viernes, marzo 27, 2026

LO FEMENINO Y MASCULINO EN LA PSIQUE COLOMBIANA

OpiniónLO FEMENINO Y MASCULINO EN LA PSIQUE COLOMBIANA

Desde la perspectiva de la Psiquiatría social, las naciones, al igual que los individuos, tienen una arquitectura psíquica compuesta por arquetipos; en este caso, no hablamos de hombres o mujeres en términos biológicos, sino de las energías masculina y femenina, que dictan cómo nos relacionamos con el poder, el conflicto y el desarrollo. Colombia, un país históricamente fracturado, atraviesa hoy una crisis de identidad, que no es otra cosa que el choque violento entre estas dos fuerzas fundamentales que aún no han aprendido a dialogar. Durante décadas, nuestra sociedad ha operado bajo el dominio de una energía masculina hipertrofiada, lo que en clínica llamaríamos una «compensación defensiva». El patriarcado rígido no es masculinidad sana; es una distorsión basada en el control, la verticalidad y la represión de la vulnerabilidad. Esta energía, orientada puramente al «hacer» y al «vencer», ha construido un país de estructuras fuertes, pero corazones secos, donde la autoridad se confunde con el autoritarismo y la seguridad con la fuerza bruta. Bajo este modelo, el «otro» no es un interlocutor, sino un obstáculo que debe ser removido, lo que alimenta un ciclo de trauma transgeneracional que se puede considerar el motor de nuestra violencia perpetua.

Como respuesta biológica y social, hemos sido testigos en los últimos años de una reacción de la energía femenina. Esta fuerza, caracterizada por la receptividad, la horizontalidad y el cuidado de lo vivo, ha emergido para reclamar un espacio de sanación. Sin embargo, en un entorno de polarización aguda, esta transición no ha sido fluida. Lo que debería ser una integración se ha percibido como una amenaza al orden establecido, generando una contrarreacción defensiva. La energía femenina aporta la «vasija», ese espacio necesario para la empatía, la escucha de las víctimas y la reconstrucción del tejido emocional que la guerra desgarra; pero, cuando esta energía no se entiende como complementaria, sino como opuesta, la sociedad cae en una parálisis: un sector se aferra a la lógica del castigo y la jerarquía (lo masculino), mientras otro se desborda en la demanda del cuidado, sin lograr consolidar estructuras de ejecución (lo femenino).

Para que Colombia alcance un desarrollo real, la aplicación práctica de estas fuerzas debe ser simbiótica. El individuo y la comunidad necesitan la «flecha» masculina, que otorga dirección, propósito y protección, pero también el «arco» femenino, que brinda la tensión, la flexibilidad y el soporte emocional. En términos de política pública, esto significa pasar de una administración que solo mide cifras de crecimiento a una que valore la economía del cuidado y la salud mental como pilares del progreso. En el ámbito de la convivencia, implica sustituir la cultura de la cancelación por procesos de justicia restaurativa, donde la firmeza de la ley (lo masculino) se fusione con la capacidad de perdón y reparación (lo femenino). Solo cuando logremos entender que la autoridad sin empatía es tiranía, y que la empatía sin estructura es inoperancia, podremos gestar una nación psíquicamente madura, capaz de transformar su dolor en una potencia creadora sin precedentes.

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