualdad en un proyecto que puede justificar la expropiación moralizada. En nombre de una supuesta equidad, se normaliza el despojo legal. Lo que se presenta como virtud termina siendo un robo legalizado.

Además, la igualdad absoluta que persiguen algunos defensores de la justicia social no solo es irrealizable, sino destructiva. Las sociedades que la buscaron bajo esquemas autoritarios o populistas terminaron castigando el esfuerzo, frenando la innovación y premiando la ineficiencia. Cuando se desincentiva la propiedad, desaparece la motivación para crear. Cuando se castiga el éxito, se frena el progreso. Cuando el Estado decide arbitrariamente quién merece y quién no, la libertad se desvanece. La igualdad impuesta no genera justicia: genera resentimiento, dependencia y decadencia.

Por eso es necesario recordar que la verdadera justicia no necesita adjetivos. No es “social”, “ambiental” ni “distributiva”. Es simplemente justicia: el acto moral de reconocer lo que pertenece a cada persona, lo que ha construido, lo que ha creado con su esfuerzo. Justicia es proteger al débil sin despojar al responsable. Justicia es ofrecer oportunidades, no expropiar resultados. Justicia es permitir que cada quien avance según su mérito, sin temor a que el fruto de su trabajo sea arrebatado en nombre de una igualdad mítica.

La justicia social seguirá siendo un concepto seductor porque apela a la emoción colectiva. Pero si no lo examinamos con rigor, corremos el riesgo de convertir en virtud lo que puede ser injusticia, y en derecho lo que es despojo. No se trata de negar que existan desigualdades reales. Se trata de reconocer que ningún proyecto de igualdad puede construirse a costa de la libertad, la propiedad y la dignidad individual. El reto de las democracias modernas no es repartir riqueza como si fuera botín, sino crear las condiciones para que cada persona pueda generar la suya. Porque cuando la justicia se desvía de su principio esencial, dar a cada quien lo suyo, la sociedad no avanza: retrocede. Y no hay injusticia más profunda que aquella que se comete en nombre de la justicia misma.

 

Padre Pacho

 

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