“VIDA”
La primera vez que subí al apartamento de Martín Mejía me ocurrió una de esas pequeñas fracturas de la realidad que nadie anuncia. Yo entré como visitante, pero algo en el aire quizá el olor tibio de la madera, quizá la conspiración silenciosa de las formas decidió mirarme primero. Había vacíos incrustados, espirales detenidas a medio gesto, vetas de colores conversando entre sí como si yo llegara tarde a una reunión importante. Me quedé suspendido, y sólo cuando una voz me rozó el oído volví a la gravedad. Era Martín, claro, aunque bien podría haber sido una de sus esculturas ensayando el idioma humano. Entonces empezó a decirme que cada pieza tiene su relato, su nacimiento, su abecedario secreto; que el arte, cuando encuentra propósito, respira, y cuando respira no hay modo de que se deje morir.
En el taller que no es exactamente un taller sino una especie de territorio portátil comenzó el paseo. Yo esperaba la liturgia habitual: gubias en fila, mazos con vocación de trueno, herramientas alineadas como soldados de madera. Pero Martín, con una calma casi lindante, me desmontó la escena. Su técnica dijo, son movimientos breves, esenciales, como si la escultura se convenciera sola de nacer. Y mientras hablaba, tallaba. Sus manos volvían dóciles la materia, la persuadían. La madera, que uno imagina terca, parecía ceder con una suavidad confidencial, como si recordara que alguna vez fue viento.
Hay artistas que trabajan con materiales; Martín trabaja también con resonancias. Sus palabras entran por las grietas igual que la luz de la tarde entra por una persiana: en líneas finas que iluminan lo que no sabíamos que estaba ahí. Me contó entonces la historia de una pieza mínima, encontrada antes que creada: un palo de cedro negro tirado en la calle, recogido junto al poeta Óscar Peláez. De ese fragmento nació la idea de un reloj de péndulo, El reloj de los poetas, primero maqueta, luego promesa, después ritual: la obra crecería con cada visita, con cada conversación, con cada cajita de vino compartida. Pero el poeta no volvió. Se lo llevó el viaje sin regreso, QEPD, y la escultura quedó latiendo sola, midiendo un tiempo distinto. Así son las piezas de Martín: cada una guarda una vida que insiste.
Mirarlas es asistir a una expansión silenciosa. El pensamiento se vuelve materia y la materia piensa. Cavidades, injertos, vacíos y caminos. No hay truco ni solemnidad prestada; hay una verdad que no levanta la voz porque no la necesita. La madera, ese animal quieto, sigue viva en cada forma, cambiando con la luz, con la sombra, con el pulso de quien la mira. Por eso nadie queda afuera: niño, mujer, hombre; todos se reconocen en algo, como si la obra recordara por nosotros.
A veces imagino recoger las astillas que cayeron durante el proceso, esos restos diminutos que el suelo acepta sin preguntas. Con ellas podría armarse otra exposición: la de los fragmentos, la de lo aparentemente sobrante. Pero en arte nada sobra; todo participa. Allí, en ese pequeño cementerio de virutas, también respira la obra, esperando que alguien la piense.
Al final Martín me explicó y dibujó el signo que acompaña su firma, y lo dijo con esa serenidad que tienen los relojes cuando nadie los mira:
“Si mi vuelta se da y la tuya también, ni se frena la tuya ni se frena la mía; el horizonte común es el respeto, donde uno sigue al otro sin invadir su órbita. Esa es la primera ley del universo”.
Salí con la sospecha de que no había visitado un taller sino una constelación. Y que, de algún modo difícil de probar, pero fácil de sentir, todavía sigo girando en ella.


