PEREIRA Y EL LATIDO SILENCIOSO DE LA QUEBRADA  EGOYÁ

OpiniónCiudad  PEREIRA Y EL LATIDO SILENCIOSO DE LA QUEBRADA  EGOYÁ

Onésimo Vásquez Posada

Hay ciudades que se cuentan hacia arriba, acumulando pisos, torres de vidrio y anuncios luminosos que intentan tocar el cielo. Y luego están las ciudades que se explican hacia abajo, en silencio, recordando lo que alguna vez vivieron bajo el asfalto. Pereira pertenece a estas últimas.

Caminamos a diario por el centro —buscando un café, saludando en la esquina, atrapados en el ir y venir del comercio— sin sospechar que, bajo nuestros zapatos, corre la memoria líquida de una quebrada que decidimos enterrar. El antiguo cauce del Egoyá no es solo un accidente geográfico oculto; es la prueba más clara de cómo una ciudad puede edificarse de espaldas a su propia naturaleza, ignorando que el suelo tiene memoria física y que los ríos, tarde o temprano, siempre reclaman su espacio.

La geografía del olvido: cuando rellenar no significa borrar

Desde la década de 1930, el crecimiento urbano dictó una sentencia cómoda pero peligrosa: canalizar, ocultar y rellenar. La hondonada natural del Egoyá —que nace en los sectores de La Rebeca y la Avenida Circunvalar y cruza todo el centro hasta desembocar en el río Otún— fue sepultada bajo capas de tierra, escombros y materiales heterogéneos. A eso la geología lo llama rellenos antrópicos.

El problema no fue solo haber cubierto el agua, sino haber creído ingenuamente que un vacío rellenado se comportaría como roca firme. Los estudios de microzonificación y la historia sísmica de la ciudad —marcada por los golpes de 1995, 1999 y el reciente y severo sismo del 10 de agosto de 2026— han demostrado una y otra vez una verdad incómoda: las ondas sísmicas no tratan a todos los terrenos por igual. En los suelos blandos y heterogéneos del eje del Egoyá, el subsuelo actúa como un colchón inestable que amplifica la vibración, multiplicando el riesgo para las edificaciones que se levantan sobre él.

La tragedia compartida: avaricia, corrupción y el costo de la vulnerabilidad

Las fuerzas de la naturaleza no actúan en el vacío; encuentran el terreno preparado por las decisiones humanas. La tragedia urbana que recurrentemente golpea a zonas vulnerables no es exclusiva de un temblor; se va tejiendo lentamente a lo largo de los años.

En este trayecto subterráneo es imperativo nombrar las cosas por su nombre. La urgencia de expandir el perímetro comercial y habitacional del centro histórico abrió las puertas a la especulación inmobiliaria. La combinación fatal entre la avaricia de constructores inescrupulosos —que ahorraron en cimentaciones profundas y estudios geotécnicos rigurosos— y la complicidad de funcionarios corruptos que miraron hacia otro lado otorgando licencias en zonas de alto riesgo, propició un escenario de vulnerabilidad crónica. Construir sobre rellenos sin las exigencias técnicas necesarias es apostar a la ruleta rusa con la vida de los ciudadanos. Cuando la tierra cruje, las fallas estructurales no hacen más que cobrar la factura de la negligencia y la codicia.

Hacia una reparación urbana: El parque lineal como acto de cordura

Frente a este panorama, persistir en el modelo de densificación ciega sobre el corredor del Egoyá es repetir el error histórico. Por eso, la propuesta de transformar este trazado en un parque lineal y un corredor verde deja de ser una simple fantasía paisajística para convertirse en una necesidad imperativa de seguridad pública y salud urbana.

Imaginar un corredor verde a lo largo de este eje significa:

  • Mitigación real del riesgo sísmico: Al liberar de cargas pesadas (edificios de gran altura mal cimentados) una zona de suelos blandos y rellenos, se reduce drásticamente la exposición humana ante un nuevo terremoto.
  • Un pulmón bioclimático: Pereira necesita refrescarse. Un parque lineal en pleno centro actuaría como un regulador térmico natural, mejorando la calidad del aire y ofreciendo un respiro al agobiante asfalto.
  • Espacio público y cohesión social: Devolverle este espacio a la ciudadanía transformándolo en una zona de encuentro, caminar y contemplación, significa sanar una herida histórica. Sería un lugar donde la comunidad pueda reunirse de manera segura y encontrarse con su propia historia urbana.

El interés público por encima del lucro particular

Sobreponerse a los intereses económicos particulares exige una profunda voluntad política y una ciudadanía vigilante. Significa aceptar que el suelo no es una mercancía infinita dispuesta a soportar cualquier capricho de cemento, sino un sistema vivo que exige respeto.

El agua del Egoyá y la memoria de los sismos nos recuerdan que Pereira no puede seguir creciendo de espaldas a su geografía. Convertir esta huella enterrada en un gran corredor verde no es solo un acto de ingeniería o urbanismo inteligente; es, sobre todo, una decisión ética. Es elegir la vida, la seguridad y el bienestar colectivo por encima de la ganancia efímera de unos pocos, permitiendo que la ciudad, al fin, respire tranquila sobre su propio suelo.

¿Cree usted que Pereira tiene hoy la madurez institucional y ciudadana necesaria para priorizar un gran corredor verde en el centro, frenando los apetitos de la construcción desmedida en zonas de alto riesgo?

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