Reflexión
Los cimientos de la desmemoria: Ramón Rubiano y la verdad comunitaria de en la conformación de la ciudad de Pereira.
La historia oficial de las naciones y de sus ciudades suele escribirse con la pluma del patriciado, una narrativa pulida que prefiere el brillo de los apellidos ilustres y los mitos providenciales sobre el barro de los procesos populares. En el caso de Pereira, la historiografía tradicional ha congelado el tiempo en un hito religioso y biográfico: la misa campal del 30 de agosto de 1863 oficiada por el padre Remigio Antonio Cañarte, motivada supuestamente por el último deseo del prohombre cartagüeño José Francisco Pereira Martínez. Se nos ha enseñado a reverenciar la fundación como un acto relámpago, casi mágico, donde una élite «paisa» de finqueros y empresarios de tierras plantó la civilización en un monte olvidado. Sin embargo, cuando se confronta el mito con el rigor del archivo histórico —particularmente a través de los hallazgos documentales del historiador Víctor Zuluaga Gómez—, la fábula se agrieta para revelar una verdad incómoda y, a la vez, profundamente inspiradora. La verdadera génesis de Pereira no comenzó con una misa, sino seis años antes, impulsada por una junta de vecinos marginados y amparada por la visión civilista y humanista de un médico cirujano nacido en Cartago: el doctor Ramón Rubiano.
Entender la importancia de Ramón Rubiano en la conformación de Pereira exige, en primer lugar, hacer un ejercicio de justicia geográfica e histórica. En 1857, Rubiano se desempeñaba como Gobernador de la antigua Provincia del Quindío, una entidad político-administrativa perteneciente al Estado Soberano del Cauca cuya capital era Cartago —y que no debe confundirse con el actual departamento homónimo—. Como médico, Rubiano poseía una arraigada vocación de servicio que no solo marcó el legado de su linaje familiar en el Valle del Cauca, sino que guio su sensibilidad política. Mientras las élites de la época miraban con desconfianza y desdén a las oleadas de colonos antioqueños que descendían hacia el sur, tildándolos peyorativamente de «paisarretes» o pobretónes, el gobernador Rubiano vio en ellos una fuerza vital, una garantía de progreso y laboriosidad indispensable para el desarrollo de la región.
El 29 de diciembre de 1857, la historia de la región cambió de rumbo de manera silenciosa. Una junta de vecinos asentada en las ruinas de lo que alguna vez fue el antiguo sitio de Cartago (Cartagoviejo) remitió una petición formal al gobernador Rubiano. Aquellos primeros pobladores, liderados en lo social por figuras postergadas como Laurencio Carvajal, manifestaban su explícito deseo de «volver a reedificar esta ciudad», rescatando un lugar bendecido por la geografía, pero sumido en el olvido por el «egoísmo y la apatía» de las élites coloniales. El documento era un grito de auxilio y de autonomía: solicitaban el nombramiento de un alcalde y un juez provisional que les confiriera orden político y judicial mientras se consolidaban como un distrito independiente.
La respuesta de Ramón Rubiano no fue la del burócrata indolente, sino la del estadista compasivo. En 1858, el gobernador legitimó jurídicamente el asentamiento al nombrar a las autoridades solicitadas. Pero su acción más revolucionaria, y la que el relato patricio se encargó de sepultar bajo el manto del olvido, fue la gestión ante el gobierno nacional para la adjudicación de tierras. Bajo la premisa de que se trataba de terrenos baldíos —aunque hoy sepamos que la especulación terrateniente ya tejía sus redes sobre ellos—, Rubiano logró la autorización legal para repartir 5.120 hectáreas con un criterio estrictamente social: beneficiar a los colonos pobres de la naciente Villa Robledo (hoy Pereira).
Este acto de distribución democrática de la tierra constituye el verdadero hito conformacional de la ciudad. Mientras la narrativa oficial honra la avidez de terratenientes y especuladores que «repartían» tierras ajenas como si fueran propias, fue Ramón Rubiano quien puso el andamiaje institucional para que los desposeídos tuvieran un suelo donde sembrar su porvenir. Su visión del desarrollo regional era integral; no solo defendía el derecho a la tierra, sino que vigilaba la infraestructura que la hacía productiva, como cuando en 1859 suspendió temporalmente el cobro de un peaje en el camino de herradura hacia Antioquia, exigiendo al concesionario el cumplimiento riguroso de la construcción de puentes y albergues para los transeúntes.
¿Por qué, entonces, el nombre de Ramón Rubiano, junto al de otros gestores políticos fundamentales como Ramón Elías Palau, ha sido confinado a la periferia de la memoria colectiva? La respuesta yace en la instrumentalización de la historia. La élite letrada descendiente de los finqueros empresarios construyó una «historia oficial» basada en la superstición y el individualismo heroico. Convenía más ligar el nacimiento de Pereira al alma en pena de un hacendado en el purgatorio y al ritualismo católico del padre Cañarte, que reconocer una gesta civil, popular, comunitaria e institucional que otorgaba el protagonismo a colonos pobres e iletrados y a gobernantes de mentalidad libérrima. El reconocimiento de Villa Robledo como municipio y parroquia se postergó en los años de Rubiano no por falta de méritos de sus habitantes, quienes ya habían edificado un templo, sino por los mezquinos cálculos electorales del liberalismo caucano frente al poder conservador central de la época. Cuando el escenario político cambió en 1863 y el liberalismo usufructuó el poder, se otorgó finalmente el reconocimiento oficial, pero expropiando el mérito de los fundadores originarios para entregárselo a los apellidos de la aristocracia agraria.
Esta reflexión personal es un llamado a la ruptura con ese «embobamiento» de una Arcadia feliz y un pasado idílico inventado por los usureros de la tierra. Revisar las páginas oficiales del Estado y encontrar que la conformación de Pereira se sigue atribuyendo de manera exclusiva a unos cuantos nombres que solo coronaron un proceso preexistente, es un síntoma de una deuda pedagógica y social vigente.
La conmemoración del origen de Pereira debe dejar de ser la celebración anual de una quimera patricia. Resignificar el civismo pereirano implica desplazar el monumento del «prohombre cívico» individualista y ególatra, y restaurar en el altar de la historia el civismo popular y comunitario. Reconocer la importancia histórica de Ramón Rubiano es devolverle a la ciudad su identidad más noble: la de un territorio que nació del esfuerzo mancomunado de vecinos tenaces y del amparo de un gobernante médico y cartagüeño que creyó en la dignidad de los humildes y en la justicia de la distribución de la tierra. Solo recuperando la memoria de Rubiano y de los colonos de Villa Robledo podremos, al decir de Paul Ricoeur, ejercitar la imaginación para pensar de otra manera nuestro ser social, edificando un futuro que sea verdaderamente fiel a la solidaridad y la grandeza de nuestros orígenes.
NOTA: En mi reflexión, abordo el nacimiento de Pereira como un proceso de conformación a lo largo del tiempo, más que como un acto fundacional único, ya que considero que la ciudad se consolidó de manera paulatina.
“No hubo un destello único, sino una hoguera alimentada pacientemente por el tiempo.».
Para mi la distinción no es sutil; es un acto de justicia con la verdad histórica. El nacimiento de Pereira no cabe en la rigidez de una sola fecha protocolaria ni se agota en el eco de un discurso fundacional. Lo que hoy llamamos ciudad fue, en realidad, un proceso orgánico, un tejido de momentos espaciados en el tiempo, donde distintas voluntades y corrientes migratorias sumaron su propia importancia.
El mapa de Pereira no se dibujó con la prisa de un decreto; se fue delineando en varias etapas cruciales: primero el sustrato latente (Cartago Viejo): Las ruinas abandonadas de la antigua Cartago dejaron una huella indeleble en el territorio, un eco del siglo XVI que guardaba la promesa de un asentamiento futuro sobre el río Otún. Segundo La iniciativa de los visionarios (1863) La voluntad de figuras como Francisco Pereira Martínez, cuyo deseo testamentario sembró la idea de repoblar estas tierras, sumada al impulso religioso del padre Remigio Antonio Cañarte, quien materializó el deseo de una comunidad que buscaba un centro espiritual y civil y tercero el aluvión de la Colonización Antioqueña; el verdadero motor demográfico y social. Familias enteras de labriegos, hacheros y arrieros que, movidos por la fiebre del cultivo del café y la búsqueda de parcelas, transformaron la manigua en un trazado urbano y dinámico.
Pereira, entonces, no nació de un trazo fundacional sobre el papel. Surgió como nacen las encrucijadas: por la persistencia de los pasos, la acumulación de los días y la convergencia de diversas fuerzas históricas que supieron modelar el paisaje.


