viernes, mayo 1, 2026

MI SOMBRERO DE YAREY

OpiniónMI SOMBRERO DE YAREY

Llegó por partida doble a mis manos esta semana -como un ansiado regalo que se hizo esperar por casi un año- mi sombrero de yarey, regalo que agradezco con enorme gratitud a mi amiga y colega Patricia Zorro Arellano. 

¿Quién ha visto por ahí mi sombrero de yarey?

¿Quién ha visto por ahí mi sombrero de yarey?

El mes pasa′o en un baile algo extraño sucedió

Tiré mi sombrero al aire, pero alguien se lo llevó

¿Quién ha visto por ahí mi sombrero de yarey?

¿Quién ha visto por ahí mi sombrero de yarey?

Dio la noticia la radio, la gente, la televisión

Pregunté por el estadio y nadie me dio razón

¿Quién ha visto por ahí mi sombrero de yarey?

¿Quién ha visto por ahí mi sombrero de yarey?

Prometí a mi corazón y a todos mis compañeros

Andar toda la nación pero encontrar mi sombrero

Yo lo que quiero es que aparezca

Mi sombrero de yarey

Cándido Fabre Fabre

Mi sombrero de yarey me trae bellos recuerdos, la evocación de un pueblo valiente y patriótico.

Una experiencia con sabor y olor a tabaco y ron.

Mi sombrero está hecho con fibras de la palma de yarey o guano. 

Es símbolo de la identidad cubana. 

Para los cubanos significa varias cosas, todas entrelazadas: Identidad campesina y trabajo, símbolo de independencia, cultura popular, raíz africana y espiritualidad. 

Cuentan los historiadores que en el siglo XIX las élites usaban sombrero de copa importado, mientras el pueblo y los esclavos usaban sombreros de guano o yarey. Y en 1959, en la Plaza de la Revolución, más de 500 mil campesinos con sombreros de yarey alzaron sus machetes para apoyar a Fidel. Volaron sombreros al aire cuando aceptó volver como primer ministro.

El viaje a Habana en junio de 2024 donde participé del Seminario Internacional de Periodismo y Turismo, dejó algunas cicatrices en mi alma.

Me alojé en hotel El Costillar de Rocinante, propiedad del Instituto Internacional de Periodismo José Martí, ubicado en la Avenida de los presidentes. Interactué con los camareros y botones, también con estudiantes y colegas y con personas del común por los lados del malecón.

Visitamos lugares emblemáticos y sitios de diversión, algunos de los cuales evocan el esplendor de la Cuba de mitad del siglo 20 cuando grandes celebridades se alojaban en sus hoteles y bebían en sus bares y cabarets.

En los intermedios, me escapé a la Habana Vieja y recorrí sus calles llenas de historia, compré golosinas con pesos cubanos, incluso algunas artesanías y conversé libre y animadamente con cubanos que aman su patria, a pesar del sufrimiento.

Cuatro días después, luego de descansar un par de noches y darme un baño de mar en las playas de Varadero, regresamos al punto de partida para empacar maletas y disponer el retorno a casa.

Acomodé, como pude, mis pertenencias al equipaje de manos que permite la aerolínea, pero no alcancé a traer conmigo…mi sombrero de yarey.

Mi amiga y colega Patricia me lo guardó con la promesa de devolvérmelo en Pereira, en un reencuentro previsto para la semana siguiente.

La alegre cita se dio con todos mis compañeros de viaje, pero Patricia dejó olvidado en casa mi sombrero de yarey.

En varias ocasiones nos volvimos a ver en distintos lugares de Pereira, pero mi sombrero no llegaba y la estrofa de la canción “¿Quién ha visto por ahí, mi sombrero de yarey?”  se fue convirtiendo en estribillo que se repetía a cada encuentro. 

Hasta el pasado martes, diez meses después de nuestro viaje cuando, en vez de uno, Patricia me regaló ¡dos sombreros de yarey!  Uno para mí y otro para Solángel mi esposa.  Qué bella forma de compensarme por la espera de diez meses.

Ahora ambos lucimos ese estimado tesoro caribeño…mi sombrero de yarey por partida doble.  Testigos mudos de un viaje inolvidable a la isla de la resistencia.  

El pueblo más hospitalario, generoso y valiente que haya conocido.   Son juiciosos.  Estudian ciencias y se hacen profesionales competitivos, juegan, cantan, bailan y actúan en el teatro y en el cine con absoluta maestría, son dominadores de todas las artes, desde las plásticas hasta las escénicas.  Son ingeniosos por naturaleza. Nada les queda grande.   No saben de quejas ni lamentos.  Sus destazas son tales que se mueven en coches centenarios con piezas y repuestos que ellos mismos fabrican para seguir rodando por sus calles polvorientas.

En La Habana fue en el primer lugar donde experimenté -en lo profundo de mi alma- una admiración y un amor secreto por un pueblo que prefiere morir de pies que vivir de rodillas.

Sin combustible, limitados para importar y exportar a causa de un bloque de más de 60 años, los cubanos viven casi exclusivamente del turismo y de milagro.  El internet se cae a menudo, la energía eléctrica es artículo de lujo; a causa de los apagones, sus grandes hoteles, cabarets y restaurantes corren el riesgo de cerrar abruptamente y perder clientes. 

En las barriadas, las circunstancias son peores porque la prioridad es atender al visitante.

La mayoría de los cubanos viven del rebusque.  Muchos se dedican al cambio clandestino de dólares por pesos.

“Ofricialmente un dólar en Cuba cuesta 496 pesos cubanos, pero en el mercado informal ese mismo dólar se cotiza alrededor de 535 pesos.  La diferencia entre el mercado oficial y el informal supera los 30 pesos por dólar, reflejando la escasez de divisas y la presión inflacionaria.

A pesar del bloqueo los cubanos no lo han perdido todo.  Tienen incólume la dignidad y el coraje.   No se doblegan ante el imperio norteamericano; Estados Unidos bloquea la llegada de barcos con petróleo y provisiones a la isla.   Y amenaza con bombardear como lo hizo en las costas de Colombia y Venezuela cuando intensificó su asedio a Nicolás Maduro.

Ya entenderán porqué mi dicha al recibir este presente de manos de Patricia . En su honor adorno mi cabeza, y también lo hace mi esposa,  con el sombrero de yarey, el mismo que usaron los campesinos para cubrirse del sol abrasador y para ventilarse el rostro, y el que orgullosos llevaba el pueblo en sus sienes cuando triunfó la revolución.  

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